La era de la desigualdad

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El fenómeno de la desigualdad ocupa un espacio cada vez mayor en los discursos políticos, en los trabajos académicos y en las preocupaciones de numerosas instituciones nacionales e internacionales. El magnífico libro del economista francés Thomás Piketty tuvo la capacidad de poner el foco en un tema que no había merecido hasta entonces la atención requerida, sumando al estudio de la desigualdad, además de a sociólogos y economistas, a psicólogos, politólogos, filósofos, geógrafos, arqueólogos e incluso físicos, que con distintas perspectivas están desvelando la importancia de las causas, consecuencias y alcance de uno de los fenómenos contemporáneos más importantes. De hecho, en estos momentos en el buscador académico Scholar Google se pueden encontrar más de 3.100.000 referencias internacionales en inglés sobre desigualdad, junto a otras 421.000 en español.

Pero a medida que el concepto de desigualdad se generaliza entre responsables políticos, institucionales y de organizaciones sociales, la retórica hueca y las imprecisiones, cuando no las confusiones, aparecen mezcladas, alimentando con ello una peligrosa demagogia populista que poco ayuda a intervenir sobre un problema tan complejo. Con frecuencia, muchos no tienen claro el significado e impacto de la desigualdad, mezclando la desigualdad económica, de renta o patrimonial. Además, se habla de pobreza y desigualdad como si fueran conceptos idénticos, cuando hay países ricos con sociedades profundamente desiguales, como sucede en Estados Unidos, por ejemplo, exigiendo estrategias diferenciadas de intervención en cada caso. De hecho, escuchamos con cierta frecuencia a personas que utilizan, como si fueran conceptos idénticos, procesos nítidamente distintos como son la desigualdad, la pobreza, la injusticia, la iniquidad, la discriminación, la redistribución, la exclusión o la vulnerabilidad.

Creo que junto a la satisfacción por haber colocado el problema de la desigualdad en el foco de las preocupaciones, tenemos también que avanzar en su mejor comprensión, desde una perspectiva multimodal y con el rigor analítico e investigador que merece.

La desigualdad en el reparto de los recursos económicos también se corresponde con desigualdad en la distribución y acceso al poder, siendo una característica estructural de un modelo social que evoluciona cíclicamente, algo que ha estudiado con intensidad en nuestro país el Colectivo IOÉ a partir de los datos del Barómetro Social de España. Así, la larga etapa de expansión económica previa a la Gran Recesión de 2008 amplió la brecha entre las rentas del capital y las rentas del trabajo, entre empresarios y trabajadores, sentando las bases de una sociedad cada vez más desigual. Posteriormente, el estallido de la crisis y sus devastadores efectos han tenido un impacto particularmente dañino sobre los trabajadores que en España contaban con salarios de los más bajos de Europa junto a condiciones laborales particularmente vulnerables. De hecho, entre 2008 y 2013 se produjo la destrucción de 3,4 millones de empleos, con una tasa de paro que con un 26% alcanzó un récord histórico en 2013, junto a la mayor bajada del salario en ese año desde que se tienen registros, al tiempo que se imponía una elevada temporalidad y precariedad laboral, particularmente en sectores muy sensibles al ciclo económico (como el turismo, la construcción, los servicios no cualificados y el comercio). Todo ello ha generado una bolsa muy importante de nuevos pobres, olvidados por un Estado que ha tenido que dedicar cada vez más recursos para hacer frente a los gastos de la deuda, a regenerar el agujero creado por cajas de ahorros y bancos, en medio de una importante reducción de ingresos fiscales y de gasto social.

El resultado es que España es el país de la OCDE donde más ha avanzado la desigualdad, pero también donde más se ha ampliado la pobreza, un coctel muy peligroso que todas las estadísticas, estudios y centros de investigación señalan unánimemente. Todo ello ha generado un país todavía más dual, apareciendo una nueva subclase social de pobres consumidos por la falta de futuro y el abandono, donde se cronifica la ausencia de oportunidades así como el reparto desigual de la riqueza y de oportunidades, interrumpiéndose ese ascensor social que tan importante ha sido en España, especialmente para los jóvenes de clases medias. La economista Loretta Napoleoni señala que no solo son más pobres que sus padres, sino también menos concienciados que ellos, acabando por conformarse simplemente con sobrevivir.

Por ello, ahora que tanto se habla de crecimiento económico, es importante abandonar la palabrería hueca y comenzar a poner sobre la mesa propuestas políticas urgentes y concretas para reducir la desigualdad, teniendo en cuenta el escenario fiscal regresivo que vivimos y que bien conocemos en esta comunidad. Hay que priorizar la lucha contra la pobreza en España, síntoma extremo de esa desigualdad, combinándola con políticas reales de empleo y de generación de ingresos, sin olvidar programas redistributivos y de carácter fiscal. Pero además, también hay que taponar la brecha corrosiva que todo ello ha abierto en el acceso a derechos básicos y en la equidad, algo que no es igualdad ni mucho menos, sino más justicia social y más democracia, imprescindibles para construir una mejor sociedad.

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