Creadores de odio

De la misma manera que Gramsci señaló que “no hay nada más revolucionario que la verdad”, hoy en día se podría afirmar que, en política, no hay nada más reaccionario que el odio, el mismo encono que no paran de propagar, un día tras otro, esas fuerzas de la extrema derecha global que han convertido a inmigrantes, personas desfavorecidas, minorías y opositores en el centro de su furia destructiva.

Como modelo tienen al frente de un país en descomposición a Donald Trump, que lo mismo asesina o secuestra impunemente a presidentes de Estado que defiende todo tipo de atrocidades con obscena crueldad, justificando incluso acabar con la vida de sus compatriotas en nombre de la persecución a los inmigrantes. Es una maldad continuada que emana, como los olores en descomposición de una fosa séptica, de unas fuerzas reaccionarias que hacen de la crueldad su programa político.

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Medir la calidad de vida con nuevos enfoques

El análisis de la dimensión ecosocial de nuestra vida propone un marco interpretativo mucho más ambicioso que supera las visiones puramente economicistas, integrando la sostenibilidad ecológica con la justicia social, al tiempo que reconoce la interdependencia entre el ser humano y el medio ambiente para lograr una buena vida en un entorno natural, saludable y de calidad. De esta manera, mediante esta óptica, se analiza cómo las acciones humanas repercuten en el planeta para transformar la sociedad hacia modelos más justos, democráticos y sostenibles que garanticen una buena vida para el conjunto de la población en aspectos fundamentales para su bienestar, conciliando la prosperidad con el respeto a nuestro hábitat.

En línea con el “I Informe ecosocial sobre la calidad de vida en España”, que fue publicado en el año 2023, la fundación FUHEM, institución pionera en el impulso de estudios e investigaciones en el ámbito de las relaciones económicas, internacionales y ecosociales, vuelve a actualizar esta investigación con un segundo estudio que acaba de ser presentado. Tuvimos la oportunidad de contar con el director del estudio en la Sede Universitaria, en el marco de un seminario organizado por el Máster Interuniversitario en Cooperación al Desarrollo que coordino, con motivo de su aparición, conociendo de primera mano la importancia y originalidad de la investigación llevada a cabo.

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Sobrevivir en tiempos sombríos

Sabíamos que la vida no era una aventura sencilla, ni mucho menos, pero últimamente tenemos una extraña sensación. Encadenamos un día tras otro con el vértigo de comprobar que todos los puntos cardinales que delimitaban el mundo han desaparecido, como si ese mínimo común denominador que hacían posible la vida, la decencia, el respeto, la tolerancia y nuestra preocupación hacia los demás se hubiera desintegrado, habiendo sido sustituidos por la violencia, la inmoralidad, el odio, la infamia y el deseo de atropellar, humillar y eliminar a los que son distintos.

Miremos donde miremos, la arrogancia, un desacomplejado autoritarismo y el odio parecen imponerse, arrinconándonos a todos aquellos que no queremos aceptar este lenguaje. Y es que avanzamos sobre una gigantesca descomposición global que, como si camináramos sobre el hielo, se resquebraja bajo nuestros pies, proyectando tiempos muy sombríos. El mundo y las miradas para interpretarlo están cambiando de manera vertiginosa, pasando a convivir con el riesgo y la barbarie, la violencia y la ruptura de normas básicas que, como sucede con el derecho internacional y la diplomacia, se han convertido en chatarra.

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De crisis climática a policrisis

Las palabras son importantes porque nos ayudan a comprender lo que queremos comunicar, nos relacionan con el mundo y permiten que transmitamos ideas y conceptos. Nuestras palabras delimitan significados y también establecen el terreno de juego de nuestras acciones, hasta el punto de que, como afirmaba el filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein, “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”.

A menudo, pudiera parecer que investigadores, científicos y académicos se enzarzan en debates insustanciales para poner nombre a fenómenos cuya denominación resulta aparentemente trivial. Sin embargo, con ello tratan de comprender mejor el impacto de sucesos trascendentales en nuestras vidas, pudiendo hacer un correcto diagnóstico y aportar soluciones de futuro.

Es lo que ocurre con el cambio climático, generado por alteraciones a largo plazo en las temperaturas y el clima que pueden ser debidas a factores naturales, como grandes erupciones volcánicas, o de carácter antropogénico causadas por actividades humanas, fundamentalmente por el uso de combustibles fósiles y la emisión a la atmósfera de enormes cantidades de gases de efecto invernadero que modifican las dinámicas atmosféricas, al atrapar el calor del sol y elevar las temperaturas, alterando así los patrones climáticos en todo el planeta.

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Repensar nuestro turismo

A lo largo de todo el mundo, y también en España, se extiende un clamor a favor de repensar a fondo el modelo turístico de masas. Importantes ciudades turísticas están poniendo freno a la expansión de alquileres turísticos, como ha hecho Nueva York, limitando la apertura de nuevos hoteles para priorizar la calidad de vida de los habitantes en lugar de las ganancias privadas a corto plazo, como ha llevado a cabo Ámsterdam, o incluso aprobando una tasa a cada visitante que permanezca un solo día en su ciudad, como acaba de hacer Venecia.

Pero también en España crece por momentos una ola de malestar y descontento hacia un turismo masificado y descontrolado por el que están apostando numerosas ciudades y comunidades al erosionar la convivencia en los municipios, expulsando a sus vecinos al convertir las viviendas en productos turísticos especulativos, destruyendo el comercio tradicional, dañando lugares queridos y barrios tradicionales, mientras se pone en peligro la sostenibilidad y se destruyen los espacios vitales para vivir.

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Giro migratorio

En el inicio del nuevo año, el debate migratorio está ocupando un papel muy importante, anunciando que se va a convertir en uno de los asuntos estrella en numerosos países y gobiernos del mundo en coincidencia con la convocatoria de numerosas citas electorales que este año se celebrarán, desde el Parlamento Europeo, hasta Estados Unidos, Reino Unido y Alemania, por señalar algunos casos.

Por un lado, la multiplicación de guerras y conflictos sangrientos en diferentes lugares del mundo está elevando de manera significativa el número de refugiados, desplazados internos y solicitantes de asilo, superando por vez primera los 103 millones de personas en 2022, un 15% más que el año anterior. Contrariamente a la creencia extendida, el grueso de esos solicitantes son acogidos por países de renta baja o media, un 83% del total según datos de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur).

Pero al mismo tiempo, la crisis climática está impulsando con fuerza un nuevo tipo de migraciones ambientales que está creciendo año a año de manera imparable, ascendiendo a más de 32 millones de personas también en 2022, atendiendo a las cifras recogidas por el Centro Internacional de Monitoreo del Desplazamiento (IDMC).

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Calidad de vida con enfoque ecosocial

Los investigadores sociales llevamos dedicando importantes esfuerzos a comprender qué significa vivir bien, qué es tener calidad de vida y cómo acceder a expectativas más saludables. Durante años, se ha creído que tener y consumir era la manera de disfrutar de una buena vida, de manera que los indicadores económicos han condicionado el acercamiento a estas cuestiones. Es así como la crítica a las teorías y modelos de desarrollo junto a los paradigmas sobre el bienestar han marcado, a lo largo del tiempo, la manera de conocer esta mejor manera de vivir y disfrutar de la vida.

Pero con el tiempo, han avanzado nuevos enfoques multidisciplinares que ayudan a saber mejor qué significa vivir bien en un contexto ecosocial, un marco analítico imprescindible hoy en día en sociedades cada vez más complejas en las que las personas necesitan de buenos ecosistemas sociales y medioambientales, que podríamos denominar enfoques “post PIB”. Su propósito es aportar información diferencial pormenorizada sobre el modo de vida de la sociedad española para conocer su calidad, sus disfunciones y riesgos. Es una manera de trascender las simples magnitudes estadísticas para profundizar en razones filosóficas, causas históricas, explicaciones sociológicas y elementos antropológicos, con frecuencia ausentes en estos trabajos pero fundamentales para comprender mejor la batería de datos que proporcionan estos estudios.

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¿El fin de qué abundancia?

Afirmaba el presidente Macron hace pocos días, de manera solemne, en rueda de prensa tras la celebración del Consejo de Ministros, que había llegado “el fin de la abundancia”. Una declaración tan grandilocuente, realizada en un momento histórico como el que vivimos, suena al aviso de llegada de una catástrofe, cuando se hace en medio de una guerra a las mismas puertas de Europa, hablando de cortes de energía y posibles racionamientos disfrazados de “medidas de ahorro”, con un encarecimiento de productos básicos muy por encima de lo que pueden soportar familias y trabajadores, ante dificultades para abastecernos de energía y redistribuir la que tenemos entre todos los países europeos, cuando sufrimos problemas de suministro de materias primas y bienes esenciales, ante empresas que tienen que cerrar y familias que comienzan a acaparar leña ante un invierno repleto de incertidumbres.

Pero alguien debería de haber preguntado al presidente Macron de qué abundancia hablaba, porque para millones de europeos, sacudidos por la Gran Recesión generada durante la gigantesca crisis financiera que a duras penas pudieron mantenerse a flote no ha habido abundancia, sino pura supervivencia, por no hablar de los millones de trabajadores y desempleados más que también se han visto golpeados por los efectos económicos y sociales de la pandemia de COVID-19, cuyas consecuencias todavía perduran en algunos sectores. El conjunto de la clase media europea vive con lo justo, endeudada y trampeando como puede para salir adelante, mientras se explica que hay que gastar miles de millones de euros para enviar armas para la guerra de Ucrania, se anuncia pobreza, racionamientos, inflación desbocada, cierre de empresas y dificultades para el suministro energético.

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La indignidad de negar el cambio climático

Mientras los incendios avanzan, las temperaturas alcanzan un año más máximos históricos y el agua del mar se vuelve puro caldo, surge a nuestro alrededor un nuevo negacionismo, que se suma a otros muchos que llevan tiempo poniendo en cuestión cualquier decisión basándose en puros disparates de barra de bar. En este caso, durante el verano ha irrumpido con fuerza negar cualquier atisbo de calentamiento climático, algo que está siendo utilizado sin ningún sonrojo por sectores de una derecha rancia, casposa y ultramontana que piensa que todo vale como munición partidista a la hora de atacar a sus enemigos políticos, aunque alimenten las llamas de la ignorancia y esparzan venenosas semillas de discordia.

Así lo afirmó el consejero de Presidencia, Justicia e Interior de la Comunidad de Madrid del PP, Enrique López, al declarar: “decir de forma frívola que el cambio climático mata no es propio de alguien que se digne a ser presidente del Gobierno en España”, en respuesta a unas declaraciones efectuadas por el presidente del Ejecutivo central, Pedro Sánchez, en su visita a una de las zonas afectadas este verano por destructores incendios forestales, en Casas de Miravete, Extremadura. Claro que tampoco nos puede extrañar, cuando los responsables políticos de la Comunidad de Madrid han eliminado el concepto de “crisis climática” de sus programas educativos.

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La fatiga de Europa ante un verano inquietante

Pocos veranos han sido tan extraños como el que vivimos este año los europeos. Con una guerra a nuestras puertas, tratando de recuperar las vacaciones tras vivir los dos últimos años atenazados por la pandemia, viendo a nuestro alrededor como muchos conocidos siguen cayendo contagiados como fichas de dominó, con una escalada inflacionista que ha llevado los precios de alimentos esenciales a niveles de artículos de lujo, escuchando avisos continuos de que el próximo invierno será muy duro e incluso podremos pasar frío por el corte del suministro de gas desde Rusia, padeciendo los efectos inequívocos de un cambio climático que está afectando a nuestras vidas y acelerando la quema de nuestro valioso patrimonio forestal, con un cansancio en la sociedad que empieza a tener costes visibles y acelerar situaciones de inestabilidad.

Ante un futuro tan inquietante, miremos donde miremos, solo nos queda vivir el presente. Es así que este verano lo vivimos como si hubiéramos subido a la cubierta del Titanic para bailar y beber, ajenos a esos icebergs que asoman por el horizonte. Y no es para menos. Hacía tiempo que la sociedad no acumulaba tanto sacrificio y dolor continuado, desde que en 2008 comenzó una gigantesca recesión mundial de la mano de una crisis económica y financiera de dimensiones cataclísmicas. Y cuando parecía que recuperábamos el aire, que abandonábamos tanto sufrimiento, nuevas catástrofes asoman por el horizonte sin darnos un respiro.

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