Perdón en lugar de felicitaciones

Circula estos días un chiste de esos que, además de sacarnos una sonrisa, sirve para explicar la realidad: “Mamá, ¿por qué hay tantos antivacunas? Porque sus mamás les vacunaron cuando eran pequeños, hijo, si no habría muchos menos”.

La verdad es que no estábamos preparados, unas navidades más, para otra nueva ola, la enésima, con su ritual de contagios, ingresos, temores, restricciones, cierres, limitaciones, declaraciones intempestivas, hospitales repletos, partes diarios de infecciones y defunciones, locuras enfermizas de los antivacunas junto a las delirantes teorías de la conspiración. Y todo ello, aderezado por quienes, con una sonrisa de hiena, un día exigen más y más dinero para la misma sanidad pública que no paran de desmantelar, mientras no renuevan los contratos de sus profesionales sanitarios y privatizan todo lo que se les pone por delante.

Si algo nos está demostrando esta pandemia es que nunca podemos confiarnos porque no hay nada seguro ni definitivo. Podríamos hablar de la pandemia de Sísifo: una y otra vez subiendo con esfuerzo la piedra hasta la cumbre y cuando creemos que por fin nos hemos librado de ella, la vemos rodar, impulsada por una cuadrilla variada de personas enloquecidas y oportunistas. Y es que una y otra vez, cuando ya pensamos que hemos avanzado en su derrota, volvemos a la casilla de salida, pero cada vez más fatigados, con menos fuerzas, sin acabar de ver el final a esta pesadilla que solo sirve para dar combustible a los antivacunas, a los terraplanistas, a los defensores de las teorías de la conspiración, a los pescadores en río revuelto que buscan cualquier resquicio para generar odio, para crear alarma y sembrar el enfrentamiento.

Nadie sabe a estas alturas si acabaremos con el virus o podremos avanzar hacia una inmunización global, pero lo que sí vemos con claridad es que ese gazpacho de osada ignorancia que llamamos negacionismo está cada vez más envalentonado y desafiante. Aunque bien es cierto que ello no es la causa sino la consecuencia. La causa se llama estupidez. Hasta el punto de que pareciera que esta pandemia esté aflorando a los intelectodeprimidos, ignorantes osados que ahora encuentran su caldo de cultivo para desplegar sus delirantes teorías, que igual ponen en duda que la Tierra sea redonda, que defienden que desde aviones se están lanzando los virus que nos contagian, sin despeinarse y con la cobertura vergonzante de algunos medios.

Las mismas personas que tienen cuentas en infinidad de redes sociales a las que han cedido sus datos más personales e íntimos defienden sin inmutarse que las vacunas están diseñadas para controlar nuestras vidas. Los mismos que no paran de comer alimentos con todo tipo de hormonas de crecimiento, aditivos, colorantes y conservantes químicos peligrosos sostienen que las vacunas son mortales y se inyectan para experimentar sobre nosotros. Quienes ahora han descubierto la palabra libertad, que no paran de pronunciar, pasan por encima de los derechos de los demás, de quienes cuidan su salud y procuran no colapsar los sistemas sanitarios con sus conductas egoístas, como hacen ellos. Todos estos oportunistas que no paran de montar espectáculos, protestan porque se les pida el certificado de vacunación para asistir a establecimientos en los que hay otras personas que sí han aceptado vacunarse y seguir unas normas básicas de convivencia que ellos han rechazado.

Parecen tiempos en los que se puede presumir de ser un cateto insolidario e ignorante, sin tener reparo en poner en riesgo a sociedades enteras por un egoísmo obsceno. Y ahí tenemos, sociedades modernas colapsadas por la obstinación de quienes anteponen su narcisismo a la salud y a la vida de los demás, hospitales y UCI repletas de antivacunas que salvan sus vidas gracias a la dedicación y el esfuerzo de los mismos profesionales sanitarios y la misma sanidad a la que han despreciado y desprestigiado.

No se me escapa que las navidades son tiempos de felicitaciones y buenos deseos, de lugares comunes envueltos de hogareña bondad. Pero estas fiestas tenemos un cierto sentimiento colectivo de derrota. Hemos rebajado tanto nuestros deseos y anhelos que nos sentimos contentos por mantenernos a salvo y comprobar que tanta barbaridad como contemplamos a nuestro alrededor no nos contagia.

Y más que deseos de felicidad, en estas navidades me surgen ganas de pedir perdón. Perdón a todos esos profesionales sanitarios que llevan luchando muy por encima de sus vocaciones y sueldos por salvar la vida de tantos, sin discriminar a quienes con sus actitudes irresponsables o negacionistas han puesto en peligro a otros o han colocado al sistema sanitario al límite. Perdón a todas esas personas que madrugan por la mañana para conseguir un sueldo cada vez más escaso con el que sobrevivir y sacar adelante a sus hijos, mientras no paran de escuchar discursos de odio y de maldad de quienes deberían de trabajar por su bienestar. Perdón a todas esas personas que tienen que luchar contra el estigma de la pobreza y la exclusión cada día, mientras no dejan de soportar el rechazo de políticos por su simple condición de ser unos desdichados. Perdón a todos los que no me caben en estas páginas.

Esperemos poder mantener la frescura, la buena salud, la rebeldía, la inquietud, la compasión, la cercanía, la solidaridad, el cariño y nuestro valor moral de indignación ante las barbaridades y atrocidades. Lo demás, confiemos que venga solo.

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