Barrios pobres con mayores contagios

Las epidemias no son democráticas porque quienes más las sufren y quienes más expuestos están a ellas son los pobres. Es un patrón que se repite a lo largo de todo el mundo, en el norte y en el sur, en países avanzados y en países empobrecidos. 

Se dirá que el virus no entiende de clases sociales y que también ha enfermado y causado la muerte a personas de una u otra condición, algo cierto. Pero desde que el virus se propagó por el planeta, se ha constatado cómo hay personas que han podido confinarse en sus casas, dotadas de amplios espacios y equipamientos, teletrabajando y reduciendo sus desplazamientos, echando mano de sus ahorros para cuidarse o acudiendo a la sanidad privada si lo necesitaban.

Por el contrario, en los barrios más humildes y en zonas más densamente pobladas, la gente vive en casas pequeñas, deterioradas o con malas condiciones higiénicas, con frecuencia en barrios degradados, sin zonas verdes ni equipamientos públicos, realizando trabajos muy precarios que les obligan a largos desplazamientos en transporte público, cuando no viven del paro, en la pobreza y en la vulnerabilidad extrema, sin recursos ni ahorros, preocupados por poder comer cada día y alimentar a la familia, con centros de salud y hospitales al borde del colapso.

Hasta el punto que, cuando ya nadie duda de que vivimos una segunda ola de la epidemia, su incidencia está siendo abrumadoramente mayor en los barrios más desfavorecidos, donde viven trabajadores pobres, inmigrantes y colectivos vulnerables, algo que se agudiza en aquellas ciudades donde la incidencia del virus es más preocupante, como podemos ver con claridad en Madrid. El covid-19 muestra así, de manera descarnada, los procesos de estratificación social al visibilizar la desigualdad tanprofunda que existe en nuestras ciudades. Y es que la pobreza y la desigualdad afectan, de manera fundamental, a la buena o mala salud de las personas, condicionando sus enfermedades y su calidad de vida.

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Nuevas pobrezas y desigualdades

Son tantos los frentes abiertos por esta pandemia y tantos los daños en la salud y la vidade las personas que tardaremos en tomar conciencia de la devastación completa causada por el maldito covid-19. Y aunque gobiernos e instituciones se están volcando en frenar su impacto, desplegando medidas nunca antes vistas, a estas alturas sabemos que la sociedad va a sufrir heridas muy profundas que tardarán en curar. Los altos índices de pobreza y una desigualdad insoportable de los que muchos veníamos hablando desde hace años tienen también mucho que ver con el impacto del coronavirus, dando paso a nuevas pobrezas y desigualdades, mucho más amplias, extensas y profundas que van a plantear desafíos gigantescos en el futuro.

Los años de dura crisis que se vivieron en España durante la década de Gran Recesión dañaron de una manera especial a la población más vulnerable, haciendo más intensa y extensa la pobreza. Con datos del INE, si en 2008 el 24% de los habitantes tenían alto riesgo de pobreza y exclusión social (tasa AROPE armonizada a nivel europeo), en 2018 esta cifra había subido hasta el 26,1%, aumentando así en 1,2 millones el ejército de personas que, con nombres y apellidos, cargas familiares y proyectos de vida tienen que dedicar su tiempo a sobrevivir. Es lo que en términos técnicos se denomina privación material severa. Y así avanzaba la sociedad española antes de que estallara esta endiablada pandemia, con su formidable capacidad de generar daño. Me temo que esa frase prefabricada, tan vacía como repetida actualmente, que dice ”no dejar a nadie atrás” no es posible cuando hay personas que nacen, viven y permanecen en la cuneta a lo largo de toda su existencia.

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La Agenda 2030 ante el coronavirus

No es casual que el informe de este año 2020 de Naciones Unidas sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) no haya contado, siquiera, con una nota de prensa mundial, algo insólito. Los ODS iban mal y la pandemia del covid-19 ha subrayado, con meridiana claridad, las enormes deficiencias y limitaciones de esta Agenda 2030. Hasta el punto que ya se está hablando en centros de investigación internacionales de otra nueva Agenda 2050 o incluso de ODS plus para ampliarsu contenido.

Y es que hablar de la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) a la vista de la catástrofe ocasionada por el coronavirus resulta ilusorio, ante una situación que ha demostrado, de un plumazo, que eran una mera declaración de principios sin anclaje con la realidad.

¿Qué validez tiene una Agenda que se presenta como fundamental, transformadora y universal, que es incapaz, ya no de anticipar, sino siquiera de mencionar la posibilidad de una pandemia producida por un virus, cuando en los últimos años se han vivido otras graves emergencias sanitarias globales que no han sido mencionadas en los ODS? Claroque no es sorprendente cuando la meta 3.8, referida a la cobertura sanitaria universalincluye “la protección contra los riesgos financieros”, en el mismo objetivo 3 que se propone alcanzar una vida sana para todos.

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La conjura de los idiotas

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Naturalmente que esto del coronavirus es una gigantesca mentira de los socialcomunistas que quieren imponer un nuevo orden mundial con el apoyo de BillGates, George Soros y la complicidad de unos profesionales sanitarios que solo buscan más dinero. Así lo gritan allí donde pueden y lo explican en las redes sociales, dondeafortunadamente todavía pueden difundir la verdad que otros nos quieren ocultar,señalando a los culpables de este fabuloso engaño.

Por eso no paran de repetir que la pandemia ha terminado porque nunca ha habido un virus, cuando en realidad la gente ha enfermado porque la vacuna de la gripe contenía un tóxico, ocultando que la neumonía es causada por los chemtrails que dejanlos aviones en el cielo al coincidir con las ondas magnéticas del 5G. Y con la excusa de atendernos y curarnos, están aplicando una terapia genética para controlarnos, reduciendo la población y quedándose con nuestros hijos, dentro de ese nuevo proyecto de orden mundial que pretende limitar nuestras libertades.

​De hecho, tratan de ocultarnos que la covid-19 no existe y por eso queremos que nos enseñen el virus, para verlo con nuestros propios ojos. La gente no muere de coronavirus, como nos dicen, sino de otras patologías previas, hasta el punto que las neumonías están causadas por el uso continuado de esas mascarillas que ahora nos quieren imponer, al igual que esas vacunas que, afirman, nos inyectarán para inmunizarnos, cuando en realidad quieren introducirnos los microchips ID2020 fabricados por Microsoft, con los que poder tener un control total sobre nuestras vidas. Además, los hospitales están vacíos y nos ofrecen imágenes falsas para atemorizar a la gente, porque médicos y enfermeras están conchabados con los socialcomunistas, ocultando los tratamientos eficaces que realmente curan a la gente, como la lejía prémium, que igual cura el autismo que el coronavirus.

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Epístolas del coronavirus

EPÍSTOLAS DEL CORONAVIRUS

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La irrupción del coronavirus en todo el mundo llevó a situaciones insólitas, nunca antes vividas, como el confinamiento forzoso en nuestros domicilios bajo la declaración de un estado de alarma. Recluidos en nuestras viviendas y sin comprender bien lo que vivíamos, asistimos a un vértigo de informaciones y decisiones que acompañaban el parte diario de contagios, hospitalizados, enfermos críticos y fallecidos. Al mismo tiempo, cada país sorteaba como podía la emergencia, con gobernantes que, en no pocos países, alardeaban de su desprecio a la ciencia, en oposición a las normas básicas de prudencia, mientras recibíamos un aluvión de datos e informaciones científicas que aumentaban, si cabe, todavía más nuestro desconcierto.

En este escenario, José Ramón González Parada, desde el confinamiento obligatorio en su casa de Madrid, decidió recurrir a la epístola para comunicar con su compañero y amigo, Carlos Gómez Gil en su confiamiento, trasladándole mediante cartas sus sensaciones, su estado de ánimo y su lectura sobre una situación tan singular. Al mismo tiempo, su interlocutor contestaba sus cartas desde su casa en Alicante, abriendo nuevas vías de análisis, sin agenda y sin más límites que intercambiar mediante estos escritos el análisis de una situación tan insólita como perturbadora.

De esta forma, fueron construyendo un epistolario a lo largo del período de confinamiento que sirvió como herramienta terapéutica para reflejar sus temores, preocupaciones y aturdimientos, desde una mirada muy libre y comprometida, donde asoma su visión sociológica de la sociedad y su compromiso por la convivencia en libertad.

Ojalá nunca más se tuviera que vivir una experiencia similar. Bien es cierto que este epistolario reivindica, también, el gusto por la palabra, por la escritura y la correspondencia epistolar, lamentablemente hoy perdida.

La batalla de las mascarillas

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Mientras el avance del coronavirus no cesa en todo el mundo y la cifra de contagios, ingresos y fallecidos sufre un importante repunte en países como España, la amenaza de nuevos confinamientos sobrevuela nuestras cabezas a medida que aumentan, de manera exponencial, los focos y rebrotes por toda la geografía.

No hay duda de que esta nueva etapa actual, en la que las comunidades autónomas han asumido las responsabilidades sanitarias y los ciudadanos tenemos la obligación de actuar con la prudencia que exige la situación de alerta epidemiológica, hace aguas. Pero en esta ocasión, los ciudadanos, cada uno de nosotros, tenemos en nuestras manos una responsabilidad que, visto lo visto, deja mucho que desear, a juzgar por la naturaleza de los rebrotes y contagios que se están produciendo y, especialmente,por muchos de los irresponsables comportamientos individuales que estamos viendo.

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Temporeros

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En los meses más duros del confinamiento, encerrados en nuestras casas mientras la pandemia se extendía por todo el mundo, tomamos conciencia de la importancia de numerosas profesiones de las que dependen nuestras vidas. Muchos de ellos fueron considerados como trabajadores esenciales, dedicándoles aplausos, reconocimientos y palabras de agradecimiento, aunque mucho me temo que en poco tiempo hemos olvidado aquella explosión de cariño.

Sin embargo, mientras llenábamos nuestras neveras y poníamos la comida en nuestras mesas, ignorábamos el papel fundamental de un grupo de trabajadores esenciales que lo hacen posible, también en aquellas fechas, saliendo todas las mañanas a trabajar muy temprano, en jornadas largas y sacrificadas, para retornar después a sus lugares de alojamiento, generalmente en condiciones de hacinamiento, insalubridad y extrema pobreza. Hablo de los trabajadores y trabajadoras agrícolas temporeros, básicamente inmigrantes, muchos de los cuales se han convertido estos días en víctimas de contagios por covid-19 en diferentes lugares de nuestra geografía.

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El éxito de Kerala

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Mientras algunos de los países occidentales más poderosos sufren el fracaso de sus estrategias de contención frente a la pandemia del covid-19, que está causando estragos entre la población más vulnerable de un buen número de países empobrecidos, el pequeño estado de Kerala, en la India, ha tenido un llamativo éxito al abordar la enfermedad que ha centrado la atención de especialistas de todo el mundo. Hasta el punto de hablarse del modelo Kerala como un buen ejemplo en la respuesta satisfactoria a una pandemia por parte de la sanidad pública. Sin embargo, el caso de Kerala tiene particularidades que acentúan, toda vía más si cabe, el buen hacer incuestionable en la gestión de la pandemia hasta la fecha.

Con una población cercana a los 35 millones de personas, Kerala es uno de los estados más pequeños del gigantesco país que es la India, con 1.400 millones dehabitantes en 28 estados distintos. La pujanza de su crecimiento económico, junto a los avances en su desarrollo industrial y tecnológico han permitido que esta nación sea la decimosegunda economía mundial, si bien, India concentra una de las mayores bolsas de pobreza extrema de todo el mundo, con altos niveles de malnutrición y analfabetismo,junto a tasas de enfermedad muy elevadas. En ello tienen mucho que ver la persistencia del sistema de castas y el mantenimiento de desigualdades atroces, además de unosservicios públicos tan débiles como precarios en dispositivos esenciales.

Sin embargo, el estado de Kerala es la excepción. La región cuenta con la mayor tasa de alfabetización de la India, que llega hasta el 94%, teniendo la mayor esperanzade vida del país, así como las tasas más bajas de mortalidad infantil y pobreza, junto alos niveles de cobertura educativa y sanitaria más elevados de la India. Hasta el punto que las expectativas de vida para la población de este estado son mayores que las de la población afroamericana en los Estados Unidos, contando con tasas de alfabetización en mujeres más altas de las que se dan en toda China. Y en este escenario destacan tres elementos singulares que explican el avance en sus altos niveles de desarrollo humano y sus buenos indicadores sociales.

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Sin más de la mitad

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Hace pocos días, uno de los líderes de opinión de las fuerzas reaccionarias hispanas, Federico Jiménez Losantos, pedía públicamente ante los micrófonos de la emisora desde la que emite su pegajoso veneno, que las fuerzas armadas y la guardia civil dieran un golpe como el 23F en España para salvarla de las peligrosas garras proetarrasbolivarianasvenezolanasperroflautistascomunistasindependentistas en las que había caído la sacrosanta nación española. Su llamamiento coincidía en el tiempo con otro manifiesto en el que conocidos (ultra)derechistas y tránsfugas se dirigían al PSOE en una carta abierta, solicitando que rompiera con sus proetarrasbolivarianasvenezolanasperroflautistascomunistasindependentistas socios de gobierno y promoviera un gran acuerdo nacional de reconstrucción con el PP para salvar la sacrosanta nación española. Todo ello, mientras los neofascistas de Vox nos anuncian las llamas del infierno cada día, saliendo a pegarle a la cacerola, insistiendo en la necesidad de salvar la España de Teresa de Jesús y del toro de lidia de proetarrasbolivarianasvenezolanasperroflautistascomunistasindependentistas, al tiempo que en la Guardia Civil sigue el movimiento de tricornios, en coincidencia con las interesadas filtraciones del sumario que una jueza de Madrid instruye contra el Gobierno y el responsable de alertas sanitarias, Fernando Simón, por las denuncias de grupos ultraderechistas por la autorización del 8M y la acusación de culpabilidad criminal al haber expandido el coronavirus de la mano del feminismo antipatriarcal, según sostienen. Cualquier malpensado podría suponer que el llamamiento al levantamiento contra el Gobierno legalmente constituido, realizado por Jiménez Losantos, forma parte de una estrategia de acoso y derribo a un gobierno al que consideran ilegítimo por el sencillo motivo de no estar presidido por ellos.

Y es que, sacar tanques y meter a guardias civiles uniformados en el Congreso de los Diputados da mala imagen. Ahora es más pulcro que jueces del Opus se encarguen de ello, esa congregación religiosa que, como el perejil, siempre ha estado en todas las conspiraciones económicas, políticas y financieras. Porque ya se han manchado suficientemente al tener que utilizar informes amputados, declaraciones fraudulentas, datos inexactos y hasta un vídeo off the récord de una ministra en la antesala de una entrevista en una televisión, para tratar de imputar, perdón, de desalojar a un gobierno en medio de la situación epidémica más grave que ha vivido la humanidad en el último siglo. Lo que los virus no puedan hacer, que lo hagan los jueces, sobre todo si cuentan con el apoyo divino del Opus.

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Pegarle al cazo

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Qué lejos nos quedan ya los aplausos de las ocho en apoyo a nuestros sanitarios. Cómo añoramos todo ese despliegue de solidaridad y ternura que de manera espontánea se puso en marcha durante los meses de encierro forzoso en casa. Y es que, a medida que salimos gradualmente de nuestro confinamiento, empezamos a asumir que el mundo que viene va a ser mas áspero y mas despiadado del que ya teníamos antes de la llegada del maléfico virus.

Muchos países seguimos al ralentí, despertándonos de los meses de mal sueño, tratando de poner en marcha una economía dañada, con millones de personas preguntándose por su futuro, asistiendo atónitos al espectáculo más bochornoso que jamás han dado algunos de los mayores líderes mundiales. Nunca en un momento tan crucial de la historia ha coincidido una generación de dirigentes en grandes países tan lamentables, tan ridículos, tan ególatras, una mezcla entre malos bufones y dictadores de medio pelo.

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