Más Noruega

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Hace pocos días, el zafio presidente de Estados Unidos, Donald Trump, afirmaba desear que llegaran hasta su país inmigrantes procedentes de Noruega en lugar de los que proceden desde países a los que denominó como “agujeros de mierda”. Es muy difícil encontrar en la historia reciente de las relaciones internacionales unas valoraciones públicas tan insultantes sobre terceros países, si bien también es cierto que hace tiempo que Trump sobrepasó todas las líneas rojas del respeto y del saber estar que deben exigirse a un mandatario internacional. Además de dejar constancia de los lamentables niveles de educación y respeto que tiene quien preside el país más poderosos del mundo, el mandatario estadounidense demostró desconocer por completo las dinámicas y procesos que estimulan los procesos migratorios. Claro que posiblemente lo que hizo fue sincerarse, al expresar su deseo de que a los Estados Unidos lleguen únicamente personas de piel muy blanca, rubios, altos y con los ojos azules.

Pero me temo que los deseos de Donald Trump no van a tener mucho eco entre los noruegos. No entra dentro de lo previsible que personas que viven en uno de los países con mayor desarrollo económico y social del mundo, con los más amplios niveles de prestación de servicios públicos y bienestar, con los más altos niveles de igualdad, comunitarismo, conciencia cívica y ética pública quieran dejar su país para irse a vivir a Estados Unidos, con uno de los más bajos niveles de protección social y cobertura médica entre los países occidentales, con mayores tasas de asesinatos y propensión a morir tiroteados, con mayores niveles de desigualdad y con menor presencia de mujeres en la vida pública. Nadie emigra para empeorar sus condiciones de vida y esa percepción ha sido, históricamente, uno de los motores esenciales de las migraciones a lo largo de la historia.

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