El legado de Trump entre nosotros

Me pregunto qué habrá avergonzado más a los norteamericanos, si el asalto a la sede de su soberanía nacional o las características de la cuadrilla de frikis que lo protagonizó y que, a juzgar por las imágenes retransmitidas en directo, tenían la inteligencia justita para pasar el día. Patriotas les llamaban la familia Trump antes del asalto, ¿les suena? Y es que, contemplar a atacantes al Capitolio de la nación más poderosa del mundo portando su tarjeta de identificación colgada del cuello, fotografiándose llevando el atril de oradores que pocas horas después pusieron a la venta en una web de subastas por internet y sentándose en el sillón de la presidencia de la Cámara portando en la cabeza una cornamenta de búfalo no deja en muy buen lugar a los seguidores del todavía presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. No es de extrañar que, tras las imágenes del intento de golpe al Congreso que vimos con sorpresa en todo el planeta, el propio Trump rechazara con desprecio a los mismos atacantes a los que él había empujado a la barbarie, llamándoles “chusma”, que dicho por este personaje tan lamentable tiene su poesía.

            Ahora bien, el violento asalto al Capitolio, que dejó cinco muertos, incluyendo un oficial de policía, no fue un acto aislado ni la voluntad de una turba de tarados, ni mucho menos, sino un intento de golpe de Estado en toda regla instigado por Trump y su entorno, como culminación de un proceso basado en la radicalización social mediante el odio y el racismo, impulsando la ruptura de la sociedad y un continuado ataque a las instituciones políticas y democráticas en ese país. Para ello, se han utilizado las redes sociales y determinados medios de comunicación, con el apoyo de supremacistas blancos y ultraderechistas religiosos, construyendo una realidad a medida basada en mentiras, teorías conspirativas y falsedades continuadas que permitiera consolidar un proyecto basado en la violencia estructural, capaz de controlar el poder judicial para favorecer a las oligarquías blancas más acaudaladas y a las élites empresariales, a las que se han concedido rebajas de impuestos y bonificaciones, ¿les suena?

Sigue leyendo

Pobreza que duele

Decía Italo Calvino que las ciudades son un conjunto de muchas cosas, de memorias, deseos, signos de un lenguaje, lugares de intercambio que no son solo bienes o mercancías, sino también palabras, ilusiones y recuerdos. Pero las ciudades también acogen personas y objetos que convertimos en invisibles por la fuerza de nuestra indiferencia. Un ejemplo lo constituyen las personas que duermen en nuestras calles, en parques y jardines, en los zaguanes de comercios o dentro de los cajeros automáticos, lo que representa una gigantesca paradoja: quienes carecen hasta de un techo donde guarecerse duermen dentro de las entidades financieras que acumulan gigantescos recursos, a los pies de las máquinas automáticas expendedoras de dinero. Todo un sarcasmo.

Llegar a invisibilizar a todas esas personas que deambulan por las calles, arrastrando bolsas y carros con sus pertenencias, representa un ejercicio de impostura moral considerable. Es como cuando nos acostumbrarnos a no mirar la luz del Sol que está en el cielo cada mañana para no dañarnos por la intensidad de sus destellos. De la misma forma, preferimos no dirigir nuestra mirada hacia los sintecho, mendigos y transeúntes con los que nos cruzamos para no tener que asumir el gigantesco dolor y sufrimiento que cada una de estas personas encarnan, para no comprender el enorme fracaso social que supone que vivan en la calle ante la pasividad de instituciones y responsables públicos.

Sigue leyendo