Creadores de malestar

Hace veinte años que el premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz publicó un libro premonitorio, “El malestar en la globalización”, en el que exploraba la creciente ola de descontento que se extendía por buena parte del mundo de la mano de unas reglas económicas profundamente injustas que alimentaban pobreza, desigualdad y una amplia insatisfacción.

Hoy en día, el malestar creciente parece haberse convertido en un elemento universal que sacude transversalmente a todas las sociedades. Son tantos los países en los que hay movilizaciones, conflictos, luchas, manifestaciones, huelgas y protestas de una forma u otra que pudiéramos pensar que este malestar global se ha convertido en la seña de identidad de nuestro tiempo, en una energía universal que une a todos los países y sociedades.

Por si fuera poco, la pandemia mundial de SARS-CoV-2 que todavía atravesamos ha servido para alimentar enfrentamientos y polémicas de grueso calibre por especialistas de la confusión, que no han dudado desde el primer momento en generar inquietud y desasosiego: desde cuestionar que existiera realmente el Covid-19, hasta difundir teorías delirantes sobre la creación artificial del virus por parte de grandes magnates, de llegar a poner en duda la eficacia de las medidas sanitarias, a defender con vehemencia que en las vacunas había microchips. Y en todo ello, además de grupos, organizaciones y personajes de todo pelaje, se han movido como peces en el agua partidos y fuerzas ultraderechistas que no han parado de cuestionar decisiones políticas y alimentar campañas de desinformación con el fin de contribuir a que ese malestar social aumente.

Cuando pensábamos que estábamos consiguiendo amortiguar los efectos de la pandemia, la Guerra en Ucrania, las consecuencias de las sanciones aprobadas por la comunidad internacional con el avance de una inflación imparable, el encarecimiento de productos básicos, la escalada en los precios de la energía, junto al continuado aumento de la factura eléctrica han amplificado, todavía más, ese poso de descontento en una ciudadanía que se muestra exhausta, cansada y en cierto modo agotada. Hasta el punto de que, se mire donde se mire, se encuentra un profundo desasosiego, más o menos difuso, que ha cristalizado en protestas recientes de agricultores, ganaderos, transportistas, pescadores, a los que se suman otros muchos paros, manifestaciones y tractoradas por las causas más diversas y en los sectores más contrapuestos.

Junto a una frustración más que justificada para muchos, que tiene una traducción muy concreta en la escalada de precios y el elevado coste de la vida, surgen con fuerza los creadores de malestar, los que han visto la oportunidad para alimentar, de manera interesada, las llamas de esta insatisfacción en beneficio propio, echando toda la gasolina que pueden en la hoguera del descontento. Y es que hay partidos políticos que han hecho un cálculo matemático mediante el cual, a mayor malestar, más votos, cuanto más miedos y amenazas alimenten en la sociedad, mayores serán sus expectativas electorales, sin importar el daño que puedan causar o los destrozos que generen en la convivencia.

De tal manera que el enfado cotiza al alza en las directivas de algunos partidos, que han encontrado así la manera de ganar votos y avanzar en los sondeos electorales a base de aumentar el malestar de la gente. ¿Que se quieren aprobar ERTE y ayudas a empresarios y autónomos? Votemos en contra para que estas prestaciones no lleguen. ¿Que se propone un Ingreso Mínimo Vital para las personas que no tienen recursos básicos durante la pandemia? Pues a votar en contra y así estas personas sin medios protestarán contra el Gobierno. ¿Que se quiere aumentar un poco el salario mínimo, impedir la precariedad laboral, dar ayudas a los afectados por el volcán de La Palma, limitar el recibo de la luz o dar subvenciones al combustible para transportistas, ganaderos, pescadores y ciudadanos? Pues votemos en contra, aunque un día tras otro no hayamos parado de maldecir al Gobierno por no dar estas ayudas.

Incluso, la injustificada rebaja de impuestos, que con tanta insistencia se exige desde el PP, tiene, a la larga, el objetivo de crear también malestar social, ya que en la medida en que el Estado disponga de menos recursos y muchos de los problemas que hay entre manos aumenten, crecerá el descontento social, sin medios para poder atender un buen número de las demandas sociales existentes, especialmente entre los sectores más pobres y vulnerables. Una estrategia diabólica, pero nada inocente detrás de muchas de las actuaciones de fuerzas políticas que, lejos de proponer alternativas para mejorar la sociedad, se contentan con generar cabreo, como estamos viendo.

Desde luego que el malestar ha sido, también, una fuerza histórica de cambio para alimentar esperanza. Sin embargo, en estos momentos se quiere utilizar como un arma de destrucción política contra el contrario para llegar al gobierno, aunque sea a costa de reducir a escombros la convivencia.

La ira que algunos alimentan en estos momentos con enorme satisfacción, como vemos, es la semilla de un profundo fracaso social e institucional. Y ya sabemos que hay pescadores que solo saben echar la caña en los ríos revueltos, sin importarles nada más. Una política que expresó con claridad el entonces ministro de Hacienda del PP, Cristóbal Montoro, cuando afirmó: “Que caiga España, que ya la levantaremos nosotros”.

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