En deuda con los abuelos víctimas del coronavirus

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Encerrados en nuestras casas mientras contemplamos como avanza este tsunami de enfermedad, muerte y sufrimiento, nos cuesta tener una idea precisa del enorme daño que esta pandemia del Covid-19 está causando. Unas veces porque tenemos talavalancha de datos, estudios, opiniones e informaciones que nos abruman y, con frecuencia, nos bloquean. Pero también, porque estamos tan angustiados ante el gigantesco dolor que adivinamos a nuestro alrededor que tenemos que tomar una cierta distancia para que la pena no nos paralice. Sin embargo, lo que está sucediendo con nuestros ancianos es un drama de tal calibre que, cuando todo haya pasado y tengamos todos los datos e informaciones, tardaremos en superarlo.

Como si de un virus diabólico se tratara, hasta la fecha sabemos que este coronavirus tiene una enorme incidencia sobre las personas mayores y aquellas con patologías previas o enfermedades crónicas de una cierta importancia. En buena medida, las personas mayores, además de tener su sistema inmunológico debilitado, arrastran con frecuencia enfermedades de distinta naturaleza derivadas de su edad, pero tambiénpor haber llevado una vida de trabajo y esfuerzo que ha castigado su organismo.

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Los liquidadores hospitalarios

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Cuando llevamos dos semanas de confinamiento, a estas alturas lo único que sabemos es que la situación que vivimos es muchísimo más dura, trágica y dolorosa de lo que se nos dijo. No estábamos preparados para este colapso y para tanto sufrimiento como vemos, hasta el punto que, ni siquiera nos atrevemos a imaginarlo en toda su dimensión. Sabemos que es hora de aguantar, de resistir, de estar en casa, de hacer lo mejor que podamos desde nuestras responsabilidades, con los nuestros, con la mucha gente que sigue trabajando para que nuestras vidas continúen, especialmente los maltratados trabajadores sanitarios.

Si hay una palabra que en estos momentos cobra todo su sentido es la empatía, más necesaria que nunca. La misma empatía que falta en tantos políticos que vivenajenos a este gigantesco drama para repetir sus envenenados mensajes tóxicos, que juegan al oportunismo propagandístico utilizando la mentira y el desprecio, que quienesdesde el minuto uno, han tratado de sacar tajada como sea, sin reparar en la angustia de tantos, de espaldas al llanto de quienes tienen familiares contagiados o han perdido a una persona querida. No es, únicamente, el sistema sanitario el que no estaba preparado para esta gigantesca pandemia; tampoco lo estaban nuestros políticos, dentro y fuera de España, como no dejan de demostrar cada día que pasa.

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De los aplausos a la reconstrucción

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Como si camináramos sobre el hielo que se resquebraja bajo nuestros pies, vivimos tiempos de cambios y transformaciones desconcertantes en los que la lucha por el papel higiénico de doble capa se ha convertido en la verdadera lucha de clases. Por vez primera países, sociedades y grupos sociales hemos adoptado una bandera común que se ha convertido en signo de bienestar y tranquilidad, pero que también ha desatado los peores instintos en quienes han tratado de acaparar rollos y rollos de papel por encima de sus necesidades, sin importarles los demás, sin caer en la cuenta de que solo pensando en los otros podremos salir de ésta. 

Durante los últimos cincuenta años, el pensamiento político y las estructuras económicas impuestas protegieron y santificaron los intereses privados frente a las necesidades colectivas de la sociedad. La acumulación de papel higiénico es la expresión mundana de esa acumulación de riqueza desmedida y de capitales arrogantes que han impulsado un buen número de dirigentes políticos e ideólogos en todo el mundo. Su religión predicaba valores enfermizos como el individualismo frente a la ética colectiva, la competitividad frente a la cooperación, el éxito económico desmedido por encima de todo como han venido sermoneando numerosos líderes sin principios. Y para ello, han sacralizado un mercado que solo ha servido para alimentar los procesos de desigualdad económica y social más gigantescos que nunca se han visto, pero que se pone de lado ante una crisis de escala desconocida como la que atravesamos. Pero siempre dañando al Estado a favor de sus intereses privados. La esencia de este pensamiento la explicaba muy bien Rodrigo Rato en su comparecencia ante el Congreso de los Diputados por la crisis de Bankia y el rescate multimillonario pagado con dinero público, cuando afirmó sin complejos: «Es el mercado, amigo». Así trataba de eludir responsabilidades ante el saqueo de la entidad.

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Generación Coronavirus

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Cuando vivimos un momento histórico, con frecuencia, no tenemos conciencia de su trascendencia hasta que no ha pasado y contamos con una cierta perspectiva. Esto es lo que nos ocurre en estos momentos con la pandemia del Covid-19, un acontecimientotrascendental que va a cambiar el mundo y nuestras vidas de una manera muy profunda, al tiempo que está obligando día a día a todos los países, en mayor o menor medida, a adoptar decisiones inimaginables.

Para quienes hemos asistido a la caída del Muro de Berlín y al estallido de la Unión Soviética, las crisis nucleares de Chernóbil y Fukushima, la Gran Recesión iniciada en 2008, la crisis de los refugiados en el Mediterráneo de 2015, el Brexit y la ruptura de la UE y el avance del cambio climático, esta pandemia, cuyo final todavía no está escrito, se suma a una larga lista de sucesos que están marcando nuestra generación. Se habla mucho de los efectos sanitarios y en la salud del coronavirus, del papel de los servicios médicos, de epidemiología, virología, prevención, contagios, vacunas, pero hasta la fecha se habla muy poco de las profundas transformaciones sociales y políticas que este SARS-CoV-2 va a traer, además del enorme daño para la economía mundial que va a causar.

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