Pobreza que duele

Decía Italo Calvino que las ciudades son un conjunto de muchas cosas, de memorias, deseos, signos de un lenguaje, lugares de intercambio que no son solo bienes o mercancías, sino también palabras, ilusiones y recuerdos. Pero las ciudades también acogen personas y objetos que convertimos en invisibles por la fuerza de nuestra indiferencia. Un ejemplo lo constituyen las personas que duermen en nuestras calles, en parques y jardines, en los zaguanes de comercios o dentro de los cajeros automáticos, lo que representa una gigantesca paradoja: quienes carecen hasta de un techo donde guarecerse duermen dentro de las entidades financieras que acumulan gigantescos recursos, a los pies de las máquinas automáticas expendedoras de dinero. Todo un sarcasmo.

Llegar a invisibilizar a todas esas personas que deambulan por las calles, arrastrando bolsas y carros con sus pertenencias, representa un ejercicio de impostura moral considerable. Es como cuando nos acostumbrarnos a no mirar la luz del Sol que está en el cielo cada mañana para no dañarnos por la intensidad de sus destellos. De la misma forma, preferimos no dirigir nuestra mirada hacia los sintecho, mendigos y transeúntes con los que nos cruzamos para no tener que asumir el gigantesco dolor y sufrimiento que cada una de estas personas encarnan, para no comprender el enorme fracaso social que supone que vivan en la calle ante la pasividad de instituciones y responsables públicos.

No puedo evitar preguntarme por qué en estas Navidades, en lugar de habernos gastado cerca de 150.000 euros en colocar un belén de récord en la plaza del Ayuntamiento, no se decidió que en estas fiestas navideñas Alicante fuera ciudad sin mendigos y sintecho durmiendo en las calles, instalando unas carpas para que pudieran alojarse, aunque fuera temporalmente durante el duro invierno, comenzando a trabajar con todos ellos en atender sus necesidades más inmediatas y seguro que, con algunos, empezando a revertir su situación de deterioro personal. Sí, ya sé que un San José de 18 metros es mucho más fotogénico que unas literas y unas duchas para personas muy machacadas, pero sin duda, la ciudad y los alicantinos hubiéramos avanzado moralmente.

Por el contrario, en plena declaración de estado de alarma por la pandemia, dejamos que la ciudad esté salpicada de improvisados dormitorios que durante la noche acogen a seres espectrales, envueltos en abrigos y mantas, improvisando camastros con cartones, plásticos y todo tipo de objetos con frecuencia recogidos de la basura. En los alrededores del albergue, junto al Rico Pérez, bajo el puente rojo, en las cuevas de las laderas del Benacantil, en cabañas improvisadas en las huertas de la Condomina, así como en cajeros y entradas de establecimientos, todos aquellos a los que hemos hecho invisibles por el día se convierten en sombras por la noche, tratando de conciliar el sueño sin morir de frío, como ya ha ocurrido en otras ocasiones.

En estos dormitorios improvisados que tienen el suelo como colchón duermen por las noches decenas de personas, hombres como Anselmo de 57 años, Alejandro de 51, Manuel de 42 o Félix de 60, todos con dramas personales a sus espaldas, para quienes la vida se torció en un momento determinado. En un caso fue por el alcohol, rompiendo un matrimonio de años que no soportaba más tantas borracheras sin sentido. En otro fue un paro prolongado después de llevar años trabajando en obras sin contratos y de cualquier manera, sin olvidar la maldita droga que se cruzó en el camino de otro de ellos en el peor momento posible. Todos han tenido ilusiones, proyectos de vida, amores y desengaños, en algunos casos hasta hijos e hijas a los que añoran con volver a ver cuando puedan abandonar la calle, algo que ven como un sueño cada día más lejano. A pesar de la dureza de la vida que llevan, dormir juntos los lleva a preocuparse entre sí, a considerarse como la familia que no tienen y a la que añoran.

Una de las primeras cosas que se aprende al trabajar con personas excluidas es que la pobreza huele. Y es verdad que a veces el olor se debe a la falta de higiene, a la imposibilidad de que puedan lavarse y asearse, a ese hedor agrio fruto del abandono personal. Pero también hay otros olores más complejos de percibir, como el que desprenden el fracaso personal, la pena, la tristeza y el dolor.

Hace años visité con una trabajadora social ya fallecida y a la que tenía un enorme cariño una chabola muy precaria, levantada con tablas y hojas de lata, que una familia extranjera había hecho junto a las vías del tren, cerca de Ciudad de Asís. La familia tenía seis hijos pequeños y había que valorar la situación de los menores con urgencia. Recuerdo el suelo repleto de mantas limpias y confortables, con los colchones a los lados del improvisado refugio. A pesar de la extrema precariedad reinante, aquel lugar olía a dignidad, algo que algunos responsables públicos niegan a estas personas, añadiendo más dolor y sufrimiento a sus vidas. Y es que la pobreza duele, sobre todo por esas heridas que causa la indiferencia.

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