Esclavos a las puertas de Europa

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El dolor cumple una función trascendental para todos nosotros en la medida en que la sensación que produce emite una señal de alerta ante una lesión, un peligro o una disfunción, avisándonos de esta forma para corregir o evitar el motivo causante de la dolencia, evitando así el riesgo que nos puede generar. Es así que la insensibilidad ante el dolor es una disfunción grave que puede provocar importantes riesgos para nuestra salud al no identificar lesiones, enfermedades o peligros para nuestro organismo. Sin embargo, de manera llamativa, nuestra sociedad se ha acostumbrado a no reaccionar ante cada vez más sucesos dolorosos que se producen, que por el contrario deberían de sacudir nuestra conciencia por su extrema gravedad. El último de ellos ha sido la emisión reciente de un documental por la cadena estadounidense CNN en el que se certifica algo que desde hace tiempo se ha venido denunciando, sin mucho éxito por cierto, como es la subasta de inmigrantes en Libia, vendidos como esclavos por poco más de 400 dólares.

La gravedad de los hechos recogidos por las imágenes no representa, ni siquiera, una mínima parte de la extrema crueldad e inhumanidad que desde hace años sufren los inmigrantes de toda África que llegan hasta este país para emprender un incierto viaje hacia Europa y que, en demasiadas ocasiones, se ha visto truncado de las formas más espantosas. Se calcula que unos 20.000 inmigrantes pueden haber sido capturados por las múltiples tribus, milicias y bandas criminales que campan a sus anchas en un país sumido en el caos absoluto, convertido en un Estado fallido seis años después de la desastrosa intervención militar europea que concluyó matando a Muamar el Gadafi. Los vídeos estremecedores de asesinatos masivos de inmigrantes capturados por algunos de esos grupos criminales que se han hecho con pequeñas zonas del país llevan tiempo en las redes sociales, sin que ningún gobierno occidental u organismo de las Naciones Unidas haya movido un solo dedo para evitar tanto espanto.
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La fábula del empoderamiento de la mujer

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La palabra “empoderamiento” está de moda y su uso indiscriminado, especialmente a la hora de hablar de la mujer, se ha impuesto. Organizaciones y activistas, políticos y académicos, junto a instituciones de toda naturaleza no paran de repetir que hay que lograr el empoderamiento de la mujer, que trabajan con ese propósito y que su logro pasa por ser un objetivo fundamental de su actuación. Naturalmente que es importante avanzar hacia ello, aunque sería bueno preguntarnos, ¿qué entienden por empoderamiento?, o también, ¿de qué manera trabajan para avanzar en ello? Y las preguntas no son ni mucho menos banales cuando hablamos de un concepto tan manoseado que ha acabado por desdibujarse.

En los manuales técnicos se define el empoderamiento como un proceso mediante el cual las personas refuerzan sus capacidades, habilidades y recursos personales para asumir un mayor protagonismo, individual y social, con la finalidad de liderar y asumir transformaciones positivas en las situaciones que viven para permitirles avanzar en la mejora de sus vidas. El empoderamiento no es, ni mucho menos, un concepto nuevo, sino que surge de los enfoques participativos y la educación popular que se generalizó en los años 60 y 70 del siglo pasado, promovidos inicialmente por Paulo Freire. Si bien es cierto que se puede aplicar sobre todos los grupos vulnerables, marginados o en situación de discriminación, su mayor desarrollo teórico y práctico se ha alcanzado sobre las mujeres, cuando en las década de los 80 comenzó a trabajarse su acceso a recursos esenciales (materiales, simbólicos y políticos), junto a un reforzamiento de sus capacidades, para llevarlas a asumir el protagonismo de sus vidas en todos los ámbitos. De esta manera, el enfoque feminista del empoderamiento, asumido y utilizado desde muchos espacios, pretende generar cambios individuales y colectivos, para lo cual se pretende modificar los procesos y estructuras que reproducen, de una u otra manera, la subordinación de las mujeres por razón de género. Es a partir de entonces cuando el concepto se ha extendido con facilidad, figurando en los objetivos destacables de las Naciones Unidas y de otras muchas instituciones internacionales, aunque para propósitos contrapuestos.

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