La batalla de las mascarillas

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Mientras el avance del coronavirus no cesa en todo el mundo y la cifra de contagios, ingresos y fallecidos sufre un importante repunte en países como España, la amenaza de nuevos confinamientos sobrevuela nuestras cabezas a medida que aumentan, de manera exponencial, los focos y rebrotes por toda la geografía.

No hay duda de que esta nueva etapa actual, en la que las comunidades autónomas han asumido las responsabilidades sanitarias y los ciudadanos tenemos la obligación de actuar con la prudencia que exige la situación de alerta epidemiológica, hace aguas. Pero en esta ocasión, los ciudadanos, cada uno de nosotros, tenemos en nuestras manos una responsabilidad que, visto lo visto, deja mucho que desear, a juzgar por la naturaleza de los rebrotes y contagios que se están produciendo y, especialmente,por muchos de los irresponsables comportamientos individuales que estamos viendo.

Durante los meses más duros de confinamiento no paramos de escuchar gravísimas acusaciones contra el Gobierno, contra las instituciones publicas y sanitarias, contra los responsables políticos y científicos. La extrema derecha política y mediática inició una batalla sin compasión para incriminar sin miramientos a todos los que no eran ellos, acusándoles de cada uno de los fallecidos, de todos los contagiados y de los enfermos, anunciando querellas, procesamientos y condenas, como si ellos mismos encarnaran todos los poderes e instituciones del Estado. La cuestión era generar un malestar que se propagara con la misma velocidad que los patógenos, para lo cual, no dudaron en manifestarse cuando no podían hacerlo, alentando públicamente a desobedecer las recomendaciones sanitarias.

Por si todo ello fuera poco, desde esos mismos sectores de la derecha asilvestrada no dejaron de propagar bulos y alimentar enfermizas conspiraciones, señalando que esto del covid-19 era una simple gripecita, reclamando la urgente reanudación de las actividades económicas y desaconsejando el uso de mascarillas. Ahí tenemos a los Trump, Bolsonaro y Boris Johnson como encendidos partidarios de esta locura que ha causado tantas muertes, contagios y sufrimiento en sus países, por cierto, aliados negacionista de la extrema derecha hispana y ultramontana.

La herencia que todo ello está dejando en nuestro país es una sociedad cada vez más dividida y crispada, con defensores de las teorías más disparatadas, dando combustible a personas opuestas a cualquier medida o recomendación sanitaria, por sensata y razonable que sea, encontrando siempre argumentos para culpar de todo al Gobierno, a las instituciones y a los responsables sanitarios. De manera que, como todo es fruto de una conspiración tecnocomunista que en España lidera el Ejecutivo de PedroSánchez y todos los gobernantes que, eso sí, no son del Partido Popular ni de Vox, pues siempre habrá un chivo expiatorio a quien derivar nuestras responsabilidades y así, eludir nuestras obligaciones personales. Es lo que está sucediendo en esta nueva fase de la epidemia, cuando se trata de recuperar una cierta normalidad apelando a comportamientos prudentes que eviten la propagación del virus en base a las evidencias científicas existentes hasta la fecha.

Desde el primer momento en que se levantaron los confinamientos forzosos y comenzó a reanudarse la actividad económica y social, las autoridades sanitarias insistieron en tres ideas básicas para evitar la propagación del virus: limitar los contactos sociales al máximo, mantener las distancias y medidas higiénicas y, entre ellas, el uso sistemático de mascarillas en todo el espacio público, haciéndose obligatorio. Es evidente que el incumplimiento sistemático de estas medidas por algunos grupos, especialmente jóvenes, está en la base de buena parte de los rebrotes que sufrimos, lo que debería de llevarnos a pensar qué ocurre con tantos chavales carentes de empatía, ignorantes del riesgo que supone esta enfermedad para ellos y sus familiares, incapaces de atender recomendaciones sanitarias básicas por el bien de la comunidad.

Pero claro, son numerosos los adultos que han hecho de las mascarillas el símbolo de una batalla para combatir contra el Gobierno, contra las instituciones y contra esa especie de confabulación tecnocomunista que, para ellos, amenaza las libertades y atenta contra los derechos humanos básicos, según afirman. De tal manera que se han juntado una extraña amalgama de ultraderechistas, conspiranoicos, antivacunas, negacionistas, ultraliberales y descerebrados que defienden abiertamente su oposición al uso de la mascarilla, con los argumentos más delirantes. Lo mejor de cada casa para asegurar, en estos momentos, que el virus se siga propagando y poder culpar al Gobierno de ello.

Así, hace pocos días, en una de las manifestaciones celebradas en Berlín en contra de su uso, una de las pancartas más jaleadas comparaba las mascarillas con las estrellas amarillas que los nazis ponían a los judíos, mientras en Madrid, en otra concentración similar se afirmaba que si Jesucristo no tenía mascarilla para acercarse a los enfermos tampoco era necesaria ahora por el coronavirus, al tiempo que en San Sebastián, se convocaba estos días una protesta en la que se defendía que todo es fruto de una dictadura económica militar para perder todos nuestros derechos incluyendo a nuestros hijos, y en los Estados Unidos, grupos ultracatólicos partidarios de Trump señalaban que usar mascarilla era tirar por la ventana el maravillosos sistema respiratorio que Dios nos ha dado.

Seguramente no sean solo mascarillas y vacunas lo que necesitamos para combatir el coronavirus, sino profundizar y reforzar una mayor cultura política y educación ciudadana, claramente insuficientes.

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