Encallados en una guerra de transformación

Según ha declarado el secretario de Estado de los Estados Unidos, Marco Rubio, esta misma semana: “El objetivo de la guerra en Irán es, ahora, devolver las cosas a como estaban antes de que Trump iniciara la guerra”. Cuesta encontrar en la historia reciente una declaración de fracaso e incapacidad tan rotunda realizada por la misma potencia que ha iniciado una guerra en uno de los puntos más calientes del planeta, desencadenando una crisis global de dimensiones incalculables. De amenazar con acabar con una civilización a suplicar que se llegue a un acuerdo para dejar todo como estaba.

Hasta la fecha, el impacto para el país que inició esta disparatada aventura bélica no puede ser más desfavorable. Todas las bases estadounidenses en los países del Golfo han sido seriamente dañadas, con un coste de la guerra para el maltrecho presupuesto de los Estados Unidos que, según analistas del Pentágono, superarían los 30.000 millones de dólares, junto a una disminución histórica en sus arsenales vitales como nunca se ha visto desde la Segunda Guerra Mundial. Según datos del Centro de Estudios Estratégicos Internacionales citados por la CNN, el ejército estadounidense habría gastado el 45% de sus reservas de misiles de alta precisión, el 50% de los interceptores de defensa aérea Patriot y un 30% de los misiles de crucero Tomahawk, un armamento esencial que, con los ritmos de producción actuales, tardarán cuatro años en reponer.

Por el contrario, Irán mantendría importantes capacidades, conservando intactos 30 de sus 33 emplazamientos de misiles, un 70% de sus lanzaderas móviles y una proporción similar de su arsenal de misiles de medio alcance anteriores a la guerra, en línea con lo que estos días ha publicado The New York Times. Al mismo tiempo, la guerra ha erosionado seriamente la posición de los Estados Unidos entre sus aliados en Oriente Medio, que han visto gravemente deterioradas las bases de su economía y se sienten desprotegidos a la vista del desastroso resultado de la aventura militar emprendida desde la Casa Blanca. Y por si fuera poco, Irán ha obtenido una ventaja incuestionable al reafirmar su poder sobre el Estrecho de Ormuz e imponer el control de una vía estratégica capaz de estrangular el suministro energético mundial y colapsar la economía internacional,  implantando el cobro de peajes a los barcos que lo cruzan que dará al régimen teocrático iraní mucho más poder del que tenía antes del inicio de esta locura militar emprendida por el presidente norteamericano y su Gobierno.

Mientras tanto, Donald Trump sigue ocupado en su política de redecorar Washington y dejar para la posteridad obras inmortales, como evidencia en sus intervenciones públicas y en sus cientos de publicaciones enloquecidas en su red Truth Social. Junto al decadente Arco del Triunfo, que pretende levantar en Washington para mayor gloria y que con sus 75 metros de altura quiere ser el más alto del mundo, está el polémico Salón de Baile en la Casa Blanca, inmerso en una batalla judicial de resultados impredecibles, que según se dijo no tendría costes para los contribuyentes pero que ahora superarían los 400 millones de dólares. Sin olvidar el fiasco del estanque frente al Lincoln Memorial, presupuestado inicialmente en 1,1 millones de dólares pero que acabará costando 13,1 millones, adjudicado directamente a un empresario que ha trabajado para Trump en sus propiedades. No es exagerado señalar que en medio de una de las mayores crisis mundiales generadas por el mandatario estadounidense tras su guerra en Irán, estas son las mayores preocupaciones de un Trump absolutamente sobrepasado que, como ha recogido el Washington Post, ha hablado en los últimos meses más veces sobre su ansiado salón de baile que sobre cualquier otro problema, incluida la guerra en Irán.

Los efectos del bloqueo sobre el Estrecho de Ormuz están desangrando a los Estados Unidos y produciendo un enorme daño en todo el mundo, cuyas economías y sociedades no se han recuperado de la sucesión de crisis vividas desde 2008. Pero lo que es más grave, está generando un coste político incalculable a un país que se encuentra en las horas más bajas de su historia, rechazado por sus aliados históricos, sin que la superpotencia sepa cómo acabar con uno de sus mayores fiascos militares de los últimos tiempos.

Mientras tanto, Irán ha mostrado ante todo el mundo las costuras del poder norteamericano, aguantando la presión militar y respondiendo con una precisión e inteligencia continuada que le permite hablar en igualdad de condiciones ante una posible negociación en la que tiene una posición de fuerza a los ojos de las grandes potencias mundiales, que están tomando buena nota.

Lo que no esperábamos es que los conflictos promovidos por Trump en el mundo se convirtieran en el reflejo de la profunda descomposición de una potencia que, en lugar de comprender los problemas planetarios existenciales que nos acechan, quiere mantener una dominación imperial postcolonial en el mundo mediante el uso de la fuerza.

Como vemos en Irán, así como en otros lugares, las guerras también se transforman de manera acelerada de la mano de la profunda crisis del desorden mundial, algo que, ni los disparates, ni las amenazas, ni los desvaríos de Trump van a detener.

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