Cuando las mujeres disfrutaban más

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Me gustan las investigaciones cuyos títulos no te dejan indiferente, invitando a detenernos y tratar de comprender lo que sus autores han estudiado durante años. Con mayor motivo si hablamos de un trabajo académico inusual que es capaz de manejar con solvencia el feminismo, las relaciones internacionales, las políticas sociales, los derechos laborales, la maternidad, la conciliación familiar, la sexualidad, la historia y la economía. Y si, además, tiene el valor de adentrarse en una etapa reciente de nuestra historia tan importante como la Guerra Fría, que ha sido ampliamente estudiada desde el punto de vista militar y geoestratégico, pero escasamente analizada desde otras disciplinas sociales, pues el resultado no puede ser más prometedor.

Es lo que sucede con el trabajo de la profesora de estudios de Europa del Este y etnógrafa, Kristen Ghodsee, que lleva por título Por qué las mujeres disfrutan más del sexo bajo el socialismo, publicado en España por la editorial Capitán Swing y que condensa veinte años de investigaciones académicas y docencia universitaria. Concentrar en un título dos conceptos aparentemente antagónicos, como es el placer de la mujer y el socialismo, supone un riesgo indudable que pone a muchos en guardia, pero el resultado ha sido tan sugerente como interesante.

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Temporeros

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En los meses más duros del confinamiento, encerrados en nuestras casas mientras la pandemia se extendía por todo el mundo, tomamos conciencia de la importancia de numerosas profesiones de las que dependen nuestras vidas. Muchos de ellos fueron considerados como trabajadores esenciales, dedicándoles aplausos, reconocimientos y palabras de agradecimiento, aunque mucho me temo que en poco tiempo hemos olvidado aquella explosión de cariño.

Sin embargo, mientras llenábamos nuestras neveras y poníamos la comida en nuestras mesas, ignorábamos el papel fundamental de un grupo de trabajadores esenciales que lo hacen posible, también en aquellas fechas, saliendo todas las mañanas a trabajar muy temprano, en jornadas largas y sacrificadas, para retornar después a sus lugares de alojamiento, generalmente en condiciones de hacinamiento, insalubridad y extrema pobreza. Hablo de los trabajadores y trabajadoras agrícolas temporeros, básicamente inmigrantes, muchos de los cuales se han convertido estos días en víctimas de contagios por covid-19 en diferentes lugares de nuestra geografía.

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Derecho a la alimentación

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Mucho se ha insistido en destacar cómo, cuando nuestra economía afronta una situación de shock, el empleo sufre de manera muy profunda sus efectos en forma de despidos, cierres de empresas, aumento del desempleo y procesos de regulación de empleo como demostración de la extrema precariedad del mercado de trabajo. Es algo que hemos observado en crisis económicas anteriores, que vimos con particular crudeza a lo largo de los años de la Gran Recesión, en la pasada década, y que vemos ahora también repetirse, aunque de manera mucho más atenuada por el efecto amortiguador que están teniendo los ERTE (Expedientes de Regulación Temporal de Empleo) puestos en marcha por este gobierno.

Sin embargo, muy poco se ha hablado de otro efecto no menos visible y dramáticoque se desencadena automáticamente en nuestra sociedad cuando atraviesa una situación de crisis como la que ahora se ha desatado por el efecto del coronavirus. Hablamos de los cientos de miles de personas que, en ciudades y municipios, salen a la calle para acudir a organizaciones solidarias y caritativas en busca de alimentos con los que poder comer. Es algo habitual desde hace décadas, atendido por la caridad institucionalizada, comedores sociales, bancos de alimentos y numerosas redes espontáneas de solidaridad. Adquirió especial crudeza a lo largo de los años de dura crisis financiera vivida en España a partir de 2008, pero que hemos visto renacer con inusitada fuerza desde el inicio del estado de alarma, a raíz de la extensión de la pandemia del covid-19.

No hay duda del importante papel que estas entidades sociales y ciudadanas que trabajan para alimentar y dar comida a un volumen tan importante de personas vienenllevando a cabo. Sin embargo, en muchos casos se han convertido en los diques de contención de un sistema social incapaz de dar respuesta a una necesidad fundamental de las personas, sustituyendo así los derechos por caridad. Y es que el derecho a la alimentación desborda el problema del acceso a alimentos, para extenderse a situaciones que afectan a la salud, la soberanía alimentaria del conjunto de la población, así como el acceso y la distribución de comida, sin olvidar la producción agropecuaria y el medio ambiente.

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El éxito de Kerala

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Mientras algunos de los países occidentales más poderosos sufren el fracaso de sus estrategias de contención frente a la pandemia del covid-19, que está causando estragos entre la población más vulnerable de un buen número de países empobrecidos, el pequeño estado de Kerala, en la India, ha tenido un llamativo éxito al abordar la enfermedad que ha centrado la atención de especialistas de todo el mundo. Hasta el punto de hablarse del modelo Kerala como un buen ejemplo en la respuesta satisfactoria a una pandemia por parte de la sanidad pública. Sin embargo, el caso de Kerala tiene particularidades que acentúan, toda vía más si cabe, el buen hacer incuestionable en la gestión de la pandemia hasta la fecha.

Con una población cercana a los 35 millones de personas, Kerala es uno de los estados más pequeños del gigantesco país que es la India, con 1.400 millones dehabitantes en 28 estados distintos. La pujanza de su crecimiento económico, junto a los avances en su desarrollo industrial y tecnológico han permitido que esta nación sea la decimosegunda economía mundial, si bien, India concentra una de las mayores bolsas de pobreza extrema de todo el mundo, con altos niveles de malnutrición y analfabetismo,junto a tasas de enfermedad muy elevadas. En ello tienen mucho que ver la persistencia del sistema de castas y el mantenimiento de desigualdades atroces, además de unosservicios públicos tan débiles como precarios en dispositivos esenciales.

Sin embargo, el estado de Kerala es la excepción. La región cuenta con la mayor tasa de alfabetización de la India, que llega hasta el 94%, teniendo la mayor esperanzade vida del país, así como las tasas más bajas de mortalidad infantil y pobreza, junto alos niveles de cobertura educativa y sanitaria más elevados de la India. Hasta el punto que las expectativas de vida para la población de este estado son mayores que las de la población afroamericana en los Estados Unidos, contando con tasas de alfabetización en mujeres más altas de las que se dan en toda China. Y en este escenario destacan tres elementos singulares que explican el avance en sus altos niveles de desarrollo humano y sus buenos indicadores sociales.

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Sin más de la mitad

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Hace pocos días, uno de los líderes de opinión de las fuerzas reaccionarias hispanas, Federico Jiménez Losantos, pedía públicamente ante los micrófonos de la emisora desde la que emite su pegajoso veneno, que las fuerzas armadas y la guardia civil dieran un golpe como el 23F en España para salvarla de las peligrosas garras proetarrasbolivarianasvenezolanasperroflautistascomunistasindependentistas en las que había caído la sacrosanta nación española. Su llamamiento coincidía en el tiempo con otro manifiesto en el que conocidos (ultra)derechistas y tránsfugas se dirigían al PSOE en una carta abierta, solicitando que rompiera con sus proetarrasbolivarianasvenezolanasperroflautistascomunistasindependentistas socios de gobierno y promoviera un gran acuerdo nacional de reconstrucción con el PP para salvar la sacrosanta nación española. Todo ello, mientras los neofascistas de Vox nos anuncian las llamas del infierno cada día, saliendo a pegarle a la cacerola, insistiendo en la necesidad de salvar la España de Teresa de Jesús y del toro de lidia de proetarrasbolivarianasvenezolanasperroflautistascomunistasindependentistas, al tiempo que en la Guardia Civil sigue el movimiento de tricornios, en coincidencia con las interesadas filtraciones del sumario que una jueza de Madrid instruye contra el Gobierno y el responsable de alertas sanitarias, Fernando Simón, por las denuncias de grupos ultraderechistas por la autorización del 8M y la acusación de culpabilidad criminal al haber expandido el coronavirus de la mano del feminismo antipatriarcal, según sostienen. Cualquier malpensado podría suponer que el llamamiento al levantamiento contra el Gobierno legalmente constituido, realizado por Jiménez Losantos, forma parte de una estrategia de acoso y derribo a un gobierno al que consideran ilegítimo por el sencillo motivo de no estar presidido por ellos.

Y es que, sacar tanques y meter a guardias civiles uniformados en el Congreso de los Diputados da mala imagen. Ahora es más pulcro que jueces del Opus se encarguen de ello, esa congregación religiosa que, como el perejil, siempre ha estado en todas las conspiraciones económicas, políticas y financieras. Porque ya se han manchado suficientemente al tener que utilizar informes amputados, declaraciones fraudulentas, datos inexactos y hasta un vídeo off the récord de una ministra en la antesala de una entrevista en una televisión, para tratar de imputar, perdón, de desalojar a un gobierno en medio de la situación epidémica más grave que ha vivido la humanidad en el último siglo. Lo que los virus no puedan hacer, que lo hagan los jueces, sobre todo si cuentan con el apoyo divino del Opus.

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Pegarle al cazo

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Qué lejos nos quedan ya los aplausos de las ocho en apoyo a nuestros sanitarios. Cómo añoramos todo ese despliegue de solidaridad y ternura que de manera espontánea se puso en marcha durante los meses de encierro forzoso en casa. Y es que, a medida que salimos gradualmente de nuestro confinamiento, empezamos a asumir que el mundo que viene va a ser mas áspero y mas despiadado del que ya teníamos antes de la llegada del maléfico virus.

Muchos países seguimos al ralentí, despertándonos de los meses de mal sueño, tratando de poner en marcha una economía dañada, con millones de personas preguntándose por su futuro, asistiendo atónitos al espectáculo más bochornoso que jamás han dado algunos de los mayores líderes mundiales. Nunca en un momento tan crucial de la historia ha coincidido una generación de dirigentes en grandes países tan lamentables, tan ridículos, tan ególatras, una mezcla entre malos bufones y dictadores de medio pelo.

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Los ladridos de la concejala de Servicios Sociales de Alicante

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Cualquiera que haya tenido un perro sabe, de sobra, lo buenos que son. Leales, entregados, cariñosos, siempre pendientes de las personas con las que conviven, agradecidos con los juegos y caricias que les damos. Ojalá muchas personas fueran capaces de desarrollar muchas de las cualidades que tienen los perretes. Además, convivir y disfrutar de la compañía de un perro lleva a una comunión muy particular con ellos, saben cual es tu estado de ánimo, mientras se aprende a conocer el significado de sus gruñidos y ladridos. Hay ladridos de alegría, para llamar la atención, de protección.

Afortunadamente, hemos avanzado tanto en el respeto y el amor a los animales que, aunque dolorosos, son minoritarios quienes los maltratan o utilizan de manera vejatoria. Malas personas con muy malas entrañas, sin duda. Por eso, resulta sorprendente que toda una concejala de Acción Social y Familia, Educación y Sanidad de una capital como Alicante, Julia María Llopis, del PP, insulte a las personas, organizaciones y colectivos vecinales que están trabajando en el reparto de comida en la Zona Norte de la ciudad para las miles de personas sacudidas por la crisis del coronavirus. A esos ciudadanos, que merecen un homenaje público, la edil les acusa de ladrar.

Es verdad que en esta ciudad hemos visto de todo en su Ayuntamiento, pero asistir al espectáculo de una concejala de políticas sociales y educación, que insulta, descalifica y menosprecia a las decenas de personas que se han tenido que arremangar para dar de comer a las familias abandonadas por el gobierno municipal, que de un día para otro han perdido incluso los recursos para poder alimentarse, resulta lamentable, despreciable y verdaderamente indigno.

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Coronaciudades

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Hemos comenzado eso que se ha dado en llamar la nueva normalidad, otro de esos términos polémicos que, en definitiva, nos avisa de que en adelante tendremos que saber coexistir con el covid-19. La emergencia sanitaria va a dar paso al nuevo mundo que deja la presencia del patógeno entre nosotros, con el que tendremos que aprender a convivir, al menos durante algún tiempo, tras la dura experiencia del confinamiento.

Todos los planos de nuestra vida van a verse afectados, de manera que vamos a experimentar transformaciones de mayor o menor intensidad que van a cambiar nuestra forma de vivir, de trabajar y de relacionarnos. No me refiero, únicamente, a los aspectos materiales, como el trabajo, el consumo o nuestros desplazamientos, sino a otros más relacionales, como el valor de la compañía, la importancia de la cercanía con los otros, el placer de las cosas pequeñas como pasear, disfrutar de los parques y plazas que tenemos cerca de casa, sentarnos a tomar un café o una cerveza tranquilamente mientras conversamos o leemos, apreciar más la proximidad y todo lo que tenemos. Y todo ello lo podemos hacer en nuestros barrios y ciudades.

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La dimensión social de la pandemia

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A medida que avanzan las semanas, se prolonga el confinamiento y se extienden los efectos del coronavirus en todos los países, comprendemos con mayor claridad que su gigantesco impacto no es únicamente médico, sanitario y epidemiológico, ni tampoco que sus repercusiones van a ser exclusivamente económicas y laborales. Una y otra vez aparecen numerosos dilemas sociales, en algunos casos novedosos y de una enorme profundidad, a los que no estamos dando la importancia que merecen.

No es casual el hecho de que, en los equipos de expertos que se han formado, tanto a nivel estatal como autonómico, para afrontar la pandemia con un enfoque muy sanitario y epidemiológico, no aparezcan científicos sociales como sociólogos o psicólogos especializados en sus efectos social. Pero para superar, reconstruir el daño en la sociedad y prepararnos mejor ante posibles oleadas futuras, necesitamos de la experiencia de otras disciplinas y de profesionales muy transversales que, además de tener en cuenta la medicina, la salud pública, y la epidemiología, permitan ampliar la perspectiva de intervención, a través de las ciencias sociales y las humanidades, en línea con los gigantescos desafíos sociales que tenemos que afrontar.

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Vivir con miedo

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A medida que las semanas de confinamiento en nuestros hogares se suceden y se prolonga el aislamiento social, comprobando que la epidemia ha alcanzado unas dimensiones gigantescas que ni nos atrevíamos a imaginar cuando todo comenzó, crece también el desasosiego. Nuestro estado de ánimo pasa por etapas muy distintas, que percibimos con la misma claridad con la que distinguimos el paso del día a la noche.

En tan solo unas pocas semanas, nuestras vidas se ha transformado de una manera tan radical que ni siquiera queremos pensar en ello porque resistir se ha convertido en nuestra preocupación diaria. Sabemos del enorme dolor que esta pandemia está causando en las personas contagiadas, en los familiares de los fallecidos y enfermos, en todo ese ejército de profesionales que en los hospitales lucha para salvar vidas como nunca antes se había visto. Y aunque la vida social y económica se ha reducido a la mínima expresión, como cuando se mantiene un cuerpo con sus constantes vitales esenciales, percibimos la entrega de muchos otros trabajadores que, en diferentes tareas, se dedican esforzadamente a hacer posible que nuestra vida continúe en nuestras casas, espacios de protección y confinamiento, de seguridad y encierro al mismo tiempo.

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