Nuevas pobrezas y desigualdades

Son tantos los frentes abiertos por esta pandemia y tantos los daños en la salud y la vidade las personas que tardaremos en tomar conciencia de la devastación completa causada por el maldito covid-19. Y aunque gobiernos e instituciones se están volcando en frenar su impacto, desplegando medidas nunca antes vistas, a estas alturas sabemos que la sociedad va a sufrir heridas muy profundas que tardarán en curar. Los altos índices de pobreza y una desigualdad insoportable de los que muchos veníamos hablando desde hace años tienen también mucho que ver con el impacto del coronavirus, dando paso a nuevas pobrezas y desigualdades, mucho más amplias, extensas y profundas que van a plantear desafíos gigantescos en el futuro.

Los años de dura crisis que se vivieron en España durante la década de Gran Recesión dañaron de una manera especial a la población más vulnerable, haciendo más intensa y extensa la pobreza. Con datos del INE, si en 2008 el 24% de los habitantes tenían alto riesgo de pobreza y exclusión social (tasa AROPE armonizada a nivel europeo), en 2018 esta cifra había subido hasta el 26,1%, aumentando así en 1,2 millones el ejército de personas que, con nombres y apellidos, cargas familiares y proyectos de vida tienen que dedicar su tiempo a sobrevivir. Es lo que en términos técnicos se denomina privación material severa. Y así avanzaba la sociedad española antes de que estallara esta endiablada pandemia, con su formidable capacidad de generar daño. Me temo que esa frase prefabricada, tan vacía como repetida actualmente, que dice ”no dejar a nadie atrás” no es posible cuando hay personas que nacen, viven y permanecen en la cuneta a lo largo de toda su existencia.

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La Agenda 2030 ante el coronavirus

No es casual que el informe de este año 2020 de Naciones Unidas sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) no haya contado, siquiera, con una nota de prensa mundial, algo insólito. Los ODS iban mal y la pandemia del covid-19 ha subrayado, con meridiana claridad, las enormes deficiencias y limitaciones de esta Agenda 2030. Hasta el punto que ya se está hablando en centros de investigación internacionales de otra nueva Agenda 2050 o incluso de ODS plus para ampliarsu contenido.

Y es que hablar de la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) a la vista de la catástrofe ocasionada por el coronavirus resulta ilusorio, ante una situación que ha demostrado, de un plumazo, que eran una mera declaración de principios sin anclaje con la realidad.

¿Qué validez tiene una Agenda que se presenta como fundamental, transformadora y universal, que es incapaz, ya no de anticipar, sino siquiera de mencionar la posibilidad de una pandemia producida por un virus, cuando en los últimos años se han vivido otras graves emergencias sanitarias globales que no han sido mencionadas en los ODS? Claroque no es sorprendente cuando la meta 3.8, referida a la cobertura sanitaria universalincluye “la protección contra los riesgos financieros”, en el mismo objetivo 3 que se propone alcanzar una vida sana para todos.

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Patrioterismo

Tan enfrascados como estamos en conocer el impacto causado por ese mal bicho llamado coronavirus, hemos pasado por alto cierta patología que parece crecer en los últimos tiempos. Sus síntomas más visibles son la utilización continua de un patriotismo de pacotilla que, como el perejil, utilizan en todo momento, un manoseo permanente de símbolos y valores colectivos de los que acaban por apropiarse, junto a una continuadescalificación hacia todos aquellos a los que no consideran como suficientemente patriotas, tal y como lo entienden ellos.

Y es que, como si de una epidemia se tratara, son cada vez más las personas que muestran este comportamiento que, en algunos casos, presenta síntomas enfermizos como agresividad, insultos, amenazas, racismo y xenofobia, actitudes autoritarias, rechazo hacia los pobres, lenguaje intimidatorio, añoranza del franquismo, negacionismo, propagación de bulos, admiración hacia regímenes fascistas, defensa de un machismo patriarcal, desprecio hacia los contrarios e incluso una apelación a la violencia que, en casos avanzados de la enfermedad, puede llevar a una exhibición pública de armas de fuego que, incluso, presumen de llevar consigo.

En estos últimos casos de portadores con una alta carga viral, se pueden producir delirios que llevan a llamar a los que no comparten su enfermedad de manera descalificatoria, utilizando palabras como socialcomunistas, independentistas, proetarras, bolivarianos, feminazis o venezolanos, entre otras. Incluso se han descrito cuadros agudos que han llegado a calificar a altas autoridades del Estado como “felones”, “traidores”, “ilegítimos”, “indignos” y “okupas”, utilizándose sedes oficiales como el Parlamento para proferir estos insultos.

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La conjura de los idiotas

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Naturalmente que esto del coronavirus es una gigantesca mentira de los socialcomunistas que quieren imponer un nuevo orden mundial con el apoyo de BillGates, George Soros y la complicidad de unos profesionales sanitarios que solo buscan más dinero. Así lo gritan allí donde pueden y lo explican en las redes sociales, dondeafortunadamente todavía pueden difundir la verdad que otros nos quieren ocultar,señalando a los culpables de este fabuloso engaño.

Por eso no paran de repetir que la pandemia ha terminado porque nunca ha habido un virus, cuando en realidad la gente ha enfermado porque la vacuna de la gripe contenía un tóxico, ocultando que la neumonía es causada por los chemtrails que dejanlos aviones en el cielo al coincidir con las ondas magnéticas del 5G. Y con la excusa de atendernos y curarnos, están aplicando una terapia genética para controlarnos, reduciendo la población y quedándose con nuestros hijos, dentro de ese nuevo proyecto de orden mundial que pretende limitar nuestras libertades.

​De hecho, tratan de ocultarnos que la covid-19 no existe y por eso queremos que nos enseñen el virus, para verlo con nuestros propios ojos. La gente no muere de coronavirus, como nos dicen, sino de otras patologías previas, hasta el punto que las neumonías están causadas por el uso continuado de esas mascarillas que ahora nos quieren imponer, al igual que esas vacunas que, afirman, nos inyectarán para inmunizarnos, cuando en realidad quieren introducirnos los microchips ID2020 fabricados por Microsoft, con los que poder tener un control total sobre nuestras vidas. Además, los hospitales están vacíos y nos ofrecen imágenes falsas para atemorizar a la gente, porque médicos y enfermeras están conchabados con los socialcomunistas, ocultando los tratamientos eficaces que realmente curan a la gente, como la lejía prémium, que igual cura el autismo que el coronavirus.

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Epístolas del coronavirus

EPÍSTOLAS DEL CORONAVIRUS

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La irrupción del coronavirus en todo el mundo llevó a situaciones insólitas, nunca antes vividas, como el confinamiento forzoso en nuestros domicilios bajo la declaración de un estado de alarma. Recluidos en nuestras viviendas y sin comprender bien lo que vivíamos, asistimos a un vértigo de informaciones y decisiones que acompañaban el parte diario de contagios, hospitalizados, enfermos críticos y fallecidos. Al mismo tiempo, cada país sorteaba como podía la emergencia, con gobernantes que, en no pocos países, alardeaban de su desprecio a la ciencia, en oposición a las normas básicas de prudencia, mientras recibíamos un aluvión de datos e informaciones científicas que aumentaban, si cabe, todavía más nuestro desconcierto.

En este escenario, José Ramón González Parada, desde el confinamiento obligatorio en su casa de Madrid, decidió recurrir a la epístola para comunicar con su compañero y amigo, Carlos Gómez Gil en su confiamiento, trasladándole mediante cartas sus sensaciones, su estado de ánimo y su lectura sobre una situación tan singular. Al mismo tiempo, su interlocutor contestaba sus cartas desde su casa en Alicante, abriendo nuevas vías de análisis, sin agenda y sin más límites que intercambiar mediante estos escritos el análisis de una situación tan insólita como perturbadora.

De esta forma, fueron construyendo un epistolario a lo largo del período de confinamiento que sirvió como herramienta terapéutica para reflejar sus temores, preocupaciones y aturdimientos, desde una mirada muy libre y comprometida, donde asoma su visión sociológica de la sociedad y su compromiso por la convivencia en libertad.

Ojalá nunca más se tuviera que vivir una experiencia similar. Bien es cierto que este epistolario reivindica, también, el gusto por la palabra, por la escritura y la correspondencia epistolar, lamentablemente hoy perdida.

La batalla de las mascarillas

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Mientras el avance del coronavirus no cesa en todo el mundo y la cifra de contagios, ingresos y fallecidos sufre un importante repunte en países como España, la amenaza de nuevos confinamientos sobrevuela nuestras cabezas a medida que aumentan, de manera exponencial, los focos y rebrotes por toda la geografía.

No hay duda de que esta nueva etapa actual, en la que las comunidades autónomas han asumido las responsabilidades sanitarias y los ciudadanos tenemos la obligación de actuar con la prudencia que exige la situación de alerta epidemiológica, hace aguas. Pero en esta ocasión, los ciudadanos, cada uno de nosotros, tenemos en nuestras manos una responsabilidad que, visto lo visto, deja mucho que desear, a juzgar por la naturaleza de los rebrotes y contagios que se están produciendo y, especialmente,por muchos de los irresponsables comportamientos individuales que estamos viendo.

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Cuando las mujeres disfrutaban más

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Me gustan las investigaciones cuyos títulos no te dejan indiferente, invitando a detenernos y tratar de comprender lo que sus autores han estudiado durante años. Con mayor motivo si hablamos de un trabajo académico inusual que es capaz de manejar con solvencia el feminismo, las relaciones internacionales, las políticas sociales, los derechos laborales, la maternidad, la conciliación familiar, la sexualidad, la historia y la economía. Y si, además, tiene el valor de adentrarse en una etapa reciente de nuestra historia tan importante como la Guerra Fría, que ha sido ampliamente estudiada desde el punto de vista militar y geoestratégico, pero escasamente analizada desde otras disciplinas sociales, pues el resultado no puede ser más prometedor.

Es lo que sucede con el trabajo de la profesora de estudios de Europa del Este y etnógrafa, Kristen Ghodsee, que lleva por título Por qué las mujeres disfrutan más del sexo bajo el socialismo, publicado en España por la editorial Capitán Swing y que condensa veinte años de investigaciones académicas y docencia universitaria. Concentrar en un título dos conceptos aparentemente antagónicos, como es el placer de la mujer y el socialismo, supone un riesgo indudable que pone a muchos en guardia, pero el resultado ha sido tan sugerente como interesante.

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Temporeros

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En los meses más duros del confinamiento, encerrados en nuestras casas mientras la pandemia se extendía por todo el mundo, tomamos conciencia de la importancia de numerosas profesiones de las que dependen nuestras vidas. Muchos de ellos fueron considerados como trabajadores esenciales, dedicándoles aplausos, reconocimientos y palabras de agradecimiento, aunque mucho me temo que en poco tiempo hemos olvidado aquella explosión de cariño.

Sin embargo, mientras llenábamos nuestras neveras y poníamos la comida en nuestras mesas, ignorábamos el papel fundamental de un grupo de trabajadores esenciales que lo hacen posible, también en aquellas fechas, saliendo todas las mañanas a trabajar muy temprano, en jornadas largas y sacrificadas, para retornar después a sus lugares de alojamiento, generalmente en condiciones de hacinamiento, insalubridad y extrema pobreza. Hablo de los trabajadores y trabajadoras agrícolas temporeros, básicamente inmigrantes, muchos de los cuales se han convertido estos días en víctimas de contagios por covid-19 en diferentes lugares de nuestra geografía.

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Derecho a la alimentación

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Mucho se ha insistido en destacar cómo, cuando nuestra economía afronta una situación de shock, el empleo sufre de manera muy profunda sus efectos en forma de despidos, cierres de empresas, aumento del desempleo y procesos de regulación de empleo como demostración de la extrema precariedad del mercado de trabajo. Es algo que hemos observado en crisis económicas anteriores, que vimos con particular crudeza a lo largo de los años de la Gran Recesión, en la pasada década, y que vemos ahora también repetirse, aunque de manera mucho más atenuada por el efecto amortiguador que están teniendo los ERTE (Expedientes de Regulación Temporal de Empleo) puestos en marcha por este gobierno.

Sin embargo, muy poco se ha hablado de otro efecto no menos visible y dramáticoque se desencadena automáticamente en nuestra sociedad cuando atraviesa una situación de crisis como la que ahora se ha desatado por el efecto del coronavirus. Hablamos de los cientos de miles de personas que, en ciudades y municipios, salen a la calle para acudir a organizaciones solidarias y caritativas en busca de alimentos con los que poder comer. Es algo habitual desde hace décadas, atendido por la caridad institucionalizada, comedores sociales, bancos de alimentos y numerosas redes espontáneas de solidaridad. Adquirió especial crudeza a lo largo de los años de dura crisis financiera vivida en España a partir de 2008, pero que hemos visto renacer con inusitada fuerza desde el inicio del estado de alarma, a raíz de la extensión de la pandemia del covid-19.

No hay duda del importante papel que estas entidades sociales y ciudadanas que trabajan para alimentar y dar comida a un volumen tan importante de personas vienenllevando a cabo. Sin embargo, en muchos casos se han convertido en los diques de contención de un sistema social incapaz de dar respuesta a una necesidad fundamental de las personas, sustituyendo así los derechos por caridad. Y es que el derecho a la alimentación desborda el problema del acceso a alimentos, para extenderse a situaciones que afectan a la salud, la soberanía alimentaria del conjunto de la población, así como el acceso y la distribución de comida, sin olvidar la producción agropecuaria y el medio ambiente.

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El éxito de Kerala

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Mientras algunos de los países occidentales más poderosos sufren el fracaso de sus estrategias de contención frente a la pandemia del covid-19, que está causando estragos entre la población más vulnerable de un buen número de países empobrecidos, el pequeño estado de Kerala, en la India, ha tenido un llamativo éxito al abordar la enfermedad que ha centrado la atención de especialistas de todo el mundo. Hasta el punto de hablarse del modelo Kerala como un buen ejemplo en la respuesta satisfactoria a una pandemia por parte de la sanidad pública. Sin embargo, el caso de Kerala tiene particularidades que acentúan, toda vía más si cabe, el buen hacer incuestionable en la gestión de la pandemia hasta la fecha.

Con una población cercana a los 35 millones de personas, Kerala es uno de los estados más pequeños del gigantesco país que es la India, con 1.400 millones dehabitantes en 28 estados distintos. La pujanza de su crecimiento económico, junto a los avances en su desarrollo industrial y tecnológico han permitido que esta nación sea la decimosegunda economía mundial, si bien, India concentra una de las mayores bolsas de pobreza extrema de todo el mundo, con altos niveles de malnutrición y analfabetismo,junto a tasas de enfermedad muy elevadas. En ello tienen mucho que ver la persistencia del sistema de castas y el mantenimiento de desigualdades atroces, además de unosservicios públicos tan débiles como precarios en dispositivos esenciales.

Sin embargo, el estado de Kerala es la excepción. La región cuenta con la mayor tasa de alfabetización de la India, que llega hasta el 94%, teniendo la mayor esperanzade vida del país, así como las tasas más bajas de mortalidad infantil y pobreza, junto alos niveles de cobertura educativa y sanitaria más elevados de la India. Hasta el punto que las expectativas de vida para la población de este estado son mayores que las de la población afroamericana en los Estados Unidos, contando con tasas de alfabetización en mujeres más altas de las que se dan en toda China. Y en este escenario destacan tres elementos singulares que explican el avance en sus altos niveles de desarrollo humano y sus buenos indicadores sociales.

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