Pobreza que duele

Decía Italo Calvino que las ciudades son un conjunto de muchas cosas, de memorias, deseos, signos de un lenguaje, lugares de intercambio que no son solo bienes o mercancías, sino también palabras, ilusiones y recuerdos. Pero las ciudades también acogen personas y objetos que convertimos en invisibles por la fuerza de nuestra indiferencia. Un ejemplo lo constituyen las personas que duermen en nuestras calles, en parques y jardines, en los zaguanes de comercios o dentro de los cajeros automáticos, lo que representa una gigantesca paradoja: quienes carecen hasta de un techo donde guarecerse duermen dentro de las entidades financieras que acumulan gigantescos recursos, a los pies de las máquinas automáticas expendedoras de dinero. Todo un sarcasmo.

Llegar a invisibilizar a todas esas personas que deambulan por las calles, arrastrando bolsas y carros con sus pertenencias, representa un ejercicio de impostura moral considerable. Es como cuando nos acostumbrarnos a no mirar la luz del Sol que está en el cielo cada mañana para no dañarnos por la intensidad de sus destellos. De la misma forma, preferimos no dirigir nuestra mirada hacia los sintecho, mendigos y transeúntes con los que nos cruzamos para no tener que asumir el gigantesco dolor y sufrimiento que cada una de estas personas encarnan, para no comprender el enorme fracaso social que supone que vivan en la calle ante la pasividad de instituciones y responsables públicos.

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Debates y controversias en la cooperación al desarrollo

Mi último libro, “Debates y controversias en la cooperación al desarrollo. Fondos privados de ayuda, acuerdos neocoloniales y ayuda a refugiados”, (Alicante, 2020) sale a la luz publicado por la Universidad de Alicante, en su colección de materiales docentes.

Si algo demuestra este libro es que, la ayuda al desarrollo, lejos de construir, fortalecer o impulsar estructuras o procesos que den respuesta a las necesidades de las personas más necesitadas, con demasiada frecuencia las anula o desmantela bajo la lógica del libre mercado, del impulso a las empresas privadas y del avance de acuerdos comerciales asimétricos que reproducen dinámicas neocoloniales. Salvo en su versátil cooperación descentralizada, la débil cooperación estatal promovida por España ha ido incorporando con el tiempo un buen número de las prácticas internacionales más neoliberales y posibilistas, debilitando y dañando valiosas intervenciones con organizaciones y movimientos en países empobrecidos, al tiempo que erosionaba cualquier atisbo de razón crítica. Por ello es tan necesario repensar la teoría y la práctica de la ayuda al desarrollo, en lugar de seguir impulsando por inercias prácticas dañinas, como se exponen en este trabajo.

En este libro su autor reivindica la necesidad de análisis rigurosos del conjunto de procesos políticos, económicos, ecológicos y comerciales que están presentes en las políticas e intervenciones de la ayuda al desarrollo, reformulando en profundidad el significado de la solidaridad global para superar viejos paradigmas y muchas de las interesadas políticas fracasadas que la modelan. Para ello, hoy más que nunca, es importante insistir en la importancia de conceptos como justicia, libertad, emancipación, derechos y dignidad, que orienten unas políticas de ayuda al desarrollo que, con demasiada frecuencia, han olvidado estos principios, para tratar de ponerse al servicio del capital y dar más poder a las élites económicas. Sin esperanza, no hay futuro, y la ayuda al desarrollo tiene que ser constructor de un futuro esperanzador.

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Los saharauis esperan

En los últimos meses, se vienen sucediendo noticias llamativas en torno al norte de África que tienen a Marruecos como protagonista. Este país, que siempre ha llevado a cabo una política exterior extraordinariamente agresiva y provocadora, no está dudando en ampliar las tensiones en su área de influencia, tratando de utilizar todos los medios que tiene a su alcance.

​A la continua llegada de pateras hasta las Islas Canarias procedentes de las costas marroquíes, se suman varios incidentes protagonizados por aviones de su Real Fuerza Aérea que han hecho incursiones deliberadas en el espacio aéreo de España, junto a la anexión unilateral de aguas cercanas al archipiélago canario en litigio, que han pasado a ser consideradas de su propiedad como adscritas a su Zona Económica Exclusiva (ZEE), para lo cual ha ampliado el alcance de las 200 millas que reconocen los tratados internacionales a las 350 actuales, publicando tal anexión en su Boletín Oficial del Reino en plena pandemia, en el mes de abril. Al mismo tiempo, Marruecos mantiene cerradas sus fronteras con España, con la excusa del coronavirus, habiéndose negado a admitir la entrada de trabajadores marroquíes desde nuestro país, mientras no ha parado de reclamar millonarias ayudas de la UE para el control de sus fronteras, a la vez que ha anunciado la compra de armamento ultramoderno por cantidades muy elevadas a los Estados Unidos, como avanzados drones y aviones de combate F-35, emprendiendo diferentes incidentes militares al violar la zona de exclusión de Guerguerat, que conecta el Sáhara Occidental con Mauritania, declarada como desmilitarizada mediante acuerdo firmado con las Naciones Unidas por el Reino de Marruecos y el Frente Polisario.

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Uno de 26 millones

Escribir desde el convencimiento de que eres uno de los 26 millones de hijos de puta a los que, según altos militares retirados, hay que fusilar, no es muy estimulante. Pero también es cierto que solo soy uno más de todos esos millones de ciudadanos de este país a los que estos mandos del Ejército jubilados sueñan con quitarse de en medio en sus conversaciones golpistas.

​Resulta llamativa la cifra, ya que al representar a más de la mitad de la población dan por hecho que están en minoría, como les sucede en el Parlamento. Lo que no está tan claro es que este país tenga suficientes cunetas para enterrar a tanto fusilado, como ya pasó tras la Guerra Civil. Claro que estoy seguro de que entre los muchos amigos de estos militares ultraderechistas siempre habrá algún avispado promotor inmobiliario -emprendedores los llaman- que pueda comenzar a vender promociones de sepulturas con vistas al mar.

​Es desalentador saber que tanto dinero pagado para formar a estos altos cargos del Ejército ya retirados, con lo mejorcito de nuestras academias militares y de las escuelas de Altos Estudios de la Defensa y de Estado Mayor, no les ha servido, siquiera, para saber lo que es un Estado democrático y de derecho con un sistema parlamentario representativo, algo básico en los estudios de educación secundaria. Porque empeñarse en defender la necesidad de cambiar un gobierno que tiene la mayoría parlamentaria, por la fuerza de las armas, demuestra la nula cultura democrática y política que tienen generales y coroneles que juraron defender a su país y a sus habitantes.

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75 aniversario de las Naciones Unidas

En un año dominado por la pandemia del covid 19, en medio de una crisis social y económica de dimensiones épicas y cuando tensiones mundiales causadas por problemas como el cambio climático, las migraciones forzosas y una desigualdad creciente no dejan de agigantarse, hablar del 75 aniversario de las Naciones Unidas, cumplido hace unas pocas semanas, puede parecer inoportuno al ser tantos los malestares y desafíos. Sin embargo, muy al contrario, estamos ante una de esas conmemoraciones que tenemos que rememorar con una cierta satisfacción, a pesar del balance insatisfactorio de su andadura a lo largo de estos tres cuartos de siglo.

​El 25 de octubre de 1945 fueron ratificados los estatutos de una novedosa Organización de las Naciones Unidas (ONU), aprobados tres meses antes en la llamada Carta de San Francisco, celebrándose la primera Asamblea General de los países miembros en enero de 1946. Esta inédita institución formaba parte de la nueva arquitectura internacional impulsada por Estados Unidos tras la devastadora Segunda Guerra Mundial, sumándose a las organizaciones surgidas con anterioridad en la conferencia de Bretton Woods, de julio de 1944, en la que vieron la luz el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Internacional para la Reconstrucción y el Fomento (BIRF), embrión del Banco Mundial.

​En un mundo asolado por un conflicto global nunca antes visto en la humanidad, las Naciones Unidas trataban de ser una organización novedosa, capaz de promover la paz al limitar el uso de la fuerza entre países mediante instrumentos jurídicos y políticosque garantizaran el respeto al derecho internacional, promoviendo unos derechos humanos básicos inherentes a la dignidad humana. El reconocimiento a la soberanía de los Estados, junto al impulso a los procesos de descolonización que por aquel entonces se extendían en países del Sur, eran piezas fundamentales para crear espacios de colaboración entre los diferentes países que permitieran impulsar la estabilidad, la prosperidad y la cooperación global para la solución de los problemas en el mundo. Uno de sus éxitos se demuestra al comprobar cómo esta institución ha pasado de contar con los 50 países que pertenecían en sus inicios, a los 193 que forman parte en la actualidad, la totalidad de la humanidad.

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Migraciones en Canarias: sobrepasados por la realidad

Uno de esos refranes tan nuestros afirma que “a perro flaco, todo son pulgas”. Es lo que le sucede a España desde hace demasiado tiempo con su política migratoria y de asilo. A los fallos en la recepción, acogida y gestión de las migraciones llegadas a las Islas Canarias en las últimas semanas se suma el hacinamiento de varios miles de inmigrantes en el CETI de Melilla, junto a un goteo desconcertante de pateras en diferentes provincias, sin olvidar el colapso en todo el sistema de asilo y refugio, con decenas de miles de expedientes acumulados y pendientes de resolución.

No es de recibo que en una política de Estado tan importante se vaya a salto de mata, apagando fuegos solo cuando las llamas amenazan con devorarnos. España es un punto de tránsito clave de las rutas migratorias hacia Europa desde hace décadas, algo que ya no justifica tanta improvisación. Al mismo tiempo, el fracaso estrepitoso de la política europea de migración y asilo (por llamarlo de alguna manera) y su gigantesca irresponsabilidad en la mal llamada crisis de los refugiados que estalló en Europa en el año 2015 exigen contar con políticas efectivas que impidan el caos y el disparate, como los vividos en los últimos años. Con mayor motivo sabiendo que el auge de las fuerzas neofascistas utiliza las migraciones como una de sus grandes armas para crear alarma y difundir barbaridades. Bueno sería que nuestros dirigentes políticos actuaran con responsabilidad y no dieran carnaza a esta extrema derecha asalvajada.

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Participación ciudadana contra el cambio climático

Mientras parece que todo pasa por el coronavirus, la vida sigue y el mundo continúaavanzando, con sus problemas y desafíos, que no son pocos. Y en este país, crispado y enfrentado, estamos dejando demasiadas asignaturas pendientes y postergadas que más tarde o más temprano tendremos que recuperar. Y cuanto más demoremos las respuestas, más costosas, complejas y difíciles serán.

​Son muchos, sin duda, los problemas fundamentales que estamos dejando de lado, aunque entre los más importantes e imparables se encuentra el cambio climático, con la particularidad de que sus efectos son tan transversales que determinan la totalidad de planos de nuestra vida.

​En los últimos meses y en distintos países del mundo, se vienen poniendo en marcha dinámicas participativas muy originales con los ciudadanos para conocer sus preocupaciones sobre el cambio climático y recoger sus propuestas prioritarias, pudiendoincorporarlas a las agendas políticas inmediatas de los gobiernos. En Francia, Suecia o Reino Unido, personas elegidas por sorteo han formado asambleas ciudadanas que han llevado a cabo reuniones de trabajo durante meses muy sugerentes para elaborar un conjunto de propuestas concretas muy inmediatas contra el cambio climático, con el compromiso de que los diferentes gobiernos trabajen para llevarlas a cabo.

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Recalibrando los ODS

Desde que en septiembre de 2015 la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobara por unanimidad y con el respaldo de todos los mandatarios mundiales una ambiciosa propuesta compartida de paz y prosperidad bajo el nombre de Agenda 2030, recogida en los llamados Objetivos de Desarrollo Sostenibles (ODS), la propaganda y la fanfarria no han parado. A lo largo de estos cinco años de vigencia, la complejidad de estos acuerdos, su problemática arquitectura metodológica y las enormes dificultadespara su medición han quedado ahogadas por la publicidad hueca y las frases superficiales que, de la mano de campañas promocionales vacías, se han desplegado demanera indiscriminada.

​No es algo nuevo. Ya sucedió con sus antecesores, los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), en vigor desde el año 2000 hasta 2015. Quienes venimos trabajandoa fondo con estos complicados acuerdos internacionales sabemos que lo primero que hay que hacer es dedicar mucho tiempo y esfuerzo a conocerlos y comprenderlos, estudiando y analizando informes, documentos, estudios e investigaciones internacionales nada sencillos. Justo lo que no se hace. Es lo que me permitió elaborar el único informe de desempeño sobre los ODM que se hizo en España, por encargo del Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación, llevándome a mantener desde entonces esta línea de investigación de manera continuada.

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La generación del elefante

Hubo un tiempo en España en el que el elefante era sinónimo de pobreza y austeridad, tomando cuerpo en una conocida marca de papel higiénico tan extendida en los hogares como áspero y rasposo eran sus hojas. Aunque durante muchos años fue un producto muy popular en los aseos de nuestras humildes viviendas, hoy en día nos preguntamos cómo pudimos utilizar algo que no se caracterizaba por sus cualidades de limpieza y comodidad, precisamente. Sin embargo, para varias generaciones del tardofranquismo que conocimos y utilizamos el elefante, era un elemento de prosperidad en una España que se encontraba a gran distancia de los países de nuestro entorno.

Afortunadamente, los tiempos del elefante pasaron y hoy nos aprovisionamos de sofisticados papeles higiénicos de doble capa satinados, con diferentes grados de suavidad y hasta perfumados.

Pero en los últimos años, otro elefante se ha hecho muy popular en todo el mundo de la mano de uno de los más importantes investigadores mundiales sobre desigualdad. Me refiero al llamado “elefante de Milanovic”, que nada tiene que ver con el paquidermo que se hizo popular en la España del franquismo desarrollista.

Branko Milanovic es un prestigioso economista serbio-estadounidense que hizo su tesis doctoral sobre desigualdad en Yugoslavia en la Universidad de Belgrado. Posteriormente, se trasladó a Estados Unidos, donde se formó en diferentes universidades y comenzó a trabajar para el Banco Mundial en temas de pobreza y desigualdad, hasta el punto que junto con Thomas Piketty, se ha convertido en uno de los mayores especialistas mundiales en estos asuntos. Tras dejar el Banco, escribió un libro en el año 2016 titulado “Desigualdad global: una nueva aproximación en la era de la globalización”, en el que recogía un importante estudio contenido en una gráfica, con forma de elefante, que ha sido bautizada como “el elefante de Milanovic”, siendo una referencia mundial en los estudios sobre desigualdad en universidades de todo el mundo.

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Vecinos del Pla despreciados

He defendido en diferentes ocasiones que Alicante tiene unas condiciones magníficas para ser una ciudad envidiable con elevados niveles de bienestar, pudiendo avanzarhacia la equidad mediante la transición ecológica y social. Pero por motivos de distinta naturaleza, desde el Ayuntamiento no se han dado los pasos para ello, haciendo que la ciudad permanezca instalada en la deriva en la que se encuentra desde hace ya demasiado tiempo.

​En el mismo sentido, creo que el abandono y la degradación palpables en el municipio en demasiadas facetas no son el producto de un cálculo deliberado, porque no me cabe la menor duda de que sus concejales desean lo mejor para Alicante y sus funcionarios trabajan con este fin. Bien es cierto que hemos visto a no pocos ediles incapaces de actuar con arreglo a sus responsabilidades, al tiempo que también algunos funcionarios de peso han venido haciendo una clara dejación de sus obligaciones.

Son tantos los ejemplos que podemos encontrar de lo que decimos que basta con revisar los ejemplares de este diario en los últimos años para completar toda una enciclopedia. Y no me refiero, únicamente, a decisiones grandes e importantes, sino apequeños detalles y actuaciones que son las que hacen el día a día. Como se dice confrecuencia, el diablo está en los detalles y con ellos tenemos toneladas de ejemplos para arrojar sobre la plaza de nuestro ayuntamiento como escombros de la pasividad y del abandono por el que esta ciudad avanza.

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