Perdón en lugar de felicitaciones

Circula estos días un chiste de esos que, además de sacarnos una sonrisa, sirve para explicar la realidad: “Mamá, ¿por qué hay tantos antivacunas? Porque sus mamás les vacunaron cuando eran pequeños, hijo, si no habría muchos menos”.

La verdad es que no estábamos preparados, unas navidades más, para otra nueva ola, la enésima, con su ritual de contagios, ingresos, temores, restricciones, cierres, limitaciones, declaraciones intempestivas, hospitales repletos, partes diarios de infecciones y defunciones, locuras enfermizas de los antivacunas junto a las delirantes teorías de la conspiración. Y todo ello, aderezado por quienes, con una sonrisa de hiena, un día exigen más y más dinero para la misma sanidad pública que no paran de desmantelar, mientras no renuevan los contratos de sus profesionales sanitarios y privatizan todo lo que se les pone por delante.

Si algo nos está demostrando esta pandemia es que nunca podemos confiarnos porque no hay nada seguro ni definitivo. Podríamos hablar de la pandemia de Sísifo: una y otra vez subiendo con esfuerzo la piedra hasta la cumbre y cuando creemos que por fin nos hemos librado de ella, la vemos rodar, impulsada por una cuadrilla variada de personas enloquecidas y oportunistas. Y es que una y otra vez, cuando ya pensamos que hemos avanzado en su derrota, volvemos a la casilla de salida, pero cada vez más fatigados, con menos fuerzas, sin acabar de ver el final a esta pesadilla que solo sirve para dar combustible a los antivacunas, a los terraplanistas, a los defensores de las teorías de la conspiración, a los pescadores en río revuelto que buscan cualquier resquicio para generar odio, para crear alarma y sembrar el enfrentamiento.

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Otra nueva crisis de refugiados en el peor momento

En las últimas semanas, un buen número de los 705 diputados y sus asistentes que recorren el edificio del Parlamento europeo en la rue Wiertz, en Bruselas, comparten en los corrillos su preocupación por la situación en Afganistán y el temor a que estalle otra nueva crisis de refugiados en el peor momento posible para la UE. Sería mucho peor que cuando en 2015 se desató el mayor éxodo de refugiados hacia Europa desde la Segunda Guerra Mundial a través del Mediterráneo, en coincidencia con la guerra en Siria.

La pésima gestión que la UE y los países europeos han hecho a lo largo de estos años en su política migratoria y de asilo, el ascenso de las ideas de rechazo a los inmigrantes en el conjunto de Europa, los continuos desafíos autoritarios y contra las políticas de la Unión que especialmente desde Hungría y Polonia se vienen protagonizando, junto a la mala experiencia aportada por el carísimo acuerdo con Turquía para la gestión de los flujos de refugiados en sus fronteras han abierto importantes brechas en la política comunitaria que hacen imposible llegar a acuerdos básicos en estas materias.

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