
De la misma manera que Gramsci señaló que “no hay nada más revolucionario que la verdad”, hoy en día se podría afirmar que, en política, no hay nada más reaccionario que el odio, el mismo encono que no paran de propagar, un día tras otro, esas fuerzas de la extrema derecha global que han convertido a inmigrantes, personas desfavorecidas, minorías y opositores en el centro de su furia destructiva.
Como modelo tienen al frente de un país en descomposición a Donald Trump, que lo mismo asesina o secuestra impunemente a presidentes de Estado que defiende todo tipo de atrocidades con obscena crueldad, justificando incluso acabar con la vida de sus compatriotas en nombre de la persecución a los inmigrantes. Es una maldad continuada que emana, como los olores en descomposición de una fosa séptica, de unas fuerzas reaccionarias que hacen de la crueldad su programa político.
Y así van pasando las semanas, envueltos en ese pegajoso barro maloliente que arrojan contra la sociedad todos esos políticos de la ultraderecha a sueldo público, emulados con seguidismo por otras fuerzas políticas de derecha que tratan de pescar en aguas revueltas. De manera que políticos asalariados del Estado trabajan para desmantelar y reducir a la mínima expresión esos mismos estados a los que sacan hasta la última gota en las administraciones públicas en las que están. Es así como tenemos a servidores públicos que deberían trabajar por mejorar la convivencia pero que no paran de generar malestar y odio, rescatando ideas y propuestas que alimentaron algunos de los peores momentos que ha vivido la humanidad en la historia reciente.
El propósito es desgarrar la convivencia social y política para alimentar una creciente desafección generando un continuo desasosiego, llevando al descrédito a las instituciones y al sistema democrático. Y para ello, no dudan en utilizar la mentira, difundiendo de manera sistemática falsedades y barbaridades, convirtiendo a determinados grupos de personas en situación desfavorecida o vulnerable en víctimas propicias para hacer de ellos falsos culpables a los que dirigir sus odios y justificar su ideario de xenofobia y racismo. El resultado lo tenemos con esa narrativa política de propuestas empeñadas en alimentar el odio y el desprecio contra los inmigrantes un día tras otro.
Y así van pasando los meses, pendientes de los disparates que coloca en el debate público la extrema derecha de Vox, secundados por un PP desnortado. Una semana es el peligroso burka, situado como grave problema social a pesar de que la práctica totalidad de la población no haya visto nunca en su vida uno por las calles. Otro día es la propuesta de deportación de millones de inmigrantes, aunque quienes formulan este gigantesco desvarío son incapaces de precisar a cuántos y de qué forma. Sin olvidar a los peligrosos menores extranjeros no acompañados contra los que no paran de arrojar todo tipo de salvajadas, a los inmigrantes que llegan en patera acusados de querer cobrar un Ingreso Mínimo Vital que en ningún caso podrían percibir, del “gran reemplazo” que dicen protagonizar los inmigrantes pero que quienes lo afirman no saben ni qué significa, o del malvado intento de regularizar a cientos de miles de inmigrantes en situación de irregularidad, con muchos de ellos trabajando en la economía sumergida, para que voten aunque no puedan hacerlo. Y a tanto delirio estos días se ha sumado la barrabasada de la “prioridad nacional”, algo que cada vez que alguien de Vox o del PP trata de explicar, obliga a que otra persona comparezca a continuación para desautorizar lo que su compañero ha dicho.
Es tan clamorosa la ilegalidad de esta propuesta que Vox ha impuesto al PP en sus acuerdos de gobierno firmados en Extremadura y Aragón, y que pretenden extender por toda la geografía, que produce una mezcla de hilaridad y estupefacción ver balbucear a los dirigentes del PP al son de una canción que ni siquiera saben tararear, con explicaciones tan absurdas como disparatadas, ante el regocijo de los de Abascal.
No se trata, únicamente, de la ilegalidad de una propuesta que vulnera principios constitucionales y normativas europeas fundamentales, o la vergüenza de promover leyes raciales en las políticas autonómicas, sino de comprobar cómo se manejan con desparpajo principios idénticos a los que alimentaron las leyes de Núremberg en la Alemania nazi, origen de una política de deshumanización y persecución justificadas con las diferencias por nacimiento o la pertenencia identitaria.
Bien haríamos en tratar de comprender las razones que llevan a la ultraderecha a impulsar tantas barbaridades. Por un lado, Vox quiere profundizar su imagen de partido antisistema capaz de romper con dogmas legales, manteniendo a los inmigrantes como responsables de todos nuestros males. Pero al mismo tiempo, la derecha extrema en lugar de proponer la mejora de los servicios públicos y de un Estado del Bienestar en los que no creen, o afrontar problemas acuciantes como el encarecimiento del precio de vivienda, el deterioro de la sanidad y la enseñanza, junto a las economías de supervivencia, utilizan el espantajo de la inmigración para desviar la atención sobre las causas y consecuencias de nuestros muchos desafíos, que no van a desaparecer ni solucionarse con las políticas de odio que impulsan.