
Tras la Segunda Guerra Mundial, el proyecto europeo ha sido clave para la paz, estabilidad y prosperidad en Europa, hasta el punto de que la incorporación por la que tantos países han peleado representaba el paso a la madurez democrática y un avance en su bienestar. Pero a medida que el número de países miembros de la UE ha ido aumentando y la complejidad de los desafíos internacionales se ha multiplicado, la erosión del acuerdo geopolítico más importante y sofisticado en el mundo se ha hecho cada vez más evidente, avanzando como una lenta y pesada maquinaria en decadencia que es incapaz de alcanzar y dar respuesta al cúmulo de retos que tiene a su alrededor, cada vez más complejos.
Naturalmente que las próximas elecciones al Parlamento Europeo del 9-J van a ser clave en la manera en que se van a abordar algunos de estos problemas trascendentales, y no son pocos. Cuestiones como la emergencia climática y el paso hacia las energías verdes, el avance de la economía digital y la inteligencia artificial, la estabilidad económica y el cambio de paradigmas productivos, la respuesta a las migraciones forzosas y a los refugiados, la solución a la guerra en Ucrania y la relación con Rusia, la adopción de una política exterior y de defensa común fuera del vasallaje a los Estados Unidos, la relación con China y las potencias emergentes, la degradación medioambiental y la protección del patrimonio natural, la solución a la guerra en Palestina y el diálogo con los países de Oriente Medio, la consolidación de las conquistas sociales y la reducción de las crecientes desigualdades, el avance hacia fiscalidades más justas con la eliminación de “dumping” fiscales, hacer frente a la crisis de vivienda y a los problemas de la turistificación descontrolada y la garantía de derechos y libertades de ciudadanía son algunos de los muchos dilemas que la UE tiene entre manos y cuya respuesta marcará el futuro de países y ciudadanos.
Sin embargo, mucho más importante que todo esto es el debate entre democracia y autoritarismo que ha llegado al seno de la Eurocámara de la mano de una presencia creciente de fuerzas de extrema derecha, que rechazan abiertamente hasta la propia existencia de la Unión Europea y buena parte de sus políticas y acuerdos, como viene haciendo Vox en España.
Mediante una alianza global que aglutina fuerzas de extrema derecha muy heterogéneas, como ultranacionalistas, anarcopopulistas, neofascistas, posfranquistas, fundamentalistas, antidemócratas, destructores del Estado, ultraliberales y defensores del nazismo, estas organizaciones avanzan en todo el mundo y en Europa capitalizando malestares y descontentos. De la mano de la atmósfera de odio, agresividad y violencias que generan, estas organizaciones políticas están imponiendo sus agendas a fuerzas de derecha (como estamos viendo en España que hace Vox con el PP), captando cada vez más atención en muchos medios de comunicación y redes sociales, a los que están dedicando considerables recursos.
En el Parlamento Europeo existen en estos momentos dos grandes bloques de ultraderecha que se sitúan en este espacio, los Conservadores y Reformistas Europeos (ERC), al que pertenecen políticos como Santiago Abascal de España, Jaroslaw Kaczynski de Polonia, Giorgia Meloni de Italia y Éric Zemmour de Francia, junto a Identidad y Democracia (ID), en el que se integran ultraderechistas como Jean-Marie Le Pen de Francia, Matteo Salvini de Italia, André Ventura de Portugal y Geert Wilders de Países Bajos. Todos ellos se han caracterizado por rechazar, oponerse y cuestionar decisiones clave impulsadas por la Unión Europea y en muchos casos, incluso pedir su desaparición, defendiendo abiertamente su eliminación.
Estos grupos han llevado hasta los organismos europeos, al igual que hacen en sus propios países, un discurso violento, antipolítico y negacionista que no se había visto en la UE desde su creación. Los insultos forman parte habitual de su lenguaje, salpicando sus discursos de bulos y de teorías negacionistas en la misma línea que hacen en sus parlamentos nacionales.
Son fuerzas políticas que comparten grandes principios ultras, como negar el cambio climático, defender la desaparición del estado del bienestar, reducir al máximo el estado y los servicios públicos, abogar por el uso de la fuerza contra los inmigrantes impulsando expulsiones masivas, rebajar impuestos al máximo especialmente para las personas con mayores recursos y las empresas con mayores beneficios, la privatización de todo lo que pueda ser privatizado, el aumento de fuerzas policiales, del ejército y elevar considerablemente el gasto militar, la recuperación de la religión católica como institución poderosa en la sociedad y en el Estado y, también, reivindicar un imperialismo de antaño con la defensa de dictaduras y dictadores. Es lo que hemos escuchado abiertamente estos días en Madrid en la polémica reunión de la internacional ultraderechista en la que participó Milei insultando a nuestro presidente y al Gobierno.
De manera que lo que está en juego en las próximas elecciones europeas es la propia existencia del proyecto europeo y de la misma UE, ante el avance de esta amalgama de fuerzas ultras a las que algunos partidos de derecha están blanqueando. Nunca el futuro de Europa se enfrentó a un momento tan decisivo.