¿El fin de qué abundancia?

Afirmaba el presidente Macron hace pocos días, de manera solemne, en rueda de prensa tras la celebración del Consejo de Ministros, que había llegado “el fin de la abundancia”. Una declaración tan grandilocuente, realizada en un momento histórico como el que vivimos, suena al aviso de llegada de una catástrofe, cuando se hace en medio de una guerra a las mismas puertas de Europa, hablando de cortes de energía y posibles racionamientos disfrazados de “medidas de ahorro”, con un encarecimiento de productos básicos muy por encima de lo que pueden soportar familias y trabajadores, ante dificultades para abastecernos de energía y redistribuir la que tenemos entre todos los países europeos, cuando sufrimos problemas de suministro de materias primas y bienes esenciales, ante empresas que tienen que cerrar y familias que comienzan a acaparar leña ante un invierno repleto de incertidumbres.

Pero alguien debería de haber preguntado al presidente Macron de qué abundancia hablaba, porque para millones de europeos, sacudidos por la Gran Recesión generada durante la gigantesca crisis financiera que a duras penas pudieron mantenerse a flote no ha habido abundancia, sino pura supervivencia, por no hablar de los millones de trabajadores y desempleados más que también se han visto golpeados por los efectos económicos y sociales de la pandemia de COVID-19, cuyas consecuencias todavía perduran en algunos sectores. El conjunto de la clase media europea vive con lo justo, endeudada y trampeando como puede para salir adelante, mientras se explica que hay que gastar miles de millones de euros para enviar armas para la guerra de Ucrania, se anuncia pobreza, racionamientos, inflación desbocada, cierre de empresas y dificultades para el suministro energético.

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La indignidad de negar el cambio climático

Mientras los incendios avanzan, las temperaturas alcanzan un año más máximos históricos y el agua del mar se vuelve puro caldo, surge a nuestro alrededor un nuevo negacionismo, que se suma a otros muchos que llevan tiempo poniendo en cuestión cualquier decisión basándose en puros disparates de barra de bar. En este caso, durante el verano ha irrumpido con fuerza negar cualquier atisbo de calentamiento climático, algo que está siendo utilizado sin ningún sonrojo por sectores de una derecha rancia, casposa y ultramontana que piensa que todo vale como munición partidista a la hora de atacar a sus enemigos políticos, aunque alimenten las llamas de la ignorancia y esparzan venenosas semillas de discordia.

Así lo afirmó el consejero de Presidencia, Justicia e Interior de la Comunidad de Madrid del PP, Enrique López, al declarar: “decir de forma frívola que el cambio climático mata no es propio de alguien que se digne a ser presidente del Gobierno en España”, en respuesta a unas declaraciones efectuadas por el presidente del Ejecutivo central, Pedro Sánchez, en su visita a una de las zonas afectadas este verano por destructores incendios forestales, en Casas de Miravete, Extremadura. Claro que tampoco nos puede extrañar, cuando los responsables políticos de la Comunidad de Madrid han eliminado el concepto de “crisis climática” de sus programas educativos.

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La fatiga de Europa ante un verano inquietante

Pocos veranos han sido tan extraños como el que vivimos este año los europeos. Con una guerra a nuestras puertas, tratando de recuperar las vacaciones tras vivir los dos últimos años atenazados por la pandemia, viendo a nuestro alrededor como muchos conocidos siguen cayendo contagiados como fichas de dominó, con una escalada inflacionista que ha llevado los precios de alimentos esenciales a niveles de artículos de lujo, escuchando avisos continuos de que el próximo invierno será muy duro e incluso podremos pasar frío por el corte del suministro de gas desde Rusia, padeciendo los efectos inequívocos de un cambio climático que está afectando a nuestras vidas y acelerando la quema de nuestro valioso patrimonio forestal, con un cansancio en la sociedad que empieza a tener costes visibles y acelerar situaciones de inestabilidad.

Ante un futuro tan inquietante, miremos donde miremos, solo nos queda vivir el presente. Es así que este verano lo vivimos como si hubiéramos subido a la cubierta del Titanic para bailar y beber, ajenos a esos icebergs que asoman por el horizonte. Y no es para menos. Hacía tiempo que la sociedad no acumulaba tanto sacrificio y dolor continuado, desde que en 2008 comenzó una gigantesca recesión mundial de la mano de una crisis económica y financiera de dimensiones cataclísmicas. Y cuando parecía que recuperábamos el aire, que abandonábamos tanto sufrimiento, nuevas catástrofes asoman por el horizonte sin darnos un respiro.

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Un país a tiros

Hay un país que, periódicamente, protagoniza la atención mundial por los tiroteos masivos que matan y hieren a decenas de sus ciudadanos, como si viviera en un estado de guerra, dejando más víctimas en cada uno de esos sucesos que muchos de los bombardeos que se registran en otros conflictos cada día. Sin embargo, mientras en estos lugares hablamos de una guerra, este país se presenta ante el mundo como la nación más avanzada y próspera, a pesar de las atrocidades continuadas que vive desde hace tiempo y que forman parte de su cultura, de una manera de ser que da más importancia a la posibilidad de comprar y llevar un arma que a la vida y seguridad de las personas.

En lo que llevamos de año 2022, en Estados Unidos se han registrado 332 tiroteos masivos, según el Gun Violence Archive, una organización independiente sin ánimo de lucro formada en 2013 para proporcionar información precisa sobre la violencia relacionada con las armas de fuego en los Estados Unidos a través de 7.500 fuentes policiales, mediáticas y gubernamentales. Esta organización define un tiroteo masivo como un suceso en el que cuatro o más personas son asesinadas por disparos de armas, y en los primeros seis meses de este año se han producido un promedio de once por semana, unas cifras escalofriantes, sin parangón en ningún otro país del mundo occidental.

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Comprender la pobreza que vivimos

Hace pocos días se conocieron las últimas cifras sobre pobreza y exclusión social en España, difundidas por el Instituto Nacional de Estadística (INE) a través de la Encuesta de Condiciones de Vida (ECV), para el año 2021. Tratar de conocer los perfiles y la profundidad de la pobreza sobre nuestra sociedad no es una tarea sencilla, utilizándose para ello indicadores, series estadísticas y metodologías de distinta naturaleza, todas ellas con limitaciones y riesgos. Para valorar mejor los datos que se acaban de conocer, bueno es que tengamos en cuenta algunas precisiones técnicas iniciales que, si bien son de importancia para los investigadores que trabajamos con estas estadísticas, son particularmente importantes en este momento.

La Encuesta de Condiciones de Vida tiene la ventaja de ser una estadística armonizada que se realiza simultáneamente y con los mismos criterios en todos los países de la Unión Europea desde el año 2004, facilitando información sobre la renta, así como del nivel y composición de la pobreza y la exclusión social en todos los estados miembros, permitiendo la comparación a nivel regional y entre países de la UE.

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Fronteras sin principios

Más allá de ser el espacio físico o imaginario que separa a los estados, las fronteras se han convertido en el lugar que refleja las contradicciones morales y políticas que todos los países tienen en sus políticas migratorias. Por encima de cualquier otra diferencia, todos los países, en mayor o menor medida, tienen en sus fronteras un espacio refractario, opaco a los derechos humanos, impermeable a cualquier consideración ética donde se acumulan barbaridades contra los otros, contra esos a los que llamamos inmigrantes, siempre pobres, generalmente desdichados, con frecuencia desvalidos.

Lo vivido en la frontera entre Melilla y Nador estos pasados días es uno más de esos episodios inhumanos que se justifican en nombre del control de fronteras, aunque costara la vida de una treintena de muchachos jóvenes africanos, junto a esas decenas de heridos amontonados en un solar a los que los gendarmes marroquíes se aproximaban solo para pegar, aunque algunos de ellos mostraran signos evidentes de estar agonizando. Un escalofrío moral más al que que ya estamos acostumbrados, protagonizado en este caso por ese país vecino y “nuevo amigo” que es Marruecos, al que todo consentimos. “Operación bien resuelta”, afirmó nuestro presidente del Gobierno, añadiendo más sal a la herida, más crueldad a la inhumanidad. Pero es lo que desde hace años vienen haciendo otros muchos gobiernos, en España y en diferentes países del mundo. Contra eso que se denomina inmigración irregular todo vale, siempre que los inmigrantes contra los que se actúe sean pobres, claro.

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La resurrección de la Guerra Fría

Se escucha con frecuencia la necesidad de conocer nuestra historia para no repetirla, pero habitualmente desconocemos esa misma historia a la que apelamos y que en no pocas ocasiones nos empeñamos en volver a transitar. La invasión rusa de Ucrania y la posterior guerra que allí se ha desencadenado vuelven a poner encima de la mesa demasiados episodios históricos que creíamos ya superados, exigiendo cautela en los análisis y decisiones.

Son cada vez más las voces que alertan de que estamos reviviendo el inicio de una nueva Guerra Fría, más de siete décadas después de que diera comienzo formalmente tras la Segunda Guerra Mundial, distinta en muchos de sus componentes, pero idéntica en cuanto a la confrontación global que abrió entre grandes bloques económicos políticos, militares e ideológicos.

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Mandarlos a Ruanda

Mientras Europa afronta los múltiples efectos de la grave crisis de refugiados desencadenada por la guerra en Ucrania, tomaba carta de naturaleza una grave violación contra una de las leyes del derecho humanitario más importante, que puede acabar con el derecho al asilo y a la protección internacional, tal y como los hemos conocido desde que fueron establecidos tras la Segunda Guerra Mundial.

Los planes impulsados desde Reino Unido por su primer ministro, Boris Johnson, para enviar a Ruanda a grupos de solicitantes de asilo desde territorio británico en vuelos de la infamia que han sido criticados por cientos de organizaciones sociales y humanitarias, universidades, diputados conservadores y hasta por una veintena de obispos de la Iglesia anglicana demuestra, a partes iguales, los malos tiempos que atraviesa una figura jurídica que ha sido fundamental para salvaguardar la vida de las personas desde hace décadas, mediante la Convención de Ginebra y su Protocolo de Nueva York, pero también evidencia la descomposición moral y política que vive Reino Unido desde que se embarcó en esa aventura trufada de mentiras y engaños llamada Brexit.

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Criptopatrañas

Las monedas digitales, también llamadas criptomonedas, han explotado con una fuerza inusitada, haciendo saltar en pedazos esa gigantesca burbuja de mentiras y falsedades que se ha construido en torno a uno de los activos económicos ficticios más inestables de la historia.

A lo largo del mes de mayo, el mercado de ese maná anunciado por ignorantes y oportunistas como un nuevo El Dorado, conocido como criptomonedas, se ha hundido hasta niveles inimaginables. Lo normal para activos especulativos artificiales construidos a base de patrañas incomprensibles y disparatadas. La tercera criptomoneda en valor mundial de capitalización, llamada Luna, se ha vaporizado de la noche a la mañana, perdiendo el 99% de su valor, lo que se llama desaparecer por completo, llevando a miles de personas en todo el mundo a perder todo su dinero invertido. Lo mismo ocurrió con TerraUSD, una criptomoneda mucho más compleja, que de la noche a la mañana pasó a no valer nada, sin olvidar el derrumbe del Bitcoin o Ethereum, las dos principales monedas digitales que alcanzaron sus niveles más bajos.

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Una sociedad enferma de violencia contra la mujer

Llevamos tanto tiempo y energías volcadas en la contención y el tratamiento de la pandemia de Covid-19 y sus efectos que hemos abandonado curar otros muchos daños que tiene nuestra sociedad. Y ya sabemos que hay heridas que, si no se sanan adecuadamente, se pueden infectar.

En los últimos años, asistimos con pasividad a sucesos espeluznantes que demuestran que hay cosas muy serias que no funcionan. Los delitos de violación y abusos sexuales, por ejemplo, están aumentando de una manera insoportable, conociéndose violaciones grupales cada vez más frecuentes y salvajes por parte de hombres sobre mujeres a las que, por si fuera poca su barbarie, además, agreden violentamente causando graves lesiones, narcotizan para despojarlas de cualquier atisbo de conciencia y en algunos casos, incluso, asesinan.

Cada cuatro horas se denuncia una violación en España, unas 168 violaciones cada mes. Y entre ellas, cada vez más son de carácter grupal, cometidas por hombres salvajes que convierten en una fiesta colectiva un delito tan despreciable. De hecho, desde el año 2016 se contabilizan 104 violaciones grupales a manos de estas manadas de bárbaros. Pero la situación es tan grave que en los últimos quince días se han denunciado cuatro violaciones grupales, siempre protagonizadas por hombres sin escrúpulos contra mujeres, en algunos casos muy jóvenes, a las que podemos imaginar el trauma y sufrimiento de por vida causado.

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