Migraciones ambientales

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Las visiones tradicionales sobre los procesos migratorios están cambiando de manera acelerada, apareciendo nuevas perspectivas de comprensión que ayudan a entender mucho mejor fenómenos de una extraordinaria complejidad para los que no sirven explicaciones simplistas ni miradas meramente compasivas. Así, se abre paso con fuerza la necesidad de incorporar, como factor cada vez más relevante, el impacto que el cambio climático está teniendo ya sobre migraciones forzosas que están alimentando importantes desplazamientos humanos en todo el mundo. La gravedad que ha adquirido el fenómeno del cambio climático, junto al hecho de que todas las previsiones que se hicieron hace pocos años sobre su impacto en las migraciones humanas se hayan visto ampliamente superadas, han encendido las alarmas en instituciones y organismos internacionales.

En el año 2005, en el marco del Fórum Económico de Praga, el profesor NormanMyers, un reconocido especialista mundial en migraciones ambientales, consejero de las Naciones Unidas y para diferentes academias científicas, avisó de la gravedad de las futuras migraciones climáticas para numerosos países, pronosticando que para el año 2050 habría más de 200 millones de personas desplazadas directamente por los efectos del cambio climático. Sus previsiones fueron vistas con escepticismo, cuando no con desdén, a pesar de que desde entonces diferentes agencias de las Naciones Unidas han calculado que cada año, en todo el mundo, unos 25 millones de personas se ven obligadas a abandonar sus hogares por catástrofes ambientales o diferentes causas originadas por las transformaciones acusadas que vive nuestro clima. Hasta tal punto que otros investigadores han elevado notablemente las estimaciones realizadas por el profesor Myers. De esta forma, se ha abierto paso con fuerza en universidades y centros de investigación, en organismos internacionales y organizaciones medioambientales, el concepto de migraciones climáticas, que resulta primordial para comprender adecuadamente muchas de esas diásporas tan intensas que en estos momentos se producen en numerosas regiones.

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Capacidades locales

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A raíz del debate que hace pocas semanas tuvo lugar en la Sede Universitaria sobre la EDUSI, “Un proyecto de regeneración urbana para Alicante”, varios participantes me comentaron días después su interés por la propuesta que allí expliqué para que desde el Ayuntamiento y desde proyectos de esta naturaleza se apoye la generación, el aprovechamiento y el fortalecimiento de capacidades locales, entendiendo que el desarrollo de las mismas pretende entender y abordar las particularidades de cada grupo humano, desde el mejor conocimiento y reconocimiento de los actores involucrados en distintas escalas, con la finalidad de construir sociedades más fuertes e inclusivas.

No creo que estemos ante un tema menor, por la importancia que tiene para impulsar redes, personas, conocimiento y, por qué no decirlo también, empleo en nuestra propia ciudad. Al mismo tiempo, se utiliza y se pone al servicio de la población experiencia y formación por parte de personas que conocen de primera mano cuestiones muy precisas sobre las que llevan trabajando desde hace tiempo. Tampoco podemos olvidar la relevancia que ofrece la construcción de capacidades locales a la hora de generar una mayor pertenencia a los barrios y a las ciudades. Y por último, instituciones como la Comisión Europea están apostando con fuerza para que las ciudades impulsen capacidades, medios, personal y recursos propios que se construyan y reconstruyan al servicio de la mejora de las condiciones de vida de sus habitantes. Con mayor motivo en estrategias y acciones como la EDUSI (Estrategia de Desarrollo Urbano SostenibleIntegrado) financiada con fondos europeos, que apuestan decididamente por la sostenibilidad.

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Salvar vidas

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Salvar vidas no puede ser un delito, como tampoco puede dejar indiferente a nadie que haya personas que dedicando su vida a ello sean tratadas por las autoridades europeas en distintos países como delincuentes. Salvar la vida de las personas, de cualquier persona que corre el peligro de morir, debería ser considerado como un acto de entrega, un ejemplo de humanidad, una admirable muestra de bondad en medio de un mundo que debilita los sentimientos más nobles, sustituyéndolos por los cálculos económicos más prosaicos.

Salvar a un niño sin futuro a punto de ahogarse, a una madre que sujeta con fuerza a sus hijos para que se mantengan a flote, a jóvenes que han escapado de la muerte y del hambre en medio de las frías aguas del Mediterráneo, tendría que ser elogiado por todos aquellos que tengan alma, por gobernantes y dirigentes políticos, por ministros y comisarios europeos de cualquier partido y color político. Rescatar a los tripulantes de un bote que se hunde en un mar que se ha tragado más de 15.500 vidas en los últimos cuatro años, según datos oficiales contabilizados por Naciones Unidas, debería abrir todos los informativos, contar con una mención en los consejos de ministros, recibir una felicitación entusiasta en las cumbres de presidentes de la UE, obtener los máximos elogios de obispos y sacerdotes que no paran de proclamar una y otra vez su absoluto respeto por la vida humana. Sin embargo, la progresiva descomposición de los valores, principios y acuerdos fundamentales sobre los que avanza la Europa contemporánea e impulsan sus dirigentes lleva al delirio de apresar, detener y tratar como a delincuentes a aquellos que, sustituyendo la pasividad y la inacción cómplices que muestran los gobiernos europeos ante la tragedia que se vive en el Mediterráneo desde hace años, han decidido dedicar su vida y sus energías a rescatar de una muerte segura a miles de desesperados que se lanzan al mar en frágiles embarcaciones.

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Gentrificación y cambios urbanos: el caso de Alicante

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El fenómeno de la gentrificación viene ocupando debates, análisis y reflexiones desde hace tiempo en todos aquellos preocupados por las ciudades.

El concepto de gentrificación surge en el año 1963 de la mano de la socióloga Ruth Glass, en un estudio sobre las transformaciones socioespaciales que experimentaban algunos barrios londinenses. Por vez primera, empleó en esta investigación el término al hablar de “gentry”, la pequeña nobleza rural británica que se trasladaba al centro de Londres, desplazando así a los habitantes tradicionales de clase obrera, al tiempo que rehabilitaban los edificios y viviendas degradadas que éstos ocupaban anteriormente. Desde entonces, la gentrificación se utiliza para definir los procesos urbanos mediante los cuales se produce un reemplazo progresivo de la población original de un barrio o zona céntrica deteriorada y abandonada, ocupada por población de bajo poder adquisitivo, que es sustituida por otra con mayores recursos tras la revalorización de la zona mediante la rehabilitación de las viviendas y la recualificación de los barrios, generalmente por medio de procesos especulativos.

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Dolor de ONG

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En los últimos días, estamos asistiendo a una cascada de informaciones relacionadas con abusos protagonizados por trabajadores de ONG internacionales que han causado estupor e indignación a buena parte de la sociedad mundial.

En primer lugar, tras una amplia investigación llevada a cabo por el diario The Times, se conoció que directivos y personal de Oxfam Gran Bretaña habían cometido abusos y explotación sexual contra mujeres durante su trabajo en Haití, país en el que esta organización trabajaba tras el devastador terremoto de 2010 que causó más de 225.000 muertos y 1.500.000 de damnificados. Los hechos se remontan al año 2011 y fueron conocidos por diferentes responsables de la organización en todo el mundo. En ellos intervino directamente el jefe de Oxfam en Haití, Roland van Hauwermeiren, quien ya había sido despedido en el año 2004 de la ONG Merlín (integrada posteriormente en Save the Children) al cometer prácticas similares en Liberia.

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Más Noruega

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Hace pocos días, el zafio presidente de Estados Unidos, Donald Trump, afirmaba desear que llegaran hasta su país inmigrantes procedentes de Noruega en lugar de los que proceden desde países a los que denominó como “agujeros de mierda”. Es muy difícil encontrar en la historia reciente de las relaciones internacionales unas valoraciones públicas tan insultantes sobre terceros países, si bien también es cierto que hace tiempo que Trump sobrepasó todas las líneas rojas del respeto y del saber estar que deben exigirse a un mandatario internacional. Además de dejar constancia de los lamentables niveles de educación y respeto que tiene quien preside el país más poderosos del mundo, el mandatario estadounidense demostró desconocer por completo las dinámicas y procesos que estimulan los procesos migratorios. Claro que posiblemente lo que hizo fue sincerarse, al expresar su deseo de que a los Estados Unidos lleguen únicamente personas de piel muy blanca, rubios, altos y con los ojos azules.

Pero me temo que los deseos de Donald Trump no van a tener mucho eco entre los noruegos. No entra dentro de lo previsible que personas que viven en uno de los países con mayor desarrollo económico y social del mundo, con los más amplios niveles de prestación de servicios públicos y bienestar, con los más altos niveles de igualdad, comunitarismo, conciencia cívica y ética pública quieran dejar su país para irse a vivir a Estados Unidos, con uno de los más bajos niveles de protección social y cobertura médica entre los países occidentales, con mayores tasas de asesinatos y propensión a morir tiroteados, con mayores niveles de desigualdad y con menor presencia de mujeres en la vida pública. Nadie emigra para empeorar sus condiciones de vida y esa percepción ha sido, históricamente, uno de los motores esenciales de las migraciones a lo largo de la historia.

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Economía crítica

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Si hay una disciplina que vive momentos de desconcierto esta es, por encima de cualquier otra, la economía. Desde hace demasiado tiempo, algunos de sus cualificados representantes, en instituciones académicas y organizaciones multilaterales, han venido repitiendo dogmas que con frecuencia han acabado en fracaso, mientras eran incapaces de aportar respuestas a algunos de los grandes problemas de la humanidad: el ascenso de la desigualdad en todo el mundo, la incrustación de grandes bolsas de pobreza cronificada, la degradación ambiental, la precarización de las condiciones de vida y de trabajo, la progresiva destrucción de empleos, los movimientos poblacionales descontrolados, el creciente poder de las grandes corporaciones transnacionales, la relocalización productiva, los elevados niveles de deuda alcanzados, la evasión fiscal y los flujos financieros ilícitos o los numerosos conflictos armados alimentados por intereses económicos de diversa índole.

La lista de desafíos a los que la economía se muestra incapaz de dar respuesta es demasiado grande, pero lo más grave es que la crisis financiera mundial fue imprevisible para la mayoría de los economistas que vivían, por el contrario, anunciando una etapa de prosperidad ilimitada. Y lo que es peor, tampoco ha encontrado respuestas efectivas para reparar los graves daños que esta gigantesca pandemia financiera ha causado en la sociedad y en el propio sistema económico, cuyos efectos son palpables. No resulta extraño, por ello, la creciente insatisfacción que desde amplios sectores de la población se viene extendiendo sobre el conjunto de la ciencia económica, a la que se ve como más como cómplice de los gigantescos desmanes que se vienen cometiendo, que como disciplina capaz de mejorar las condiciones de vida del conjunto de la población.

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