
A finales de junio se celebraba en Londres la “Semana de Acción Climática”, a la que asistieron delegados de todos los países del mundo en la prestigiosa London School of Economics, en un edificio centenario de paredes de piedra gruesas, con chimeneas y grandes ventanales, sin ventilación ni refrigeración. Entre los actos programados se encontraba un “Panel sobre calor extremo y sus efectos” que los organizadores tuvieron que cancelar por los riesgos para la salud generados por las elevadas temperaturas que se registraban en el salón habilitado para ello ese día. Una auténtica metáfora de lo que estamos viviendo.
Y es que por encima de la política, de las barbaridades de Trump en la Casa Blanca, de las diferentes guerras que se suceden y hasta del Mundial de Futbol hay un tema coincidente que está en boca de todos en Europa, abriendo informativos y acaparando noticias: el calor sofocante y extremo que azota al continente europeo, a sus países y ciudades. No se trata, ni mucho menos, de una ola más de calor de las que se suceden en estos tiempos de descontrol climático, ni tampoco del preludio de un áspero verano que, como los científicos nos han explicado, puede convertirse en uno de los más intensos jamás registrados por la conjunción de un “súper” Niño más el avance de un cambio climático desbocado.
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