Sometidos al griterío y la degradación a la que se ha llevado a la política y a un buen número de instituciones en los últimos años, en coincidencia con el avance del autoritarismo reaccionario, olvidamos con frecuencia la importancia de pensar, planificar y trabajar sobre aspectos cruciales del futuro. Es así como nuestra responsabilidad sobre las próximas generaciones ha sido sustituida por un presente continuo inmerso en un barrizal que parece ensuciar todo lo que toca, impidiéndonos poner las luces largas para mirar por encima del insulto y la barbaridad cotidiana que nos roban tantas energías.
A duras penas conseguimos que la política no encalle día tras día, dejándonos sin fuerzas y a veces hasta sin aliento como para darnos cuenta de los procesos y experiencias apasionantes que están teniendo lugar en otros países, precisamente para tratar de anticipar un futuro tan complejo mediante cauces innovadores que implican de manera decisiva a la sociedad.
Con el nombre “Panel de futuro”, ha tenido lugar en Noruega durante el primer semestre de este año 2025 un proceso político participativo de alcance nacional absolutamente innovador, basado en la democracia directa deliberativa, que ha tratado de debatir, reflexionar y sentar las bases sobre decisiones políticas fundamentales para las generaciones futuras, implicando a las más altas instituciones del país. Es un proceso poco conocido que huye del cortoplacismo con el que trabaja, con frecuencia, la política, impulsando cambios en los paradigmas de la gobernanza del país y de la sociedad noruega.
A lo largo de seis meses, 56 ciudadanos en el marco de la llamada “primera asamblea ciudadana nacional Noruega” llevaron a cabo un trabajo continuado para reflexionar y proponer medidas concretas encaminadas a que un país tan rico use adecuadamente sus recursos en el futuro, tanto para la prosperidad y el bienestar de las siguientes generaciones como para contribuir al desarrollo del mundo.
A diferencia de los procesos habituales en los que cargos políticos y expertos son quienes los lideran, este “Panel de futuro” ha permitido a los ciudadanos de a pie, seleccionados mediante un proceso representativo y dotados de conocimientos necesarios en diferentes campos, participar en un trabajo de reflexión y debate encaminado a identificar propuestas operativas que guíen las decisiones políticas a adoptar. Para ello, las recomendaciones finales elaboradas por este panel fueron presentadas al parlamento noruego en el mes de mayo, con el compromiso de dotarlas de forma jurídica y crear un comisionado específico para trabajar por su implantación en los próximos años, garantizando así la sostenibilidad y justicia intergeneracional de las propuestas.
Un proceso similar, aunque no tan ambicioso, se llevó a cabo el año anterior en Gales, llegando a aprobar la llamada “Ley de bienestar de las generaciones futuras”, en el marco de un amplio debate participativo bajo el denominador de qué país querían dejar los ciudadanos a sus hijos y nietos, dando como resultado siete grandes objetivos a largo plazo que sirven de guía en las políticas públicas. Todo ello se enmarca en el proceso impulsado por Naciones Unidas que anima a los gobiernos a adoptar un pensamiento a largo plazo que tenga en cuenta a las siguientes generaciones.
El caso de Noruega es particular, al disponer del mayor fondo soberano del mundo, con unos recursos de 1,8 billones de euros, generados por los ingresos procedentes del petróleo y el gas natural, habiendo asumido un compromiso firme por alcanzar objetivos muy ambiciosos relacionados con el cambio climático, la degradación ambiental y el calentamiento global en el país y a nivel mundial, lo que supone una cierta paradoja.
Las recomendaciones elaboradas por la “Asamblea ciudadana nacional Noruega”, recogidas en diecinueve puntos principales, muestran un consenso ciudadano en usar la riqueza del país bajo criterios de justicia, sostenibilidad y responsabilidad intergeneracional buscando el mayor impacto social y ambiental, no solo en Noruega, sino también en el resto del mundo, especialmente en aquellos países más desfavorecidos.
Entre las propuestas más importantes acordadas destacan un uso ético y responsable de los recursos procedentes de petróleo y el gas bajo criterios de fuerte sostenibilidad, justicia social y rentabilidad social en Noruega y con el mundo; el fortalecimiento de la democracia, la participación ciudadana y el pensamiento crítico impulsando las asambleas ciudadanas y los procedimientos de democracia directa; la solidaridad y cooperación global mediante inversiones en salud, educación e infraestructuras en países empobrecidos, reforzando iniciativas climáticas internacionales basadas en criterios éticos; la priorización del desarrollo sostenible a través de energías verdes y renovables, la economía circular y la reducción del consumo; y avanzar en la seguridad nacional y la innovación tecnológica identificando amenazas geopolíticas, regulando el uso ético de la inteligencia artificial y mejorando las infraestructuras.
Pensar a largo plazo supone apostar por un futuro esperanzador, lejos del ruido y los oportunismos habituales, fuera de los ciclos políticos coyunturales, abandonando los enfrentamientos que monopolizan, con frecuencia, la política. Hacerlo representa, también, una deuda moral con las generaciones futuras. Y llevarlo a cabo mediante mecanismos democráticos participativos distintos asegura un mayor compromiso intergeneracional. Ojalá pudiéramos trabajar así también en nuestro país, en nuestras ciudades y comunidades autónomas.
