Coronaciudades

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Hemos comenzado eso que se ha dado en llamar la nueva normalidad, otro de esos términos polémicos que, en definitiva, nos avisa de que en adelante tendremos que saber coexistir con el covid-19. La emergencia sanitaria va a dar paso al nuevo mundo que deja la presencia del patógeno entre nosotros, con el que tendremos que aprender a convivir, al menos durante algún tiempo, tras la dura experiencia del confinamiento.

Todos los planos de nuestra vida van a verse afectados, de manera que vamos a experimentar transformaciones de mayor o menor intensidad que van a cambiar nuestra forma de vivir, de trabajar y de relacionarnos. No me refiero, únicamente, a los aspectos materiales, como el trabajo, el consumo o nuestros desplazamientos, sino a otros más relacionales, como el valor de la compañía, la importancia de la cercanía con los otros, el placer de las cosas pequeñas como pasear, disfrutar de los parques y plazas que tenemos cerca de casa, sentarnos a tomar un café o una cerveza tranquilamente mientras conversamos o leemos, apreciar más la proximidad y todo lo que tenemos. Y todo ello lo podemos hacer en nuestros barrios y ciudades.

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La dimensión social de la pandemia

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A medida que avanzan las semanas, se prolonga el confinamiento y se extienden los efectos del coronavirus en todos los países, comprendemos con mayor claridad que su gigantesco impacto no es únicamente médico, sanitario y epidemiológico, ni tampoco que sus repercusiones van a ser exclusivamente económicas y laborales. Una y otra vez aparecen numerosos dilemas sociales, en algunos casos novedosos y de una enorme profundidad, a los que no estamos dando la importancia que merecen.

No es casual el hecho de que, en los equipos de expertos que se han formado, tanto a nivel estatal como autonómico, para afrontar la pandemia con un enfoque muy sanitario y epidemiológico, no aparezcan científicos sociales como sociólogos o psicólogos especializados en sus efectos social. Pero para superar, reconstruir el daño en la sociedad y prepararnos mejor ante posibles oleadas futuras, necesitamos de la experiencia de otras disciplinas y de profesionales muy transversales que, además de tener en cuenta la medicina, la salud pública, y la epidemiología, permitan ampliar la perspectiva de intervención, a través de las ciencias sociales y las humanidades, en línea con los gigantescos desafíos sociales que tenemos que afrontar.

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Vivir con miedo

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A medida que las semanas de confinamiento en nuestros hogares se suceden y se prolonga el aislamiento social, comprobando que la epidemia ha alcanzado unas dimensiones gigantescas que ni nos atrevíamos a imaginar cuando todo comenzó, crece también el desasosiego. Nuestro estado de ánimo pasa por etapas muy distintas, que percibimos con la misma claridad con la que distinguimos el paso del día a la noche.

En tan solo unas pocas semanas, nuestras vidas se ha transformado de una manera tan radical que ni siquiera queremos pensar en ello porque resistir se ha convertido en nuestra preocupación diaria. Sabemos del enorme dolor que esta pandemia está causando en las personas contagiadas, en los familiares de los fallecidos y enfermos, en todo ese ejército de profesionales que en los hospitales lucha para salvar vidas como nunca antes se había visto. Y aunque la vida social y económica se ha reducido a la mínima expresión, como cuando se mantiene un cuerpo con sus constantes vitales esenciales, percibimos la entrega de muchos otros trabajadores que, en diferentes tareas, se dedican esforzadamente a hacer posible que nuestra vida continúe en nuestras casas, espacios de protección y confinamiento, de seguridad y encierro al mismo tiempo.

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La descomposición de la UE a ritmo de pandemia

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Muchos pensábamos que la década fallida de políticas de austeridad expansivas había arrojado enseñanzas imprescindibles para todos, pero nos equivocamos. En cuanto la Unión Europea ha podido, vuelve, una vez más, a demostrar que es la administradora de los intereses y capitales del norte de Europa frente a los países del sur, convertidos enlastres para su proyecto político hegemónico. Lejos de entender que la actuación irresponsable de la Troika (formada por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional) durante los años de la Gran Recesión fue desastrosa, que su desdén hacia el sufrimiento de las sociedades del sur y su incapacidad paramostrar la más mínima empatía social y política han sido el caldo de cultivo para el ascenso del fascismo en el viejo continente y la extensión de grupos xenófobos ultranacionalistas, vuelven a la carga con renovada soberbia.

Ahora es el coronavirus la excusa para querer imponernos su proyecto “biopolítico” con el que decidir el futuro de los países del sur de Europa, muy dañados por la pandemia y sus efectos, debilitados en sus cimientos económicos y sociales. No son los virus los únicos agentes patógenos que buscan enfermar nuestros debilitadoscuerpos, también son las políticas que exigen los gobiernos de Alemania y Países Bajos.

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En deuda con los abuelos víctimas del coronavirus

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Encerrados en nuestras casas mientras contemplamos como avanza este tsunami de enfermedad, muerte y sufrimiento, nos cuesta tener una idea precisa del enorme daño que esta pandemia del Covid-19 está causando. Unas veces porque tenemos talavalancha de datos, estudios, opiniones e informaciones que nos abruman y, con frecuencia, nos bloquean. Pero también, porque estamos tan angustiados ante el gigantesco dolor que adivinamos a nuestro alrededor que tenemos que tomar una cierta distancia para que la pena no nos paralice. Sin embargo, lo que está sucediendo con nuestros ancianos es un drama de tal calibre que, cuando todo haya pasado y tengamos todos los datos e informaciones, tardaremos en superarlo.

Como si de un virus diabólico se tratara, hasta la fecha sabemos que este coronavirus tiene una enorme incidencia sobre las personas mayores y aquellas con patologías previas o enfermedades crónicas de una cierta importancia. En buena medida, las personas mayores, además de tener su sistema inmunológico debilitado, arrastran con frecuencia enfermedades de distinta naturaleza derivadas de su edad, pero tambiénpor haber llevado una vida de trabajo y esfuerzo que ha castigado su organismo.

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Los liquidadores hospitalarios

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Cuando llevamos dos semanas de confinamiento, a estas alturas lo único que sabemos es que la situación que vivimos es muchísimo más dura, trágica y dolorosa de lo que se nos dijo. No estábamos preparados para este colapso y para tanto sufrimiento como vemos, hasta el punto que, ni siquiera nos atrevemos a imaginarlo en toda su dimensión. Sabemos que es hora de aguantar, de resistir, de estar en casa, de hacer lo mejor que podamos desde nuestras responsabilidades, con los nuestros, con la mucha gente que sigue trabajando para que nuestras vidas continúen, especialmente los maltratados trabajadores sanitarios.

Si hay una palabra que en estos momentos cobra todo su sentido es la empatía, más necesaria que nunca. La misma empatía que falta en tantos políticos que vivenajenos a este gigantesco drama para repetir sus envenenados mensajes tóxicos, que juegan al oportunismo propagandístico utilizando la mentira y el desprecio, que quienesdesde el minuto uno, han tratado de sacar tajada como sea, sin reparar en la angustia de tantos, de espaldas al llanto de quienes tienen familiares contagiados o han perdido a una persona querida. No es, únicamente, el sistema sanitario el que no estaba preparado para esta gigantesca pandemia; tampoco lo estaban nuestros políticos, dentro y fuera de España, como no dejan de demostrar cada día que pasa.

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De los aplausos a la reconstrucción

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Como si camináramos sobre el hielo que se resquebraja bajo nuestros pies, vivimos tiempos de cambios y transformaciones desconcertantes en los que la lucha por el papel higiénico de doble capa se ha convertido en la verdadera lucha de clases. Por vez primera países, sociedades y grupos sociales hemos adoptado una bandera común que se ha convertido en signo de bienestar y tranquilidad, pero que también ha desatado los peores instintos en quienes han tratado de acaparar rollos y rollos de papel por encima de sus necesidades, sin importarles los demás, sin caer en la cuenta de que solo pensando en los otros podremos salir de ésta. 

Durante los últimos cincuenta años, el pensamiento político y las estructuras económicas impuestas protegieron y santificaron los intereses privados frente a las necesidades colectivas de la sociedad. La acumulación de papel higiénico es la expresión mundana de esa acumulación de riqueza desmedida y de capitales arrogantes que han impulsado un buen número de dirigentes políticos e ideólogos en todo el mundo. Su religión predicaba valores enfermizos como el individualismo frente a la ética colectiva, la competitividad frente a la cooperación, el éxito económico desmedido por encima de todo como han venido sermoneando numerosos líderes sin principios. Y para ello, han sacralizado un mercado que solo ha servido para alimentar los procesos de desigualdad económica y social más gigantescos que nunca se han visto, pero que se pone de lado ante una crisis de escala desconocida como la que atravesamos. Pero siempre dañando al Estado a favor de sus intereses privados. La esencia de este pensamiento la explicaba muy bien Rodrigo Rato en su comparecencia ante el Congreso de los Diputados por la crisis de Bankia y el rescate multimillonario pagado con dinero público, cuando afirmó sin complejos: «Es el mercado, amigo». Así trataba de eludir responsabilidades ante el saqueo de la entidad.

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