La indignidad de negar el cambio climático

Mientras los incendios avanzan, las temperaturas alcanzan un año más máximos históricos y el agua del mar se vuelve puro caldo, surge a nuestro alrededor un nuevo negacionismo, que se suma a otros muchos que llevan tiempo poniendo en cuestión cualquier decisión basándose en puros disparates de barra de bar. En este caso, durante el verano ha irrumpido con fuerza negar cualquier atisbo de calentamiento climático, algo que está siendo utilizado sin ningún sonrojo por sectores de una derecha rancia, casposa y ultramontana que piensa que todo vale como munición partidista a la hora de atacar a sus enemigos políticos, aunque alimenten las llamas de la ignorancia y esparzan venenosas semillas de discordia.

Así lo afirmó el consejero de Presidencia, Justicia e Interior de la Comunidad de Madrid del PP, Enrique López, al declarar: “decir de forma frívola que el cambio climático mata no es propio de alguien que se digne a ser presidente del Gobierno en España”, en respuesta a unas declaraciones efectuadas por el presidente del Ejecutivo central, Pedro Sánchez, en su visita a una de las zonas afectadas este verano por destructores incendios forestales, en Casas de Miravete, Extremadura. Claro que tampoco nos puede extrañar, cuando los responsables políticos de la Comunidad de Madrid han eliminado el concepto de “crisis climática” de sus programas educativos.

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Creadores de malestar

Hace veinte años que el premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz publicó un libro premonitorio, “El malestar en la globalización”, en el que exploraba la creciente ola de descontento que se extendía por buena parte del mundo de la mano de unas reglas económicas profundamente injustas que alimentaban pobreza, desigualdad y una amplia insatisfacción.

Hoy en día, el malestar creciente parece haberse convertido en un elemento universal que sacude transversalmente a todas las sociedades. Son tantos los países en los que hay movilizaciones, conflictos, luchas, manifestaciones, huelgas y protestas de una forma u otra que pudiéramos pensar que este malestar global se ha convertido en la seña de identidad de nuestro tiempo, en una energía universal que une a todos los países y sociedades.

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Bajar impuestos

Una y otra vez, año tras año, al margen de cualquier racionalidad económica, con independencia de si atravesamos una crisis o salimos de ella, de si tenemos un mayor déficit fiscal o si necesitamos reforzar servicios públicos esenciales, la derecha plantea la rebaja de impuestos como receta universalmente válida, a pesar de que sus efectos no sean, ni mucho menos, los que predican. Efectivamente, la bajada de impuestos se ha convertido en el amuleto electoral que una y otra vez el Partido Popular agita cuando quiere llegar al Gobierno, aunque luego, cuando lo hace, olvida esa especie de barra libre fiscal que exigen de manera machacona.

¿Que entramos en una gigantesca recesión económica, como la que vivimos durante la pasada crisis financiera? Pues la derecha no para de pedir rebaja de impuestos. ¿Que conseguimos iniciar la recuperación económica? Pues a bajar impuestos también. ¿Que se desencadena una pandemia histórica, de consecuencias nunca vistas, que exige del Estado redoblar su sistema de protección y atención a los más afectados? Pues también hay que bajar impuestos, y con rapidez, aunque no paren de pedir más y más ayudas para sectores económicos y profesionales. ¿Que erupciona un volcán, sube la luz o hay huelga de camioneros? Pues nada mejor que bajar impuestos. Y por supuesto, si entramos en un escenario incierto de crisis energética, guerra a las puertas de Europa, encarecimiento de materias primas e interrupción en las cadenas globales de suministros, pues también se pide, si cabe con mayor insistencia, reducir y reducir más impuestos, como única respuesta a problemas globales de una extraordinaria complejidad.

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No ver a los pobres

Afirma el portavoz del gobierno de la Comunidad de Madrid y consejero de Educación del PP, Enrique Ossorio, que por más que mira a su alrededor no ve a ninguno de esos pobres que se dice que hay en las calles. Y lo explica, además, tratando de ridiculizar los datos de uno de los más prestigiosos centros de estudios sociales en España, la fundación Foessa, perteneciente a Cáritas, organización de la Iglesia católica, tras la presentación de su último informe, en el que esta institución llama la atención sobre el preocupante crecimiento de la pobreza durante la pandemia y la mayor concentración de riqueza en los más acaudalados.

Cuánta empatía con los más pobres demuestran estos políticos con sueldos elevados, coches de alta gama con chóferes y comidas pagadas por el erario público tratando de ridiculizar una de las investigaciones más prestigiosas y acreditadas que se vienen realizando sobre la situación social de España. Estoy seguro de no equivocarme al asegurar que este consejero de Educación del PP tan poco educado no ha leído en su vida uno solo de la infinidad de magníficos estudios realizados por Foessa, porque de haberlo hecho se daría cuenta de la insolente exhibición de ignorancia de la que ha hecho gala, además de su intolerable muestra de desprecio hacia los que más sufren.

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La bestia que devora al PP

Hay que reconocer el esfuerzo del Partido Popular por sumarse, de manera tan singular, a los actos de conmemoración del centenario del nacimiento del director de cine Luis García Berlanga, montando una de las películas más delirantes que se hayan visto nunca en la política de España. Su famosa La escopeta nacional se quedó en un juego de niños en comparación con el proceso de autodestrucción creativa emprendido por los diferentes clanes y familias del PP, que no han reparado en esfuerzos para demostrarnos lo mucho que les importan los sillones y sueldos, en medio de una gigantesca pandemia.

Algunos políticos populares, incluso, han descubierto ahora que lo más importante son sus ciudades y territorios, mientras no paran de soltar lastre para alejarse de esos dirigentes, a los que adulaban y alababan hasta hace poco como si fueran santos canonizados, pero de los que ahora reniegan como si de la peste se tratara. No es casual que, en las redes sociales, una de las palabras de moda en estos días haya sido Judas, junto a otras como traición, perfidia, deslealtad, ingratitud, intriga, apuñalamiento o complot.

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Política de maleducados

Las lamentables declaraciones realizadas por el alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, sobre la escritora Almudena Grandes, en relación con su nombramiento como hija predilecta de Madrid, los términos despectivos que utilizó para referirse a una persona recientemente fallecida, junto al cuestionamiento del indudable prestigio y proyección de esta novelista han generado tanto rechazo como enfado.

Todo un alcalde de la capital de España, portavoz nacional del Partido Popular y uno de los máximos dirigentes de una derecha que defiende dejar en paz a los muertos, con la tumba todavía caliente de la escritora, explica de manera desvergonzada que la aceptación de la propuesta realizada por tres concejales de izquierdas para dar a esta escritora ese reconocimiento era, simple y llanamente, una treta para poder tener aprobados unos presupuestos que sus socios de Vox no apoyaban, porque, en opinión de este dirigente del PP, esta gran escritora no es merecedora de este reconocimiento. No le bastaba con dejar constancia de su falta de respeto institucional al no expresar unas condolencias como alcalde de todos los madrileños, ni siquiera un simple y frío mensaje en esas redes sociales que llenan de felicitaciones a los suyos y reproches a los que no son los suyos, ni tampoco les importó no asistir al funeral ni al entierro de una literata tan querida como valorada. Por si fuera poco, se atrevió a poner en duda que una madrileña de Chamberí que a lo largo de toda su vida ha reivindicado Madrid por los cuatro costados, fuera merecedora de este reconocimiento, denominándola con especial desprecio como “personaje”.

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Perdón en lugar de felicitaciones

Circula estos días un chiste de esos que, además de sacarnos una sonrisa, sirve para explicar la realidad: “Mamá, ¿por qué hay tantos antivacunas? Porque sus mamás les vacunaron cuando eran pequeños, hijo, si no habría muchos menos”.

La verdad es que no estábamos preparados, unas navidades más, para otra nueva ola, la enésima, con su ritual de contagios, ingresos, temores, restricciones, cierres, limitaciones, declaraciones intempestivas, hospitales repletos, partes diarios de infecciones y defunciones, locuras enfermizas de los antivacunas junto a las delirantes teorías de la conspiración. Y todo ello, aderezado por quienes, con una sonrisa de hiena, un día exigen más y más dinero para la misma sanidad pública que no paran de desmantelar, mientras no renuevan los contratos de sus profesionales sanitarios y privatizan todo lo que se les pone por delante.

Si algo nos está demostrando esta pandemia es que nunca podemos confiarnos porque no hay nada seguro ni definitivo. Podríamos hablar de la pandemia de Sísifo: una y otra vez subiendo con esfuerzo la piedra hasta la cumbre y cuando creemos que por fin nos hemos librado de ella, la vemos rodar, impulsada por una cuadrilla variada de personas enloquecidas y oportunistas. Y es que una y otra vez, cuando ya pensamos que hemos avanzado en su derrota, volvemos a la casilla de salida, pero cada vez más fatigados, con menos fuerzas, sin acabar de ver el final a esta pesadilla que solo sirve para dar combustible a los antivacunas, a los terraplanistas, a los defensores de las teorías de la conspiración, a los pescadores en río revuelto que buscan cualquier resquicio para generar odio, para crear alarma y sembrar el enfrentamiento.

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Entre el miedo y la incertidumbre

Hace pocos días, un compañero de la universidad me confesaba que no sabía si jubilarse porque veía muchas incertidumbres sobre el futuro. Y daba en el clavo, porque a la hora de tomar decisiones, de gestionar nuestra vida, la incertidumbre ante el mañana, el miedo a lo que pueda suceder y el temor a lo imprevisto son emociones fundamentales que explican, en buena medida, nuestras decisiones y comportamientos, pero también nuestros miedos y zozobras, que no son pocos. Y es que un porcentaje muy alto de la población mundial vive soportando riesgos inminentes cada vez mayores, ante los cuales no hay respuestas.

Efectivamente, la ansiedad y la angustia ante las dificultades para gestionar lo que pueda suceder por la falta de certezas sobre el futuro llenan las consultas de psicólogos, en mayor medida en tiempos como los actuales, en los que solo tenemos como seguridad un presente repleto de preocupaciones. Así el mañana, el futuro, nos aparece como algo borroso, repleto de variables cada vez más incomprensibles, que se escapan de nuestro alcance y a veces hasta de nuestra comprensión, pero que se multiplican de manera exponencial.

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Extractivismo eléctrico castizo

Cuando en el año 2012 se formuló la famosa “teoría de las élites extractivas”, que se convirtió rápidamente en una de las hipótesis académicas de moda para explicar el fracaso de los países, nunca imaginarían sus autores que diez años después sus tesis tomarían cuerpo en la España democrática del siglo XXI, de la mano de una oligarquía económica que lucha, con uñas y dientes, por mantener sus privilegios franquistas en las compañías eléctricas. Aunque bien es cierto que aquí, esa definición sobre este sector debería llamarse “extractivismo eléctrico castizo”, para darle mayor precisión conceptual y también para definir algunos rasgos de la chulería macarra con los que actúa.

            Daron Acemoglu, profesor de Economía en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y James A. Robinson, profesor también de Economía en la Universidad de Harvard, trataron de conocer las razones por las que unos países prosperan y otros no lo hacen, a pesar de tener condiciones similares. Para ello, analizaron a conciencia variables de distinta naturaleza que iban más allá de las habituales, llegando a la conclusión de que son el buen funcionamiento de las instituciones y la naturaleza de sus élites las que hacen prosperar las naciones. Según estos investigadores, cuando las élites de un estado se dedican a la pura acumulación de capital, por encima del bien común, mediante la extracción de recursos a los ciudadanos, los países fracasan sometidos por instituciones modeladas al servicio de grupos minoritarios que buscan mantener sus privilegios.

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Meterse en charcos

Nunca dejan de sorprenderme todas esas personas que parecen disfrutar metiéndose en líos, generando polémicas y alimentando conflictos de toda naturaleza. Es verdad que forma parte de estos tiempos agitados de redes sociales fáciles, repletas de inmundicia, donde triunfa el exabrupto y la barbaridad de personajillos carentes de méritos y trayectoria, que buscan su fama a base del insulto fácil, del acoso sistemático y el disparate sin límite. Y a algunos no parece haberles ido tan mal jugar en esta siniestra liga, a juzgar por casos como el de Toni Cantó, una de las personas más tóxicas que tiene la política en estos momentos y que más ha trabajado por degradarla y devaluarla, tratando de vivir de ella a cualquier precio, aunque sea convirtiéndose en el nuevo “Pecas” de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso.

Precisamente por ello, me resulta incomprensible que haya importantes responsables políticos que estén jugando a la provocación, como seña de identidad de su liderazgo, practicando una política de tierra quemada que tiene muchos costes y muy pocas ganancias. Es verdad que hay fuerzas políticas que han hecho de la generación sistemática de conflictos de toda naturaleza el eje de su presencia pública, como sucede con Vox, algo que comparten los partidos de ultraderecha. No es el consenso, el diálogo o la razón la fuerza que les mueve sino precisamente lo contrario, generar brechas en la sociedad para agrietar la convivencia y alimentar así conflictos de toda naturaleza.

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