Cambios en las remesas de los inmigrantes

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Uno de los motivos que empujan a numerosas personas a migrar, a desplazarse a otro lugar para emprender una vida distinta, consiste en la posibilidad de obtener ingresos suficientes que les permitan enviar recursos a sus familiares en sus países de origen. Son las llamadas remesas, que se transfieren a través de canales formales como bancos, oficinas de correos o compañías remesadoras especializadas, que al ser registradas en las balanzas de pagos nos ofrecen una valiosa información sobre su volumen y evolución. Bien es cierto que existen otros canales llamados informales que se utilizan para enviar dinero utilizando amigos o familiares que se desplazan a los diferentes países de procedencia de los inmigrantes, junto a otros sistemas mucho más sofisticados y herméticos, como la Hawala, utilizada en el mundo musulmán o el Chit, en el caso de China, de difícil cuantificación, aunque las autoridades mundiales tratan de conocer y limitar su uso.

Las remesas de los inmigrantes son, por tanto, recursos privados que pertenecen a estas personas, fruto de los ingresos que obtienen, decidiendo estos de manera personal su envío, de la misma manera que todos nosotros decidimos el empleo de nuestros recursos. Es importante no olvidar este aspecto porque no es infrecuente escuchar a personas que defienden que tenemos que decir a los inmigrantes a qué tienen que dedicar sus ingresos, un auténtico disparate. La importancia de las remesas reside en que desde hace tiempo, se han convertido en un factor de desarrollo de primer orden y uno de los flujos económicos mundiales más importantes que reciben los países empobrecidos, gozando de algunas ventajas y particularidades que les otorgan un valor económico y social muy especial.

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Comprender las migraciones

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Desde hace demasiado tiempo, Europa no comprende adecuadamente el significado de las migraciones que se viven a sus puertas y sus dirigentes mantienen una visión postcolonial sobre los países de donde proceden los inmigrantes. La misma visión que tuvieron los países europeos en la Conferencia de Berlín de 1885, cuando se repartieron África para detener la expansión de los salvajes paganos que allí vivían, proponiéndose “instruir a los nativos y llevarles las bendiciones de la civilización occidental”, como rezaba el artículo IV del acuerdo suscrito por los estados que se apropiaron del continente por aquel entonces. Y no estoy defendiendo, en absoluto, que un buenismo ilimitado y tontorrón sirva para abordar adecuadamente desafíos tan complejos, ni mucho menos. Muy al contrario; necesitamos rigor histórico, conocimiento científico y un análisis empírico de una realidad que, con demasiada frecuencia, se nos hurta, se desdibuja o se ignora deliberadamente cuando hablamos de procesos migratorios.

Empecemos por asumir que estamos ante un fenómeno tan ambivalente como complejo, que no se puede plantear en términos lineales, siendo históricamente consustancial a todos los pueblos en todos los tiempos. La capacidad de emigrar con éxito es una de nuestras señas de identidad y una de las razones que explican nuestro fantástico avance evolutivo. Por si fuera poco, el proceso de globalización, la mejora y el abaratamiento de los medios de transporte y el avance de las telecomunicaciones han llevado a que las migraciones se hayan convertido en una dimensión central de nuestros tiempos, como han señalado las Naciones Unidas, estimuladas por las enormes desigualdades existentes a nivel mundial, no solo en términos de recursos y salarios, sino también de derechos, de futuro, de seguridad y de condiciones de vida.

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Migraciones ambientales

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Las visiones tradicionales sobre los procesos migratorios están cambiando de manera acelerada, apareciendo nuevas perspectivas de comprensión que ayudan a entender mucho mejor fenómenos de una extraordinaria complejidad para los que no sirven explicaciones simplistas ni miradas meramente compasivas. Así, se abre paso con fuerza la necesidad de incorporar, como factor cada vez más relevante, el impacto que el cambio climático está teniendo ya sobre migraciones forzosas que están alimentando importantes desplazamientos humanos en todo el mundo. La gravedad que ha adquirido el fenómeno del cambio climático, junto al hecho de que todas las previsiones que se hicieron hace pocos años sobre su impacto en las migraciones humanas se hayan visto ampliamente superadas, han encendido las alarmas en instituciones y organismos internacionales.

En el año 2005, en el marco del Fórum Económico de Praga, el profesor NormanMyers, un reconocido especialista mundial en migraciones ambientales, consejero de las Naciones Unidas y para diferentes academias científicas, avisó de la gravedad de las futuras migraciones climáticas para numerosos países, pronosticando que para el año 2050 habría más de 200 millones de personas desplazadas directamente por los efectos del cambio climático. Sus previsiones fueron vistas con escepticismo, cuando no con desdén, a pesar de que desde entonces diferentes agencias de las Naciones Unidas han calculado que cada año, en todo el mundo, unos 25 millones de personas se ven obligadas a abandonar sus hogares por catástrofes ambientales o diferentes causas originadas por las transformaciones acusadas que vive nuestro clima. Hasta tal punto que otros investigadores han elevado notablemente las estimaciones realizadas por el profesor Myers. De esta forma, se ha abierto paso con fuerza en universidades y centros de investigación, en organismos internacionales y organizaciones medioambientales, el concepto de migraciones climáticas, que resulta primordial para comprender adecuadamente muchas de esas diásporas tan intensas que en estos momentos se producen en numerosas regiones.

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Salvar vidas

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Salvar vidas no puede ser un delito, como tampoco puede dejar indiferente a nadie que haya personas que dedicando su vida a ello sean tratadas por las autoridades europeas en distintos países como delincuentes. Salvar la vida de las personas, de cualquier persona que corre el peligro de morir, debería ser considerado como un acto de entrega, un ejemplo de humanidad, una admirable muestra de bondad en medio de un mundo que debilita los sentimientos más nobles, sustituyéndolos por los cálculos económicos más prosaicos.

Salvar a un niño sin futuro a punto de ahogarse, a una madre que sujeta con fuerza a sus hijos para que se mantengan a flote, a jóvenes que han escapado de la muerte y del hambre en medio de las frías aguas del Mediterráneo, tendría que ser elogiado por todos aquellos que tengan alma, por gobernantes y dirigentes políticos, por ministros y comisarios europeos de cualquier partido y color político. Rescatar a los tripulantes de un bote que se hunde en un mar que se ha tragado más de 15.500 vidas en los últimos cuatro años, según datos oficiales contabilizados por Naciones Unidas, debería abrir todos los informativos, contar con una mención en los consejos de ministros, recibir una felicitación entusiasta en las cumbres de presidentes de la UE, obtener los máximos elogios de obispos y sacerdotes que no paran de proclamar una y otra vez su absoluto respeto por la vida humana. Sin embargo, la progresiva descomposición de los valores, principios y acuerdos fundamentales sobre los que avanza la Europa contemporánea e impulsan sus dirigentes lleva al delirio de apresar, detener y tratar como a delincuentes a aquellos que, sustituyendo la pasividad y la inacción cómplices que muestran los gobiernos europeos ante la tragedia que se vive en el Mediterráneo desde hace años, han decidido dedicar su vida y sus energías a rescatar de una muerte segura a miles de desesperados que se lanzan al mar en frágiles embarcaciones.

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Esclavos a las puertas de Europa

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El dolor cumple una función trascendental para todos nosotros en la medida en que la sensación que produce emite una señal de alerta ante una lesión, un peligro o una disfunción, avisándonos de esta forma para corregir o evitar el motivo causante de la dolencia, evitando así el riesgo que nos puede generar. Es así que la insensibilidad ante el dolor es una disfunción grave que puede provocar importantes riesgos para nuestra salud al no identificar lesiones, enfermedades o peligros para nuestro organismo. Sin embargo, de manera llamativa, nuestra sociedad se ha acostumbrado a no reaccionar ante cada vez más sucesos dolorosos que se producen, que por el contrario deberían de sacudir nuestra conciencia por su extrema gravedad. El último de ellos ha sido la emisión reciente de un documental por la cadena estadounidense CNN en el que se certifica algo que desde hace tiempo se ha venido denunciando, sin mucho éxito por cierto, como es la subasta de inmigrantes en Libia, vendidos como esclavos por poco más de 400 dólares.

La gravedad de los hechos recogidos por las imágenes no representa, ni siquiera, una mínima parte de la extrema crueldad e inhumanidad que desde hace años sufren los inmigrantes de toda África que llegan hasta este país para emprender un incierto viaje hacia Europa y que, en demasiadas ocasiones, se ha visto truncado de las formas más espantosas. Se calcula que unos 20.000 inmigrantes pueden haber sido capturados por las múltiples tribus, milicias y bandas criminales que campan a sus anchas en un país sumido en el caos absoluto, convertido en un Estado fallido seis años después de la desastrosa intervención militar europea que concluyó matando a Muamar el Gadafi. Los vídeos estremecedores de asesinatos masivos de inmigrantes capturados por algunos de esos grupos criminales que se han hecho con pequeñas zonas del país llevan tiempo en las redes sociales, sin que ningún gobierno occidental u organismo de las Naciones Unidas haya movido un solo dedo para evitar tanto espanto.
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Refugiados: propuestas tras el fracaso

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A dieciséis días de que finalice el plazo que Europa se dio para dar respuesta a la mal llamada crisis de los refugiados, que alcanzó su máxima intensidad hace dos años y que desembocó en el solemne acuerdo del Consejo Europeo sobre Migración suscrito en septiembre de 2015 por todos los presidentes de países europeos, para acoger la exigua cifra de 160.000 personas en dos años, en régimen de reubicación y reasentamiento, podemos ya hablar de deliberado incumplimiento de este compromiso. Y con ello, un descalabro que ha certificado la indolencia sobre refugiados y migrantes forzosos como consecuencia del incumplimiento de las obligaciones jurídicas derivadas del derecho internacional en materia de asilo y refugio. Y al Gobierno español le corresponde una parte de ese incumplimiento, en la medida en que de los 17.337 asignados, únicamente ha acogido a un 11% de ellos, 1.887 refugiados en los dos años en los que el acuerdo ha estado en vigor.

Más allá de insistir en el significado de este grave fracaso político que contribuye a debilitar la credibilidad del proyecto europeo ante sus ciudadanos y ante el mundo en unos momentos particularmente críticos, dañando los principios y valores fundamentales que alimentaron la creación de la Unión Europea y erosionando las obligaciones jurídicas y éticas de Europa en materia de solidaridad y derecho internacional, es importante que tratemos de reflexionar para reforzar nuestra capacidad de respuesta ante tragedias humanitarias como las que seguimos viviendo y sin duda se repetirán.

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Criminalizando a las ONG que salvan vidas

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A medida que la Unión Europea ha decidido no hacer frente a sus obligaciones jurídicas derivadas de la llegada de refugiados hasta sus países durante los últimos años, hemos asistido a la progresiva descomposición de los valores, principios y acuerdos fundamentales sobre los que se ha construido la Europa contemporánea.

Efectivamente, los gobernantes europeos han protagonizado una de las páginas más vergonzosas con su deliberado abandono a las personas necesitadas de protección internacional que escapaban de guerras tan crueles como la de Siria, cuyas horrorosas atrocidades han sido retransmitidas en tiempo real. Y así han dejado que cientos de miles de estos refugiados se abandonaran a la aventura de un viaje incierto, teniendo que pagar elevadas cantidades de dinero para conseguir un lugar en las frágiles embarcaciones que surcaban el Mediterráneo a la búsqueda de las costas europeas, acabando muchos de esos trayectos en naufragios y ahogamientos.

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