Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) en crisis

Transcurrida una tercera parte del período de vigencia de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y bajo el impacto mundial de la pandemia de Covid-19, surgen numerosas voces críticas sobre la marcha y viabilidad de esta Agenda 2030, que aumentan al conocerse sus problemas metodológicos y de medición. Sin embargo, no dejan de escucharse discursos, de contemplarse anuncios o verse campañas en las que se siguen trasladando mensajes vacíos y alejados de la complejidad y desafíos a los que se enfrenta un acuerdo mundial de esta naturaleza.

Hasta la fecha, ha habido más propaganda que progresos, especialmente en el terreno político, donde se están produciendo de hecho significativos retrocesos. Es cierto que en torno a esta Agenda 2030 se ha desplegado un interesante proceso de investigación científica internacional que está sirviendo para profundizar en los limites y contradicciones de un proceso global tan complejo, pero importantes decisiones adoptadas por gobernantes en países muy relevantes han puesto patas arriba elementos sustantivos que imposibilitan su avance en áreas clave.

En las investigaciones que he llevado a cabo sobre esta Agenda he identificado algunas de las mayores debilidades en torno a los ODS desde sus inicios, que se han confirmado en su primer tercio de vigencia como obstáculos insalvables, poniendo contra las cuerdas su viabilidad. Entre ellas, identificamos un diagnóstico inadecuado sobre causas y consecuencias de los problemas que pretende abordar, desplegando una arquitectura metodológica incorrecta que en muchos casos perpetúa o impulsa desajustes globales, confirmando las enormes dificultades para una medición precisa y efectiva de sus avances en todos los países del mundo. Sobre cada una de estas cuestiones, Naciones Unidas reconoce abiertamente en estos momentos que proyectan problemas de tal naturaleza que exigen una revisión en profundidad de la Agenda 2030.

Diferentes especialistas de Naciones Unidas e investigadores han destacado que el enfoque global bajo el que se diseñaron los ODS, basado en impulsar un aumento del crecimiento económico mundial continuado, con tasas muy elevadas hasta el año 2030, era completamente erróneo e ilusorio. No se trata, únicamente, de que el crecimiento económico trazado en los ODS sea inalcanzable, sino que la naturaleza, composición y distribución de ese crecimiento va en sentido opuesto a buena parte de los objetivos que afirma proponerse, convirtiéndose así en su talón de Aquiles. Es por ello por lo que el relator especial de las Naciones Unidas sobre la pobreza extrema y los derechos humanos, Philip Alston, ha señalado en un informe cómo los enfoques inadecuados y desactualizados han alejado a los ODS de sus metas.

En la misma línea, los graves problemas metodológicos y de evaluación han marcado la Agenda 2030 desde sus inicios, ya que 37 de los países más pobres del mundo se quedan fuera de medición al no disponerse de datos. Por si fuera poco, la pandemia de Covid-19 ha agravado enormemente el problema del vacío en la cobertura geográfica y la periodicidad de los datos y estadísticas accesibles, hasta el punto de que, de las 122 oficinas nacionales de estadística en países de ingresos bajos y medios bajos, el 96% de ellas han estado cerradas, lo que afectará gravemente al conocimiento sobre el avance de los ODS en el mundo en los próximos años.

Mención aparte merecen dos cuestiones que añaden más incertidumbre sobre elementos medulares de esta Agenda 2030, como son su universalidad y su proyección hasta el año 2030. De las 169 metas identificadas en sus 17 objetivos, 27 de ellas son exclusivamente para países en desarrollo. Al mismo tiempo, frente al mensaje de que esta Agenda finaliza en el año 2030, se desconoce que 21 de sus metas ya han terminado en el año 2020, muchas de ellas referidas a cuestiones medioambientales importantes derivadas de acuerdos de la Convención Marco de Naciones Unidas contra el Cambio Climático.

Es así como, por vez primera, las propias Naciones Unidas impulsoras de la Agenda 2030, junto a diferentes organismos científicos, reconocen abiertamente desde su aprobación problemas de enorme calado que ponen en entredicho la validez y efectividad de unos Objetivos metodológicamente cuestionables, con informes que plantean una ruptura respecto a la propaganda hueca que se venía desplegando en torno a ellos. De hecho, se ha planteado abiertamente una revisión a fondo del conjunto de la Agenda 2030, en la que diferentes organismos científicos están trabajando. En la misma línea, el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, acaba de proponer una nueva hoja de ruta, “Nuestra agenda común”, para dar impulso a la Agenda 2030 y a los acuerdos de la Cumbre del Clima de París.

Pese a todo, no podemos ni debemos ignorar la importancia de agendas mundiales del alcance que tienen la Agenda 2030 y los ODS: generan una capacidad de movilización global muy valiosa, construyendo un plan de trabajo plural interrelacionado, impulsando políticas y compromisos en diferentes niveles y escalas, a una escala global, impulsando mecanismos de medición y rendición de cuentas. Bien es cierto que la escala de los desafíos necesarios es tan gigantesca que no admite más retórica ni ejercicios de cosmética.

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