Más y mejores políticas ante la crisis climática

A finales de junio se celebraba en Londres la “Semana de Acción Climática”, a la que asistieron delegados de todos los países del mundo en la prestigiosa London School of Economics, en un edificio centenario de paredes de piedra gruesas, con chimeneas y grandes ventanales, sin ventilación ni refrigeración. Entre los actos programados se encontraba un “Panel sobre calor extremo y sus efectos” que los organizadores tuvieron que cancelar por los riesgos para la salud generados por las elevadas temperaturas que se registraban en el salón habilitado para ello ese día. Una auténtica metáfora de lo que estamos viviendo.

Y es que por encima de la política, de las barbaridades de Trump en la Casa Blanca, de las diferentes guerras que se suceden y hasta del Mundial de Futbol hay un tema coincidente que está en boca de todos en Europa, abriendo informativos y acaparando noticias: el calor sofocante y extremo que azota al continente europeo, a sus países y ciudades. No se trata, ni mucho menos, de una ola más de calor de las que se suceden en estos tiempos de descontrol climático, ni tampoco del preludio de un áspero verano que, como los científicos nos han explicado, puede convertirse en uno de los más intensos jamás registrados por la conjunción de un “súper” Niño más el avance de un cambio climático desbocado.

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La sociedad democrática y el cambio climático

Entre las numerosas amenazas que tenemos entre manos, el cambio climático es una de las más importantes, afectándonos de manera decisiva al causar transformaciones que impactan de lleno sobre nuestro presente y condicionan nuestro futuro. Su gravedad se entiende por las profundas alteraciones que se están produciendo en las temperaturas y los patrones climáticos de todo el planeta a una velocidad e intensidad sin precedentes en la historia de la humanidad, debido a la utilización intensiva de combustibles fósiles, junto a la emisión masiva y continuada de gases de efecto invernadero a la atmósfera, dando lugar a un calentamiento global que todos percibimos.

No es casual que numerosos dirigentes mundiales estén llamando la atención sobre la gravedad de este fenómeno, como hizo el presidente brasileño Lula da Silva en la inauguración de la pasada 30º Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, en noviembre del pasado año, al afirmar que “el cambio climático no es una amenaza para el futuro, sino una tragedia del presente”, o algunas de las muchas advertencias que viene haciendo el propio secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, sobre la crisis climática, llegando a señalar que “la humanidad ha abierto las puertas del infierno”, pidiendo a los líderes mundiales acciones climáticas ambiciosas y creíbles.

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Contra el catastrofismo climático

En los últimos días, se suceden las noticias que nos hablan de la destrucción que hemos emprendido y las graves amenazas que planean sobre el futuro. No me estoy refiriendo a la guerra en Ucrania, aunque pueda parecerlo, sino a otra contienda que la humanidad tiene abierta contra el planeta y la naturaleza, que está dañando de manera acelerada las condiciones que han hecho posible la vida de mujeres y hombres durante generaciones.

Es cierto que nos hemos acostumbrado a informaciones que nos hablan de estudios, investigaciones y sucesos inquietantes que demuestran hasta qué punto el impacto humano sobre el planeta está destruyendo y alterando las bases mismas de la vida y de la biosfera. Pero esta semana se han sucedido tantos testimonios de ello que ni siquiera hemos tenido tiempo de asimilarlos, inmersos como estamos en una guerra en Europa sobre la que sobrevuela el uso del arma nuclear. Sin embargo, los estudios que se han difundido estos días no pueden ser más pesimistas.

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La indignidad de negar el cambio climático

Mientras los incendios avanzan, las temperaturas alcanzan un año más máximos históricos y el agua del mar se vuelve puro caldo, surge a nuestro alrededor un nuevo negacionismo, que se suma a otros muchos que llevan tiempo poniendo en cuestión cualquier decisión basándose en puros disparates de barra de bar. En este caso, durante el verano ha irrumpido con fuerza negar cualquier atisbo de calentamiento climático, algo que está siendo utilizado sin ningún sonrojo por sectores de una derecha rancia, casposa y ultramontana que piensa que todo vale como munición partidista a la hora de atacar a sus enemigos políticos, aunque alimenten las llamas de la ignorancia y esparzan venenosas semillas de discordia.

Así lo afirmó el consejero de Presidencia, Justicia e Interior de la Comunidad de Madrid del PP, Enrique López, al declarar: “decir de forma frívola que el cambio climático mata no es propio de alguien que se digne a ser presidente del Gobierno en España”, en respuesta a unas declaraciones efectuadas por el presidente del Ejecutivo central, Pedro Sánchez, en su visita a una de las zonas afectadas este verano por destructores incendios forestales, en Casas de Miravete, Extremadura. Claro que tampoco nos puede extrañar, cuando los responsables políticos de la Comunidad de Madrid han eliminado el concepto de “crisis climática” de sus programas educativos.

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Participación ciudadana contra el cambio climático

Mientras parece que todo pasa por el coronavirus, la vida sigue y el mundo continúaavanzando, con sus problemas y desafíos, que no son pocos. Y en este país, crispado y enfrentado, estamos dejando demasiadas asignaturas pendientes y postergadas que más tarde o más temprano tendremos que recuperar. Y cuanto más demoremos las respuestas, más costosas, complejas y difíciles serán.

​Son muchos, sin duda, los problemas fundamentales que estamos dejando de lado, aunque entre los más importantes e imparables se encuentra el cambio climático, con la particularidad de que sus efectos son tan transversales que determinan la totalidad de planos de nuestra vida.

​En los últimos meses y en distintos países del mundo, se vienen poniendo en marcha dinámicas participativas muy originales con los ciudadanos para conocer sus preocupaciones sobre el cambio climático y recoger sus propuestas prioritarias, pudiendoincorporarlas a las agendas políticas inmediatas de los gobiernos. En Francia, Suecia o Reino Unido, personas elegidas por sorteo han formado asambleas ciudadanas que han llevado a cabo reuniones de trabajo durante meses muy sugerentes para elaborar un conjunto de propuestas concretas muy inmediatas contra el cambio climático, con el compromiso de que los diferentes gobiernos trabajen para llevarlas a cabo.

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