Las ciudades y los inmigrantes

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Sacudidos como estamos en los últimos años por el drama de refugiados y migrantes forzosos que tratan de llegar hasta Europa en un continuo goteo de naufragios y muertes, parece que hayamos olvidado de nuestras preocupaciones la realidad cotidiana de muchos inmigrantes en nuestras ciudades y barrios, que luchan por abrirse paso ellos, aprendiendo a convivir y a ser nuevos ciudadanos en un país distinto, generando cambios y estrategias de supervivencia en la ciudad sobre la que están alimentando transformaciones de envergadura. Y es que los desplazamientos humanos en el mundo siguen siendo una realidad que viven con particular importancia las ciudades, contribuyendo así a transformar demográfica, económica, social, cultural y políticamente las zonas urbanas a lo largo y ancho del planeta.

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Anatomía política de una desigualdad sin futuro

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Si el crecimiento económico es la respuesta, hace tiempo entonces que la pregunta está mal formulada. Porque cuanto más insisten en decirnos que nuestra economía crece y la recuperación económica es un hecho, más cuenta nos damos de la cantidad de personas que se están quedando en la cuneta en este país.

Naturalmente que debemos alegrarnos de que la actividad económica recupere su vitalidad, pero de nada servirá un crecimiento sin redistribución, sin taponar la gigantesca brecha que la Gran Recesión ha abierto en una España que arrastraba importantes niveles de pobreza y desigualdad que la crisis ha arrojado al océano de la indiferencia. Porque para este Gobierno, los damnificados por la crisis ya no importan si nuestra economía crece.

Pero por mucho que nuestros gobernantes se empeñen en maquillar cifras, en utilizar de manera interesada las estadísticas o en ocultar aquellos indicadores desfavorables, el retrato que ofrece España en estos momentos no puede ocultar los altos niveles de pobreza y desigualdad alcanzados, que son de los mayores de la UE-28, una pobreza sin apellidos, porque todas las pobrezas son preocupantes.

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Sinhogarismo

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Uno de los exponentes más visibles y desalentadores de la exclusión social lo constituyen las personas que, careciendo de hogar y alojamiento, viven en nuestras calles, de manera temporal, permanente o de forma itinerante. Es lo que se denomina como “sinhogarismo”, un neologismo que está empezando a generalizarse para definir la situación de aquellas personas que no pueden acceder o conservar un alojamiento adecuado a sus circunstancias personales de forma duradera, capaz de proporcionar una convivencia estable, debido a razones económicas, barreras sociales o bien porque presentan dificultades para tener una vida autónoma. Este concepto presenta algunas ventajas respecto a otros, como transeúnte, sintecho, indigente o mendigo, ya que es mucho más preciso en la definición, eliminando valoraciones estigmatizadoras que no ayudan a comprender e intervenir sobre la problemática.

No estamos, ni mucho menos, ante un fenómeno nuevo, si bien nuestras ciudades registran un aumento de personas que duermen y viven en las calles en los últimos años, debido a los dañinos efectos generados por las políticas de ajuste aplicadas durante la última gran crisis, particularmente en países del Sur de Europa, junto al aumento y la extensión de fenómenos novedosos de vulnerabilidad social. De esta forma, la situación de quienes viven en nuestras calles de manera habitual ha desbordado los perfiles tradicionales de personas en situaciones de marginación, extendiéndose a otras muchas que han perdido sus viviendas por desahucios, a mayores de 45 años que han sido despedidos y no encuentran empleo, a inmigrantes que no pueden renovar sus permisos o regularizarse, así como a otras personas que por diferentes causas pierden sus redes familiares, por señalar las más destacables. Así, cuantas más personas duermen en nuestras calles, más fallos y deficiencias presenta nuestra sociedad por haber llevado a estas personas a situaciones extremas, sin ofrecerles posibilidades para que puedan vivir con un mínimo de dignidad. Seguramente por ello, muchos ayuntamientos prefieren mirar para otro lado, sin reconocer el fracaso que supone que dentro de los cajeros de muchos bancos o en sus parques y jardines haya personas malviviendo en estas condiciones, como si formaran parte del mobiliario urbano.
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Portugal, adelantando por la izquierda

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Durante la celebración esta semana de la XXIX Cumbre Ibérica en Vila-real, el presidente Mariano Rajoy pronunció un discurso ante el mandatario portugués, el socialista Antonio Costa, en el que afirmaba que España se situaba a la cabeza de los países del Euro, presumiendo sin miramientos de resultados económicos, olvidando por completo que se lo decía a uno de los países que en estos momentos recibe elogios y felicitaciones unánimes por sus logros económicos y sociales, hasta el punto de haberse convertido en la sorpresa de Europa. Es lo que tiene, señor Rajoy, vivir desde hace años de espaldas a la realidad repitiendo frases vacías.

Algo así como si el seleccionador de fútbol francés presumiera ante el combinado luso de ser uno de los mejores equipos europeos, olvidando que Portugal se impuso a Francia (1-0) el pasado mes de julio, ganando su primera Eurocopa. Y no es solo eso. La reciente victoria de Portugal en Eurovisión sorprendió no tanto por el galardón obtenido, sino por haberlo hecho con una canción melódica en portugués, francamente hermosa, reivindicando sin miedo la belleza de su cultura. Además, desde enero de este año un portugués, el expresidente socialista António Guterres es el nuevo secretario general de Naciones Unidas, elegido hasta diciembre de 2021 por aclamación de su Asamblea General. Y es que parece que a Portugal últimamente todo le sale bien.

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La era de la desigualdad

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El fenómeno de la desigualdad ocupa un espacio cada vez mayor en los discursos políticos, en los trabajos académicos y en las preocupaciones de numerosas instituciones nacionales e internacionales. El magnífico libro del economista francés Thomás Piketty tuvo la capacidad de poner el foco en un tema que no había merecido hasta entonces la atención requerida, sumando al estudio de la desigualdad, además de a sociólogos y economistas, a psicólogos, politólogos, filósofos, geógrafos, arqueólogos e incluso físicos, que con distintas perspectivas están desvelando la importancia de las causas, consecuencias y alcance de uno de los fenómenos contemporáneos más importantes. De hecho, en estos momentos en el buscador académico Scholar Google se pueden encontrar más de 3.100.000 referencias internacionales en inglés sobre desigualdad, junto a otras 421.000 en español.

Pero a medida que el concepto de desigualdad se generaliza entre responsables políticos, institucionales y de organizaciones sociales, la retórica hueca y las imprecisiones, cuando no las confusiones, aparecen mezcladas, alimentando con ello una peligrosa demagogia populista que poco ayuda a intervenir sobre un problema tan complejo. Con frecuencia, muchos no tienen claro el significado e impacto de la desigualdad, mezclando la desigualdad económica, de renta o patrimonial. Además, se habla de pobreza y desigualdad como si fueran conceptos idénticos, cuando hay países ricos con sociedades profundamente desiguales, como sucede en Estados Unidos, por ejemplo, exigiendo estrategias diferenciadas de intervención en cada caso. De hecho, escuchamos con cierta frecuencia a personas que utilizan, como si fueran conceptos idénticos, procesos nítidamente distintos como son la desigualdad, la pobreza, la injusticia, la iniquidad, la discriminación, la redistribución, la exclusión o la vulnerabilidad.

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La ciudad educadora

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De la misma forma que la actividad económica no puede estar a merced de los intereses especulativos y las fuerzas del mercado, tampoco podemos dejar la conciencia colectiva abandonada a los caprichos de las inercias sociales y los narcisismos comunitarios. Las virtudes ciudadanas son cualidades que requieren de un aprendizaje para poder construir una convivencia respetuosa con los demás, cobrando particular importancia en las ciudades, el espacio comunitario por excelencia.

En tiempos donde se reivindican el individualismo, el egoísmo y los intereses personales como bandera, la cultura de la ciudadanía cobra especial relevancia como forma de entender la política, la democracia y nuestra relación con los demás, algo que exige que sepamos conjugar dos planos fundamentales que tenemos que hacer compatibles en nuestras sociedades democráticas, como son las opciones personales y las decisiones colectivas, sometidas al necesario diálogo social pero también bajo la imprescindible regulación legal. El problema es que hoy en día, nuestros gobernantes creen que la simple aprobación de leyes, reglamentos, decretos y normativas generan automáticamente cambios sociales y transformaciones en las conductas de las personas bajo amenaza de severas sanciones, sobre todo en el ámbito de los comportamientos ciudadanos. Y todo ello porque se renuncia cada vez más al papel del diálogo como herramienta política imprescindible para la construcción de una ciudadanía comprometida y a utilizar la pedagogía social como mecanismo para generar cambios colectivos.

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El valor del desperdicio

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Alimentación, despilfarro, hambre y desperdicio son palabras clave que dibujan un círculo endiablado sobre el que avanza la humanidad. Mientras las agencias internacionales cuantifican en unos 800 millones las personas que padecen hambre en el mundo, la FAO calcula que cerca de 1.300 millones de toneladas de alimentos se tiran cada año a la basura, representando todo un escándalo moral que demuestra que el problema del hambre no tiene su origen en la falta de comida, sino en su mala distribución y en prácticas de consumo insostenibles.

Un documentado artículo de Manuel Rivas titulado “Sopa de aleta de tiburón” explica cómo la moda de comer estofado de lengua de bisonte que se implantó entre la burguesía de las ciudades del Este de los Estados Unidos en el siglo XIX intensificó la caza de estos rumiantes hasta su práctica extinción. Hoy día, los tiburones están viviendo una matanza masiva debido a otra exquisitez de la gastronomía oriental copiada por las élites del mundo entero y basada en la aleta de tiburón, que propicia la pesca indiscriminada de tiburones para cortar menos del 5% de su cuerpo y arrojar los restos de los escualos moribundos al mar convertidos en desperdicios. Antes la lengua de bisonte, hoy la aleta de tiburón, son dos ejemplos de cómo la producción, distribución y consumo de determinados alimentos se basan en modelos económicos depredadores de la naturaleza y despilfarradores de recursos que llegan a poner en peligro a especies enteras, buscando únicamente la rentabilidad de la mercancía. También la pesca industrial de arrastre, que con redes kilométricas acaban con toneladas de seres vivos que son posteriormente descartados y arrojados al mar como basura, es un ejemplo de un modelo que despilfarra recursos hasta llegar a poner en riesgo las condiciones de reproducción de numerosas especies.

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