La resurrección de la Guerra Fría

Se escucha con frecuencia la necesidad de conocer nuestra historia para no repetirla, pero habitualmente desconocemos esa misma historia a la que apelamos y que en no pocas ocasiones nos empeñamos en volver a transitar. La invasión rusa de Ucrania y la posterior guerra que allí se ha desencadenado vuelven a poner encima de la mesa demasiados episodios históricos que creíamos ya superados, exigiendo cautela en los análisis y decisiones.

Son cada vez más las voces que alertan de que estamos reviviendo el inicio de una nueva Guerra Fría, más de siete décadas después de que diera comienzo formalmente tras la Segunda Guerra Mundial, distinta en muchos de sus componentes, pero idéntica en cuanto a la confrontación global que abrió entre grandes bloques económicos políticos, militares e ideológicos.

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El telegrama largo de Kennan y la guerra de Rusia contra Ucrania

La guerra de Rusia contra Ucrania ha llevado a revisar un buen número de sucesos y teorías para tratar de comprender mejor la estrategia destructiva de Vladimir Putin.

En coincidencia con el inicio de la invasión de Rusia a Ucrania, el pasado mes de febrero, se cumplían 76 años de un momento histórico en las relaciones entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, en el inicio de la llamada Guerra Fría, que fue fundamental para entender las decisiones que explicaban la política exterior soviética, sirviendo para construir la política norteamericana en las siguientes décadas. Además, fue un momento tan importante en las relaciones internacionales que se estudia en universidades y centros de pensamiento de todo el mundo, con el nombre de “el telegrama largo de Kennan”.

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Perdón en lugar de felicitaciones

Circula estos días un chiste de esos que, además de sacarnos una sonrisa, sirve para explicar la realidad: “Mamá, ¿por qué hay tantos antivacunas? Porque sus mamás les vacunaron cuando eran pequeños, hijo, si no habría muchos menos”.

La verdad es que no estábamos preparados, unas navidades más, para otra nueva ola, la enésima, con su ritual de contagios, ingresos, temores, restricciones, cierres, limitaciones, declaraciones intempestivas, hospitales repletos, partes diarios de infecciones y defunciones, locuras enfermizas de los antivacunas junto a las delirantes teorías de la conspiración. Y todo ello, aderezado por quienes, con una sonrisa de hiena, un día exigen más y más dinero para la misma sanidad pública que no paran de desmantelar, mientras no renuevan los contratos de sus profesionales sanitarios y privatizan todo lo que se les pone por delante.

Si algo nos está demostrando esta pandemia es que nunca podemos confiarnos porque no hay nada seguro ni definitivo. Podríamos hablar de la pandemia de Sísifo: una y otra vez subiendo con esfuerzo la piedra hasta la cumbre y cuando creemos que por fin nos hemos librado de ella, la vemos rodar, impulsada por una cuadrilla variada de personas enloquecidas y oportunistas. Y es que una y otra vez, cuando ya pensamos que hemos avanzado en su derrota, volvemos a la casilla de salida, pero cada vez más fatigados, con menos fuerzas, sin acabar de ver el final a esta pesadilla que solo sirve para dar combustible a los antivacunas, a los terraplanistas, a los defensores de las teorías de la conspiración, a los pescadores en río revuelto que buscan cualquier resquicio para generar odio, para crear alarma y sembrar el enfrentamiento.

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Otra nueva crisis de refugiados en el peor momento

En las últimas semanas, un buen número de los 705 diputados y sus asistentes que recorren el edificio del Parlamento europeo en la rue Wiertz, en Bruselas, comparten en los corrillos su preocupación por la situación en Afganistán y el temor a que estalle otra nueva crisis de refugiados en el peor momento posible para la UE. Sería mucho peor que cuando en 2015 se desató el mayor éxodo de refugiados hacia Europa desde la Segunda Guerra Mundial a través del Mediterráneo, en coincidencia con la guerra en Siria.

La pésima gestión que la UE y los países europeos han hecho a lo largo de estos años en su política migratoria y de asilo, el ascenso de las ideas de rechazo a los inmigrantes en el conjunto de Europa, los continuos desafíos autoritarios y contra las políticas de la Unión que especialmente desde Hungría y Polonia se vienen protagonizando, junto a la mala experiencia aportada por el carísimo acuerdo con Turquía para la gestión de los flujos de refugiados en sus fronteras han abierto importantes brechas en la política comunitaria que hacen imposible llegar a acuerdos básicos en estas materias.

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