Anatomía política de una desigualdad sin futuro

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Si el crecimiento económico es la respuesta, hace tiempo entonces que la pregunta está mal formulada. Porque cuanto más insisten en decirnos que nuestra economía crece y la recuperación económica es un hecho, más cuenta nos damos de la cantidad de personas que se están quedando en la cuneta en este país.

Naturalmente que debemos alegrarnos de que la actividad económica recupere su vitalidad, pero de nada servirá un crecimiento sin redistribución, sin taponar la gigantesca brecha que la Gran Recesión ha abierto en una España que arrastraba importantes niveles de pobreza y desigualdad que la crisis ha arrojado al océano de la indiferencia. Porque para este Gobierno, los damnificados por la crisis ya no importan si nuestra economía crece.

Pero por mucho que nuestros gobernantes se empeñen en maquillar cifras, en utilizar de manera interesada las estadísticas o en ocultar aquellos indicadores desfavorables, el retrato que ofrece España en estos momentos no puede ocultar los altos niveles de pobreza y desigualdad alcanzados, que son de los mayores de la UE-28, una pobreza sin apellidos, porque todas las pobrezas son preocupantes.

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La era de la desigualdad

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El fenómeno de la desigualdad ocupa un espacio cada vez mayor en los discursos políticos, en los trabajos académicos y en las preocupaciones de numerosas instituciones nacionales e internacionales. El magnífico libro del economista francés Thomás Piketty tuvo la capacidad de poner el foco en un tema que no había merecido hasta entonces la atención requerida, sumando al estudio de la desigualdad, además de a sociólogos y economistas, a psicólogos, politólogos, filósofos, geógrafos, arqueólogos e incluso físicos, que con distintas perspectivas están desvelando la importancia de las causas, consecuencias y alcance de uno de los fenómenos contemporáneos más importantes. De hecho, en estos momentos en el buscador académico Scholar Google se pueden encontrar más de 3.100.000 referencias internacionales en inglés sobre desigualdad, junto a otras 421.000 en español.

Pero a medida que el concepto de desigualdad se generaliza entre responsables políticos, institucionales y de organizaciones sociales, la retórica hueca y las imprecisiones, cuando no las confusiones, aparecen mezcladas, alimentando con ello una peligrosa demagogia populista que poco ayuda a intervenir sobre un problema tan complejo. Con frecuencia, muchos no tienen claro el significado e impacto de la desigualdad, mezclando la desigualdad económica, de renta o patrimonial. Además, se habla de pobreza y desigualdad como si fueran conceptos idénticos, cuando hay países ricos con sociedades profundamente desiguales, como sucede en Estados Unidos, por ejemplo, exigiendo estrategias diferenciadas de intervención en cada caso. De hecho, escuchamos con cierta frecuencia a personas que utilizan, como si fueran conceptos idénticos, procesos nítidamente distintos como son la desigualdad, la pobreza, la injusticia, la iniquidad, la discriminación, la redistribución, la exclusión o la vulnerabilidad.

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Emergencia social

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En pocas cosas hay tanta unanimidad, entre los partidos políticos que aspiran a formar nuevo gobierno, como en la necesidad de poner en marcha un ambicioso plan de emergencia social. Indicadores estadísticos europeos y nacionales coinciden en destacar una y otra vez los elevados niveles de pobreza, desigualdad y exclusión social que se han alcanzado en España, colocándonos en los primeros puestos entre los países de la UE, abriendo así una brecha social que no para de avanzar y cuyos efectos tardarán años en desaparecer. El problema es que el tiempo que se necesita para generar cambios económicos y sociales de envergadura que transformen esta situación no coincide con las necesidades vitales y personales más urgentes de miles de familias, que no pueden esperar más para que se solucionen auténticos dramas humanos contemporáneos de proporciones devastadores para quienes lo sufren. De ahí la importancia de comprender correctamente la situación de emergencia social en la que nos encontramos y realizar así un adecuado diagnóstico.

Artículo publicado en el diario Información de Alicante, el domingo 7 de febrero de 2016 (Pinchar aquí para ver enlace original)

​Muchos de los síntomas de ese devastador proceso vivido son bien conocidos, en forma de destrucción de puestos de trabajo y desempleo masivo, con la expulsión de amplios sectores de jóvenes y profesionales al extranjero, mientras numerosas familias sin recursos han perdido su casa con los cerca de medio millón de desahucios ejecutados desde el inicio de la crisis, al tiempo que cada vez más personas no pueden pagar incluso sus tratamientos médicos y satisfacer sus necesidades más básicas, hasta el punto de tener que recurrir a comedores sociales y bancos de alimentos en proporciones nunca antes vistas desde la posguerra, con miles de niños en situación de pobreza y vulnerabilidad ante la imposibilidad de sus padres hasta de poder pagar los comedores escolares, con hogares incapaces de hacer frente a los recibos de consumos básicos de agua, electricidad o gas.

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Al borde del camino

Al borde del camino

Convertir la política en delirio nunca ha traído nada bueno. El alejamiento de la realidad es una anomalía mental preocupante que puede degenerar en patologías en las que el sujeto construye un mundo falso e irreal al romperse la relación con las personas y la sociedad. Pero en política, el alejamiento de la realidad supone una aberración moral y un fraude democrático en la medida en que los dirigentes políticos que lo protagonizan se construyen un mundo paralelo a su medida, alejado y enfrentado a la ciudadanía para la que deberían trabajar.

La comparecencia del presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, en el Palacio de la Moncloa el pasado lunes, para hacer balance de la legislatura, tras la aprobación por el Consejo de Ministros del decreto de convocatoria de elecciones para el 20 de diciembre, representó un magnífico ejemplo de hasta qué punto un responsable político puede estar alejado de la realidad y vivir fuera de ella sin sentir la menor vergüenza. Acostumbrados como estamos a las falsedades, medias verdades y mentiras deliberadas que Rajoy y su Gobierno han venido prodigando en estos cuatro durísimos años, su balance de legislatura representó un panfleto electoral que transitaba entre el sadismo político y el desprecio social hacia una ciudadanía exhausta por una desigualdad abismal, una precariedad extrema, una pobreza creciente, un hundimiento de los salarios, un recorte en los servicios públicos y en los derechos, junto a un encarecimiento de precios y servicios básicos. A todas esas personas para las que no existe futuro sino únicamente un presente cada vez más incierto en el que sobrevivir, el discurso autoelogioso, rimbombante y quimérico que pronunció Rajoy para cerrar sus cuatro años de mandato solo contribuye a alejarlos de la política y aumentar su enfado por tener que seguir soportando el desprecio de un Gobierno que les ha maltratado una y otra vez a lo largo de toda su legislatura.

Que el presidente del Gobierno de un país como España llegue a afirmar en su Palacio Presidencial que “se ha superado la peor crisis sin que nadie se quedara al borde del camino” constituye un auténtico testamento político para un partido y un presidente que no han dejado de tratar con desprecio, arrogancia y desdén a los sectores más empobrecidos y humildes de la sociedad. No hay duda de que esos caminos por los que pasea Rajoy, llenos de guardaespaldas y asesores que no paran de halagarle, recorridos desde su coche oficial blindado y en los que hasta se recomienda no tender ropa a su paso, como se hizo durante su reciente visita a Finestrat, nada tienen que ver con los caminos que transitamos el resto de los ciudadanos.

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