
Desde hace tiempo, el miedo se ha convertido en uno de los componentes más valiosos en la política, tanto para justificar decisiones como para movilizar a los ciudadanos. Fue Maquiavelo quien sostenía que para un gobernante era mejor ser temido que amado porque el vínculo del amor es frágil y se rompe a conveniencia, mientras que el temor se sustenta en un sentimiento mucho más poderoso. Otros muchos autores, como Hobbes y Montesquieu, también analizaron cómo los regímenes utilizan el miedo y el temor colectivo para asegurar la obediencia y sumisión de los individuos.
El miedo actúa, así, como una emoción tan primaria como universal que trata de articular y moldear las voluntades políticas en medio de sociedades repletas de temores, riesgos e incertidumbres. Todo ello lo comprendió a la perfección el régimen nazi en la Alemania del Tercer Reich para golpear a los contrarios, galvanizando a la población frente a los miedos y amenazas, al tiempo que justificaban medidas cada vez más extremas y terroríficas. De hecho, Goebbels convirtió el miedo en un pilar fundamental de su estrategia política convirtiendo a sus rivales, opositores, judíos y comunistas en una amenaza absoluta para la supervivencia de la nación alemana. Para ello, promovía campañas sistemáticas de deshumanización, utilizando contra estos enemigos frases y lemas cargados de desprecio e insultos para generar rechazo, con una simplificación de ofensas y mentiras constantes que llevaran a justificar acabar con todos ellos. ¿A que les suena?
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