Brecha digital que empobrece

Son muchos los estudios e investigaciones que se están llevando a cabo para determinar la huella que la pandemia ha generado en nuestra sociedad en términos de pobreza, exclusión y desigualdad. Se trata de conocer las consecuencias desencadenadas sobre las condiciones de vida de la población que, con mayor crudeza, ha sufrido estos meses tan duros, saber cómo ha afectado a la vida de personas y familias, evitando que haya sectores que se queden excluidos, marginados y apartados de la ansiada recuperación económica y social.

Entre los muchos datos que investigadores y centros de estudios manejamos, destaca con fuerza un elemento que en esta pandemia ha jugado un papel clave sobre la población más vulnerable en su acceso a ayudas y dispositivos sociales, e incluso por su papel fundamental para la inclusión social y la educación de sectores tan importantes como los niños, niñas y adolescentes (NNA). Nos referimos a la profunda brecha digital que se está abriendo en numerosos hogares y grupos de personas, particularmente los más pobres y vulnerables, convirtiéndose con rapidez en un factor de exclusión añadido de primer orden.

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Entender las nuevas pobrezas en la pandemia

Subidos en la montaña rusa de nuevas olas de contagios, toques de queda que se levantan y se vuelven a implantar, sucesivos confinamientos, escaladas y desescaladas, la vacunación avanza, amortiguando sensiblemente los efectos de una pandemia con la que, como afirman epidemiólogos, tendremos que convivir durante años. Es por ello por lo que tenemos que trabajar sin demora para conseguir una recuperación económica y social que permita regenerar los profundos daños que está dejando la Covid-19.

Sin duda, la llegada de los importantes fondos europeos del programa NextGenerationEU deberá contribuir a impulsar la recuperación, trabajando en construir países más ecológicos, más digitales y sostenibles, en línea con los programas que se propone financiar. Sin embargo, junto a la necesaria recuperación económica, gobiernos y estados europeos tienen por delante el que puede ser su mayor desafío desde la Segunda Guerra Mundial, de la mano de una imprescindible regeneración social a la luz del profundo daño que la pandemia está causando en amplios colectivos en términos de avance de la pobreza, crecimiento del desempleo, aumento de la vulnerabilidad y ensanchamiento de unos niveles de desigualdad que eran ya alarmantes en países como España.

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Pobreza con mayúsculas

Los pobres asustan, dan miedo, se les quiere tener cuanto más lejos, mejor. Sucede a nivel internacional y en nuestras propias ciudades y barrios en los que sabemos que hay numerosas personas que sufren situaciones extremas de privación, malviviendo como pueden, luchando con dignidad por salir adelante en un mundo de opulencia y desigualdades descomunales que nos cuestan, incluso, concebir.

Por eso nuestros políticos tratan de ignorarlos y evitarlos, salvo en campañas electorales en las que siempre añaden a su álbum de fotos alguna imagen con alguno de ellos, preferentemente niños, buscando que aparezcan, eso sí, dóciles y sonrientes, agradecidos de recibir las sobras para comer. Lo mencionaba con acierto el prestigioso periodista estadounidense David Rieff en su reconocido libro “Una cama por una noche: el humanitarismo en crisis”, al explicar que a quienes más les gusta fotografiarse con niños son a los dictadores, a los políticos y a los que reparten ayuda.

Como nos asusta saber que cerca de nosotros hay pobres, tratamos de evitar nombrarlos, habiendo creado una colección maravillosa de eufemismos altamente tecnificados que nos evitan llamar a las cosas por su nombre y reconocer nuestro gigantesco fracaso. En lugar de hablar de personas que viven rebuscando en la basura, de recoger las sobras de comida, que están desesperados y sin horizonte, o que les condenamos a malvivir en los márgenes de la sociedad, preferimos hablar de “personas de difícil empleabilidad”, de “colectivos en riesgo de exclusión social”, de “sectores vulnerables”, de grupos con “falta de competitividad” o de “escaso capital relacional”. Todo menos poner rostro, nombres y conocer el sufrimiento que hay detrás de cada una de esas personas.

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Pobreza que duele

Decía Italo Calvino que las ciudades son un conjunto de muchas cosas, de memorias, deseos, signos de un lenguaje, lugares de intercambio que no son solo bienes o mercancías, sino también palabras, ilusiones y recuerdos. Pero las ciudades también acogen personas y objetos que convertimos en invisibles por la fuerza de nuestra indiferencia. Un ejemplo lo constituyen las personas que duermen en nuestras calles, en parques y jardines, en los zaguanes de comercios o dentro de los cajeros automáticos, lo que representa una gigantesca paradoja: quienes carecen hasta de un techo donde guarecerse duermen dentro de las entidades financieras que acumulan gigantescos recursos, a los pies de las máquinas automáticas expendedoras de dinero. Todo un sarcasmo.

Llegar a invisibilizar a todas esas personas que deambulan por las calles, arrastrando bolsas y carros con sus pertenencias, representa un ejercicio de impostura moral considerable. Es como cuando nos acostumbrarnos a no mirar la luz del Sol que está en el cielo cada mañana para no dañarnos por la intensidad de sus destellos. De la misma forma, preferimos no dirigir nuestra mirada hacia los sintecho, mendigos y transeúntes con los que nos cruzamos para no tener que asumir el gigantesco dolor y sufrimiento que cada una de estas personas encarnan, para no comprender el enorme fracaso social que supone que vivan en la calle ante la pasividad de instituciones y responsables públicos.

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Nuevas pobrezas y desigualdades

Son tantos los frentes abiertos por esta pandemia y tantos los daños en la salud y la vidade las personas que tardaremos en tomar conciencia de la devastación completa causada por el maldito covid-19. Y aunque gobiernos e instituciones se están volcando en frenar su impacto, desplegando medidas nunca antes vistas, a estas alturas sabemos que la sociedad va a sufrir heridas muy profundas que tardarán en curar. Los altos índices de pobreza y una desigualdad insoportable de los que muchos veníamos hablando desde hace años tienen también mucho que ver con el impacto del coronavirus, dando paso a nuevas pobrezas y desigualdades, mucho más amplias, extensas y profundas que van a plantear desafíos gigantescos en el futuro.

Los años de dura crisis que se vivieron en España durante la década de Gran Recesión dañaron de una manera especial a la población más vulnerable, haciendo más intensa y extensa la pobreza. Con datos del INE, si en 2008 el 24% de los habitantes tenían alto riesgo de pobreza y exclusión social (tasa AROPE armonizada a nivel europeo), en 2018 esta cifra había subido hasta el 26,1%, aumentando así en 1,2 millones el ejército de personas que, con nombres y apellidos, cargas familiares y proyectos de vida tienen que dedicar su tiempo a sobrevivir. Es lo que en términos técnicos se denomina privación material severa. Y así avanzaba la sociedad española antes de que estallara esta endiablada pandemia, con su formidable capacidad de generar daño. Me temo que esa frase prefabricada, tan vacía como repetida actualmente, que dice ”no dejar a nadie atrás” no es posible cuando hay personas que nacen, viven y permanecen en la cuneta a lo largo de toda su existencia.

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El éxito de Kerala

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Mientras algunos de los países occidentales más poderosos sufren el fracaso de sus estrategias de contención frente a la pandemia del covid-19, que está causando estragos entre la población más vulnerable de un buen número de países empobrecidos, el pequeño estado de Kerala, en la India, ha tenido un llamativo éxito al abordar la enfermedad que ha centrado la atención de especialistas de todo el mundo. Hasta el punto de hablarse del modelo Kerala como un buen ejemplo en la respuesta satisfactoria a una pandemia por parte de la sanidad pública. Sin embargo, el caso de Kerala tiene particularidades que acentúan, toda vía más si cabe, el buen hacer incuestionable en la gestión de la pandemia hasta la fecha.

Con una población cercana a los 35 millones de personas, Kerala es uno de los estados más pequeños del gigantesco país que es la India, con 1.400 millones dehabitantes en 28 estados distintos. La pujanza de su crecimiento económico, junto a los avances en su desarrollo industrial y tecnológico han permitido que esta nación sea la decimosegunda economía mundial, si bien, India concentra una de las mayores bolsas de pobreza extrema de todo el mundo, con altos niveles de malnutrición y analfabetismo,junto a tasas de enfermedad muy elevadas. En ello tienen mucho que ver la persistencia del sistema de castas y el mantenimiento de desigualdades atroces, además de unosservicios públicos tan débiles como precarios en dispositivos esenciales.

Sin embargo, el estado de Kerala es la excepción. La región cuenta con la mayor tasa de alfabetización de la India, que llega hasta el 94%, teniendo la mayor esperanzade vida del país, así como las tasas más bajas de mortalidad infantil y pobreza, junto alos niveles de cobertura educativa y sanitaria más elevados de la India. Hasta el punto que las expectativas de vida para la población de este estado son mayores que las de la población afroamericana en los Estados Unidos, contando con tasas de alfabetización en mujeres más altas de las que se dan en toda China. Y en este escenario destacan tres elementos singulares que explican el avance en sus altos niveles de desarrollo humano y sus buenos indicadores sociales.

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Los ladridos de la concejala de Servicios Sociales de Alicante

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Cualquiera que haya tenido un perro sabe, de sobra, lo buenos que son. Leales, entregados, cariñosos, siempre pendientes de las personas con las que conviven, agradecidos con los juegos y caricias que les damos. Ojalá muchas personas fueran capaces de desarrollar muchas de las cualidades que tienen los perretes. Además, convivir y disfrutar de la compañía de un perro lleva a una comunión muy particular con ellos, saben cual es tu estado de ánimo, mientras se aprende a conocer el significado de sus gruñidos y ladridos. Hay ladridos de alegría, para llamar la atención, de protección.

Afortunadamente, hemos avanzado tanto en el respeto y el amor a los animales que, aunque dolorosos, son minoritarios quienes los maltratan o utilizan de manera vejatoria. Malas personas con muy malas entrañas, sin duda. Por eso, resulta sorprendente que toda una concejala de Acción Social y Familia, Educación y Sanidad de una capital como Alicante, Julia María Llopis, del PP, insulte a las personas, organizaciones y colectivos vecinales que están trabajando en el reparto de comida en la Zona Norte de la ciudad para las miles de personas sacudidas por la crisis del coronavirus. A esos ciudadanos, que merecen un homenaje público, la edil les acusa de ladrar.

Es verdad que en esta ciudad hemos visto de todo en su Ayuntamiento, pero asistir al espectáculo de una concejala de políticas sociales y educación, que insulta, descalifica y menosprecia a las decenas de personas que se han tenido que arremangar para dar de comer a las familias abandonadas por el gobierno municipal, que de un día para otro han perdido incluso los recursos para poder alimentarse, resulta lamentable, despreciable y verdaderamente indigno.

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La enfermedad de la pobreza

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La visita a España durante dos semanas del relator especial de las Naciones Unidas sobre la extrema pobreza y los derechos humanos, el australiano Philip Alston, ha situado en primer plano de la actualidad numerosos datos y análisis que este alto diplomático internacional ha obtenido, tras su visita a diferentes ciudades, barrios y poblados marginales, entrevistándose con autoridades, responsables públicos, investigadores, activistas sociales y, por supuesto, escuchando a numerosas personas que viven diferentes situaciones de privación. Forma parte del trabajo de estos enviados especiales, quienes tienen que visitar sobre el terreno los países que analizan, entrevistándose con todas las partes objeto de su estudio para que éste sea riguroso.

Aunque el informe final será presentado oficialmente en junio ante el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, en Ginebra, se ha conocido un primer avance, conteniendo un balance tan desgarrador como preocupante sobre el impacto, las consecuencias y los efectos de la pobreza en nuestro país. En realidad, por alarmantes que sean las conclusiones obtenidas por el enviado de las Naciones Unidas, lo único que ha hecho es certificar de primera mano lo que desde hace años desde muchos otros ámbitos, investigadores, activistas y organizaciones especializadas venimos señalando sin éxito: la pobreza y la desigualdad en España han alcanzado niveles intolerables quenos dañan como sociedad y erosionan profundamente nuestras posibilidades como país. Pero por encima de todo, generan un enorme sufrimiento en quienes las padecen, limitando sus posibilidades y afectando de manera determinante a su vida.

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Las colas del hambre

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Un año más, a lo largo de estos días se está llevando a cabo una gran operación en toda España para la recogida de alimentos promovida por la Fesbal (Federación Española de Bancos de Alimentos), que para esta edición se ha propuesto superar los 450.000 kilos obtenidos el pasado año. Como bien señala el obispo emérito de Brasil, PedroCasaldáliga, el hambre no espera y lo primero que hay que hacer con el que tiene hambre es darle de comer. Después vendrá todo eso de la caña, pero sobre todo explicarle que el río es suyo.

Pocas cosas hay en la vida tan importantes como la alimentación, hasta el punto que nuestra vida y evolución han dependido de la capacidad para disponer de comida suficiente para nosotros y los nuestros, allí donde nos encontremos. Sin embargo, a pesar de los formidables avances en la producción de alimentos, el hambre ha estado siempre presente en la historia de la humanidad, hasta llegar a cuantificar con pasmosa normalidad el número de personas que la sufren, como cuando contamos el número de poseedores de teléfonos móviles o de automóviles.

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Dolor de ONG

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En los últimos días, estamos asistiendo a una cascada de informaciones relacionadas con abusos protagonizados por trabajadores de ONG internacionales que han causado estupor e indignación a buena parte de la sociedad mundial.

En primer lugar, tras una amplia investigación llevada a cabo por el diario The Times, se conoció que directivos y personal de Oxfam Gran Bretaña habían cometido abusos y explotación sexual contra mujeres durante su trabajo en Haití, país en el que esta organización trabajaba tras el devastador terremoto de 2010 que causó más de 225.000 muertos y 1.500.000 de damnificados. Los hechos se remontan al año 2011 y fueron conocidos por diferentes responsables de la organización en todo el mundo. En ellos intervino directamente el jefe de Oxfam en Haití, Roland van Hauwermeiren, quien ya había sido despedido en el año 2004 de la ONG Merlín (integrada posteriormente en Save the Children) al cometer prácticas similares en Liberia.

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