Refugiados abandonados

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Desde hace años, diferentes gobiernos en España han desatendido de manera premeditada sus obligaciones en materia de asilo y refugio, sometiendo a todo el sistema de protección internacional, que nos obliga como país y amparado por el Derecho Internacional, a un deliberado abandono. La lamentable situación de las oficinas de asilo y refugio (OAR), la clamorosa falta de personal y recursos, junto a la ausencia de medios y dispositivos adecuados para gestionar las demandas recibidas y atender con humanidad a las personas solicitantes de asilo en España suponía, en muchos casos, una vulneración de las directivas europeas y de nuestros compromisos internacionales en la materia, además de un sufrimiento añadido a personas que acumulan demasiado dolor.

Todo ello es algo conocido por las ONG especializadas, investigadores y los propios Defensores del Pueblo (estatal y autonómicos), que han insistido en ello con énfasis en los últimos años, siendo también recogido por diferentes medios de comunicación. A su vez, la mal llamada “crisis de los refugiados” que ha vivido Europa con especial intensidad en los años recientes, en coincidencia con la llegada masiva de solicitantes de asilo y migrantes forzosos hasta las costas europeas, muchos de ellos personas y familias que trataron de escapar de la guerra en Siria, sacudió las conciencias de un buen número personas, deseosas de poder colaborar para resolver la grave situación creada, sin que ello fuera atendido por el Gobierno del PP, que incluso incumplió las obligaciones del Consejo Europeo sobre Migración de septiembre de 2015 para acoger en España en régimen de reubicación y reasentamiento a 17.337 refugiados en dos años.

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Cambios en las remesas de los inmigrantes

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Uno de los motivos que empujan a numerosas personas a migrar, a desplazarse a otro lugar para emprender una vida distinta, consiste en la posibilidad de obtener ingresos suficientes que les permitan enviar recursos a sus familiares en sus países de origen. Son las llamadas remesas, que se transfieren a través de canales formales como bancos, oficinas de correos o compañías remesadoras especializadas, que al ser registradas en las balanzas de pagos nos ofrecen una valiosa información sobre su volumen y evolución. Bien es cierto que existen otros canales llamados informales que se utilizan para enviar dinero utilizando amigos o familiares que se desplazan a los diferentes países de procedencia de los inmigrantes, junto a otros sistemas mucho más sofisticados y herméticos, como la Hawala, utilizada en el mundo musulmán o el Chit, en el caso de China, de difícil cuantificación, aunque las autoridades mundiales tratan de conocer y limitar su uso.

Las remesas de los inmigrantes son, por tanto, recursos privados que pertenecen a estas personas, fruto de los ingresos que obtienen, decidiendo estos de manera personal su envío, de la misma manera que todos nosotros decidimos el empleo de nuestros recursos. Es importante no olvidar este aspecto porque no es infrecuente escuchar a personas que defienden que tenemos que decir a los inmigrantes a qué tienen que dedicar sus ingresos, un auténtico disparate. La importancia de las remesas reside en que desde hace tiempo, se han convertido en un factor de desarrollo de primer orden y uno de los flujos económicos mundiales más importantes que reciben los países empobrecidos, gozando de algunas ventajas y particularidades que les otorgan un valor económico y social muy especial.

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Crisis demográfica

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Si en algo nos hemos especializado en este país es en aparcar la resolución de muchos de los grandes desafíos que tenemos entre manos, transitando por el presente sin querer mirar de cara a un futuro que nos plantea demasiados interrogantes en muchos campos. Y uno de ellos es la crisis demográfica que España está atravesando, arrojando un buen número de retos sobre un presente incierto, pero proyectando problemas de un enorme calado sobre nuestro futuro.

La renovación demográfica de un país es un elemento esencial para rejuvenecer la población y su mercado de trabajo, al tiempo que impulsa una sociedad dinámica y activa que se moderniza generacionalmente. Con ello, se mantiene también la actividad económica y el dinamismo social, impulsándose la creatividad, al tiempo que se dispone de los trabajadores que la economía necesita, quienes aportarán ingresos al Estado y con sus cotizaciones, harán frente a las pensiones y gastos de las personas más envejecidas. Cuando todo ello se rompe, surgen desequilibrios en múltiples dimensiones, ya que la demografía funciona como un sistema de vasos comunicantes que se conecta con otras dimensiones vitales para la sociedad, justamente lo que está ocurriendo en España.

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Diez años de crisis

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Hay aniversarios que se recuerdan con inolvidable emoción, mientras otros remueven heridas muy profundas que no han sido del todo curadas. El próximo 15 de septiembre se cumplen diez años de la quiebra del gigante financiero Lehman Brothers, el cuarto banco de inversión de los Estados Unidos, tras 158 años de actividad, desencadenando el inicio de una gigantesca crisis que incendió la economía mundial de forma devastadora, con efectos dañinos que todavía perduran, generando la que se denomina por mérito propio como la “Gran Recesión”. Desde entonces no se ha recuperado la tranquilidad.

Mucho antes de esta fecha, se habían alimentado las condiciones que desencadenaron ese formidable cataclismo económico y social mediante dos elementos llamados desregulación y liberalización del sistema financiero y de los flujos de capital, generando una economía especulativa sin control alguno. Durante años se despreciaron las escasas voces críticas que venían alertando de que estábamos a las puertas de una crisis cuyos efectos catastróficos podrían ser incalculables, como así ocurrió. Por el contrario, el Fondo Monetario Internacional (FMI) en su informe de abril de 2007, a las puertas de la catástrofe, afirmaba satisfecho: “Los riesgos para la economía mundial se han reducido, haciendo que el crecimiento económico internacional sea vigoroso y perdurable, no existiendo razones de preocupación sobre la economía en el mundo”. Nada sorprendente porque el FMI trabajaba activamente desde hacía décadas en afianzar el proceso de liberalización financiera desregulada causante de la crisis. Lo llamativo es que en los años siguientes, los pirómanos se convertirían en bomberos, al extender el FMI sus dañinas políticas de ajuste estructural al conjunto del continente europeo y en particular, a los países del Sur, afectados por una crisis de deuda desbocada.

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Comprender las migraciones

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Desde hace demasiado tiempo, Europa no comprende adecuadamente el significado de las migraciones que se viven a sus puertas y sus dirigentes mantienen una visión postcolonial sobre los países de donde proceden los inmigrantes. La misma visión que tuvieron los países europeos en la Conferencia de Berlín de 1885, cuando se repartieron África para detener la expansión de los salvajes paganos que allí vivían, proponiéndose “instruir a los nativos y llevarles las bendiciones de la civilización occidental”, como rezaba el artículo IV del acuerdo suscrito por los estados que se apropiaron del continente por aquel entonces. Y no estoy defendiendo, en absoluto, que un buenismo ilimitado y tontorrón sirva para abordar adecuadamente desafíos tan complejos, ni mucho menos. Muy al contrario; necesitamos rigor histórico, conocimiento científico y un análisis empírico de una realidad que, con demasiada frecuencia, se nos hurta, se desdibuja o se ignora deliberadamente cuando hablamos de procesos migratorios.

Empecemos por asumir que estamos ante un fenómeno tan ambivalente como complejo, que no se puede plantear en términos lineales, siendo históricamente consustancial a todos los pueblos en todos los tiempos. La capacidad de emigrar con éxito es una de nuestras señas de identidad y una de las razones que explican nuestro fantástico avance evolutivo. Por si fuera poco, el proceso de globalización, la mejora y el abaratamiento de los medios de transporte y el avance de las telecomunicaciones han llevado a que las migraciones se hayan convertido en una dimensión central de nuestros tiempos, como han señalado las Naciones Unidas, estimuladas por las enormes desigualdades existentes a nivel mundial, no solo en términos de recursos y salarios, sino también de derechos, de futuro, de seguridad y de condiciones de vida.

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La deriva de Europa

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Lejos de aprovechar el momento para cohesionar Europa y dotarla de una mayor fortaleza, sus gobiernos y las propias instituciones de la UE siguen empeñados en avanzar hacia una mayor fragmentación, dando razones para que aumente la desafección de sus ciudadanos y crezca la eurofobia. Parece como si no hubieran aprendido nada de lo sucedido estos años en los que han ganado terreno los populismos y neofascismos, que han facilitado un Brexit traumático en el Reino Unido o que han posibilitado el avance de una extrema derecha xenófoba que en algunos países ha logrado significativos avances en parlamentos y gobiernos. Y en todo ello tiene también una gran responsabilidad la aplicación obsesiva de políticas económicas fracasadas en los países que con mayor crudeza vivimos el impacto de la Gran Recesión, así como la actuación irresponsable ante la llegada de refugiados y migrantes a sus fronteras. Todo ello pone en entredicho principios democráticos y solidarios que forman parte de la esencia con la que se construyó Europa, y que ahora saltan por los aires.

No hay nada peor que dejar que los problemas sin resolver se acumulen porque dan paso a otros nuevos, algo que está viviendo la UE en sus propias carnes. De tal forma que se equivocan quienes piensan que todo gira en torno a los problemas de los migrantes y refugiados. Sí, la política migratoria y de asilo, junto a sus respuestas, forman parte del núcleo básico del proyecto europeo porque afectan a cuestiones clave como la libre circulación interior, la solidaridad compartida y el modelo de fronteras. Por ello tiene tanta influencia la irresponsabilidad con la que se viene interviniendo ante el drama de las migraciones forzosas que llegan hasta las fronteras europeas, fundamentalmente a través del Mediterráneo. Pero a ello se añade en estos momentos un Brexit que está en un callejón sin salida, las dificultades para reforzar la arquitectura del euro, la guerra comercial abierta por los Estados Unidos con efectos que empiezan a ser muy preocupantes para algunos sectores, junto al ascenso de los parafascismos que desde parlamentos y gobiernos de diferentes países no sólo están erosionando los cimientos europeos, sino que está basculando hacia la extrema derecha las políticas de muchos países. Un buen ejemplo lo tenemos en Alemania y los problemas que está teniendo Angela Merkel con los conservadores bávaros que pretenden no ceder sus posiciones a la fuerza ultraderechista, Alternativa por Alemania.

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Comercio justo

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Si el “comercio justo” se abre paso con fuerza en todo el mundo es porque se tiene la certeza de que existe otro comercio que podríamos llamar injusto, generador de importantes desequilibrios económicos, sociales, ecológicos y financieros a nivel global. Precisamente por ello, a mediados del siglo XX, se extendió la idea de que, a través de unas relaciones comerciales más justas y respetuosas, se podría mejorar la vida de muchos productores, campesinos y población local en los países del Sur, al tiempo que se avanzaría hacia condiciones laborales más dignas y un mayor respeto del medio ambiente. Se trata así de caminar hacia un cambio en las reglas del comercio internacional, facilitando el acceso al mismo de los productores más desfavorecidos, permitiendo que puedan vivir con mayor dignidad de su trabajo y de esta forma luchar contra la pobreza y la desigualdad.

El comercio justo no es solo un sistema alternativo para productos locales en países y comunidades desfavorecidas, sino que es una herramienta que tenemos en nuestras manos para generar cambios significativos en algunos de los problemas más relevantes del desarrollo global por medio de la compra de bienes y productos cotidianos, introduciendo en esas adquisiciones criterios sociales, ambientales, de género y de respeto a los derechos humanos. Es una forma muy precisa de promover con nuestro comportamiento y nuestras decisiones inmediatas cambios significativos y apreciables que pueden tener una influencia positiva para un buen número de personas.

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