Economía crítica

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Si hay una disciplina que vive momentos de desconcierto esta es, por encima de cualquier otra, la economía. Desde hace demasiado tiempo, algunos de sus cualificados representantes, en instituciones académicas y organizaciones multilaterales, han venido repitiendo dogmas que con frecuencia han acabado en fracaso, mientras eran incapaces de aportar respuestas a algunos de los grandes problemas de la humanidad: el ascenso de la desigualdad en todo el mundo, la incrustación de grandes bolsas de pobreza cronificada, la degradación ambiental, la precarización de las condiciones de vida y de trabajo, la progresiva destrucción de empleos, los movimientos poblacionales descontrolados, el creciente poder de las grandes corporaciones transnacionales, la relocalización productiva, los elevados niveles de deuda alcanzados, la evasión fiscal y los flujos financieros ilícitos o los numerosos conflictos armados alimentados por intereses económicos de diversa índole.

La lista de desafíos a los que la economía se muestra incapaz de dar respuesta es demasiado grande, pero lo más grave es que la crisis financiera mundial fue imprevisible para la mayoría de los economistas que vivían, por el contrario, anunciando una etapa de prosperidad ilimitada. Y lo que es peor, tampoco ha encontrado respuestas efectivas para reparar los graves daños que esta gigantesca pandemia financiera ha causado en la sociedad y en el propio sistema económico, cuyos efectos son palpables. No resulta extraño, por ello, la creciente insatisfacción que desde amplios sectores de la población se viene extendiendo sobre el conjunto de la ciencia económica, a la que se ve como más como cómplice de los gigantescos desmanes que se vienen cometiendo, que como disciplina capaz de mejorar las condiciones de vida del conjunto de la población.

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Esclavos a las puertas de Europa

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El dolor cumple una función trascendental para todos nosotros en la medida en que la sensación que produce emite una señal de alerta ante una lesión, un peligro o una disfunción, avisándonos de esta forma para corregir o evitar el motivo causante de la dolencia, evitando así el riesgo que nos puede generar. Es así que la insensibilidad ante el dolor es una disfunción grave que puede provocar importantes riesgos para nuestra salud al no identificar lesiones, enfermedades o peligros para nuestro organismo. Sin embargo, de manera llamativa, nuestra sociedad se ha acostumbrado a no reaccionar ante cada vez más sucesos dolorosos que se producen, que por el contrario deberían de sacudir nuestra conciencia por su extrema gravedad. El último de ellos ha sido la emisión reciente de un documental por la cadena estadounidense CNN en el que se certifica algo que desde hace tiempo se ha venido denunciando, sin mucho éxito por cierto, como es la subasta de inmigrantes en Libia, vendidos como esclavos por poco más de 400 dólares.

La gravedad de los hechos recogidos por las imágenes no representa, ni siquiera, una mínima parte de la extrema crueldad e inhumanidad que desde hace años sufren los inmigrantes de toda África que llegan hasta este país para emprender un incierto viaje hacia Europa y que, en demasiadas ocasiones, se ha visto truncado de las formas más espantosas. Se calcula que unos 20.000 inmigrantes pueden haber sido capturados por las múltiples tribus, milicias y bandas criminales que campan a sus anchas en un país sumido en el caos absoluto, convertido en un Estado fallido seis años después de la desastrosa intervención militar europea que concluyó matando a Muamar el Gadafi. Los vídeos estremecedores de asesinatos masivos de inmigrantes capturados por algunos de esos grupos criminales que se han hecho con pequeñas zonas del país llevan tiempo en las redes sociales, sin que ningún gobierno occidental u organismo de las Naciones Unidas haya movido un solo dedo para evitar tanto espanto.
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La fábula del empoderamiento de la mujer

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La palabra “empoderamiento” está de moda y su uso indiscriminado, especialmente a la hora de hablar de la mujer, se ha impuesto. Organizaciones y activistas, políticos y académicos, junto a instituciones de toda naturaleza no paran de repetir que hay que lograr el empoderamiento de la mujer, que trabajan con ese propósito y que su logro pasa por ser un objetivo fundamental de su actuación. Naturalmente que es importante avanzar hacia ello, aunque sería bueno preguntarnos, ¿qué entienden por empoderamiento?, o también, ¿de qué manera trabajan para avanzar en ello? Y las preguntas no son ni mucho menos banales cuando hablamos de un concepto tan manoseado que ha acabado por desdibujarse.

En los manuales técnicos se define el empoderamiento como un proceso mediante el cual las personas refuerzan sus capacidades, habilidades y recursos personales para asumir un mayor protagonismo, individual y social, con la finalidad de liderar y asumir transformaciones positivas en las situaciones que viven para permitirles avanzar en la mejora de sus vidas. El empoderamiento no es, ni mucho menos, un concepto nuevo, sino que surge de los enfoques participativos y la educación popular que se generalizó en los años 60 y 70 del siglo pasado, promovidos inicialmente por Paulo Freire. Si bien es cierto que se puede aplicar sobre todos los grupos vulnerables, marginados o en situación de discriminación, su mayor desarrollo teórico y práctico se ha alcanzado sobre las mujeres, cuando en las década de los 80 comenzó a trabajarse su acceso a recursos esenciales (materiales, simbólicos y políticos), junto a un reforzamiento de sus capacidades, para llevarlas a asumir el protagonismo de sus vidas en todos los ámbitos. De esta manera, el enfoque feminista del empoderamiento, asumido y utilizado desde muchos espacios, pretende generar cambios individuales y colectivos, para lo cual se pretende modificar los procesos y estructuras que reproducen, de una u otra manera, la subordinación de las mujeres por razón de género. Es a partir de entonces cuando el concepto se ha extendido con facilidad, figurando en los objetivos destacables de las Naciones Unidas y de otras muchas instituciones internacionales, aunque para propósitos contrapuestos.

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Ahmad y Houda

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Vivían felizmente, como tantos otros matrimonios en el mundo, hasta que la guerra estalló con toda su crueldad y convirtió su ciudad en un infierno del que tuvieron que escapar para salvar su vida y la de sus dos hijos. Ahmad, el padre, había conseguido una plaza como profesor de Física en la Facultad de Ingeniería Civil de la Universidad de Alepo, en Siria, manteniendo relaciones muy cordiales con académicos de otros países. Su mujer, Houda, cuidaba de la casa y de los pequeños Fátima, de siete años, y Mazen, de tres, a los que les gustaba ir a la escuela y hacer los deberes con el padre por la tarde, cuando regresaba de la universidad.

Pero la vida es caprichosa y cambia los destinos de las personas de un día para otro. De manera que en julio de 2012 los combates que sabían se estaban produciendo en algunos lugares del país llegaron hasta su localidad, Alepo, y en pocos días la ciudad más importante de Siria, con un hermoso casco antiguo, Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, se convirtió en un campo de batalla, con bombardeos, escombros y los temidos barriles bomba lanzados desde helicópteros, con su carga de muerte indiscriminada.

Durante los primeros meses resistieron temerosos, viendo el avance de las tropas rebeldes del frente islámico, pero a medida que los combates se intensificaban y los milicianos de Al-Nusra tomaban la ciudad e imponían la Sharia más rigorista, empezaron a asustarse porque sabían de detenciones y fusilamientos. Ahmad y Houda eran buenos musulmanes, pero con una mentalidad tolerante y con buenos amigos entre profesores europeos, lo que les convertía en sospechosos. De manera que en 2014, cuando la guerra se recrudecía y los asesinatos de conocidos se multiplicaban, escaparon de Alepo por Turquía, pagando a un conocido traficante de personas con todos sus ahorros.

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A dos años de la firma de los ODS

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Dos años se han cumplido de la firma solemne por toda la comunidad internacional en las Naciones Unidas de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), los compromisos globales más ambiciosos aprobados en la historia para impulsar la formulación de una agenda mundial común en el campo del desarrollo sostenible. Si bien el documento se propone luchar contra la pobreza extrema, integra e identifica por vez primera tres dimensiones esenciales como son la económica, la social y la ambiental hasta el año 2030.

Es cierto que con anterioridad se habían aprobado otros muchos acuerdos mundiales para intervenir sobre la mayor parte de los problemas que pretenden abordar los ODS, pero la llamada Agenda 2030 plantea respuestas sistémicas a una visión global e interrelacionada del desarrollo sostenible que incorpora cuestiones tan relevantes como la desigualdad y la pobreza extrema, los patrones de consumo no sostenibles y la degradación ambiental, la defensa de los derechos humanos y la igualdad de género, junto a otros muchos avances novedosos que por vez primera deben de afrontar todos los países del mundo a la vez. Además, lo hace por medio de una metodología de intervención muy compleja que integra 17 objetivos, 169 metas y 230 indicadores altamente sofisticados, con el propósito de que el avance hacia los acuerdos adquiridos puedan ser medidos de forma precisa, reflejando así el avance hacia los ODS y los compromisos pendientes en cada uno de los países. De manera que la medición y evaluación de esta Agenda se lleva a cabo mediante informes anuales y en cada uno de los 193 estados firmantes. Bien es cierto que diferentes instituciones científicas han destacado que no pocos de estos objetivos son pura retórica, al tiempo que numerosas metas son tan idealistas como visionarias, difíciles de medir con los indicadores aprobados, como hace poco me reconocieron dirigentes de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación (FAO) en una reunión internacional.

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Las cifras del hambre en un mundo desigual

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Algo va mal en el mundo cuando, por vez primera desde hace diez años, el hambre extrema crece hasta alcanzar a 815 millones de personas, de los cuales 155 millones de niños, menores de cinco años, padecen desnutrición crónica y otros 52 millones sufren desnutrición aguda que pone en riesgo sus vidas. Las cifras, que fueron presentadas oficialmente hace pocos días por la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y Alimentación (FAO), cuando son tan abultadas e imprecisas, acaban por perder el alma y despojar de humanidad a quien realmente se encuentra detrás de ellas. Sin embargo, estas magnitudes son tan abrumadoras que no pueden llevarnos a la indiferencia, como habitualmente sucede.

Todo ello, además, cuando las Naciones Unidas y el conjunto de la comunidad internacional se propusieron en el año 2000 acabar para 2015 con el hambre en el mundo a través de los llamados Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), firmados solemnemente por 185 jefes de gobierno, pero que ante su fracaso han sido nuevamente renovados mediante los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), que han alargado hasta el año 2030 este compromiso, suscrito ahora por los líderes de 193 países de todo el mundo. De manera que, lejos de avanzar en la reducción y eliminación del hambre en el mundo, estos acuerdos internacionales del máximo nivel y compromiso parece que no están evitando que el hambre y la pobreza retrocedan. Y sucede cuando los niveles de riqueza, acumulación y desigualdad mundiales alcanzan umbrales nunca vistos.

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Refugiados: propuestas tras el fracaso

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A dieciséis días de que finalice el plazo que Europa se dio para dar respuesta a la mal llamada crisis de los refugiados, que alcanzó su máxima intensidad hace dos años y que desembocó en el solemne acuerdo del Consejo Europeo sobre Migración suscrito en septiembre de 2015 por todos los presidentes de países europeos, para acoger la exigua cifra de 160.000 personas en dos años, en régimen de reubicación y reasentamiento, podemos ya hablar de deliberado incumplimiento de este compromiso. Y con ello, un descalabro que ha certificado la indolencia sobre refugiados y migrantes forzosos como consecuencia del incumplimiento de las obligaciones jurídicas derivadas del derecho internacional en materia de asilo y refugio. Y al Gobierno español le corresponde una parte de ese incumplimiento, en la medida en que de los 17.337 asignados, únicamente ha acogido a un 11% de ellos, 1.887 refugiados en los dos años en los que el acuerdo ha estado en vigor.

Más allá de insistir en el significado de este grave fracaso político que contribuye a debilitar la credibilidad del proyecto europeo ante sus ciudadanos y ante el mundo en unos momentos particularmente críticos, dañando los principios y valores fundamentales que alimentaron la creación de la Unión Europea y erosionando las obligaciones jurídicas y éticas de Europa en materia de solidaridad y derecho internacional, es importante que tratemos de reflexionar para reforzar nuestra capacidad de respuesta ante tragedias humanitarias como las que seguimos viviendo y sin duda se repetirán.

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