Defender a unas Naciones Unidas maltrechas

En un momento tan solemne como la apertura anual del octogésimo período de sesiones de Naciones Unidas, las improvisadas bravuconadas de barra de bar pronunciadas por Donald Trump fueron mucho más allá de las fanfarronadas y provocaciones a las que nos tiene acostumbrados con hartazgo. En sus ochenta años de vida, nunca un dirigente mundial se atrevió a lanzar desde la tribuna del salón más noble del edificio de la Asamblea General tal cantidad de mentiras, disparates, majaderías y descalificaciones sobre el conjunto de los países asistentes y, en particular, sobre la propia institución que le acogía.

Reivindicar recibir un Premio Nobel, cuya concesión es ajeno por completo a las Naciones Unidas, presumir de matar a tripulantes de barcos con el ejército bajo sus órdenes en alta mar, afirmar que los aerogeneradores son malos porque se oxidan, decir que el cambio climático supone la mayor estafa del mundo, difamar al alcalde de Londres por ser musulmán, señalar como estúpidos a los países que acogen inmigrantes, jactarse de ser muy listo y un gobernante excepcional y reprochar, entre otros muchos desvaríos, a las mismas Naciones Unidas que no eligieran su presupuesto de reforma por valor de 500 millones de dólares cuando era promotor inmobiliario, y otras muchas majaderías suponen un delirio tan disparatado como indigno, que siendo benévolos solo se explicaría desde una profunda enajenación mental repleta de maldad.

Trump ha entrado, por mérito propio, en las páginas más negras de la historia contemporánea, ocupando un lugar abominable en la larga y compleja historia de Naciones Unidas, institución fundamental creada tras la Segunda Guerra Mundial para construir un mundo distinto impulsando la paz y la seguridad internacional mediante el diálogo, la promoción del bienestar y la cooperación, velando por el respeto de los derechos humanos. En su enloquecedor discurso, Donald Trump insistió en desacreditar todos y cada uno de estos propósitos que, aunque más voluntaristas que reales, tratan de alejarnos de la barbarie en la que, con frecuencia, se sumerge la humanidad.

Pero ni mucho menos, la mala educación y el desquiciado discurso pronunciado por Trump en Naciones Unidas estos días supone un momento de puntual de ofuscación, en alguien acostumbrado a un comportamiento patológicamente narcisista. El 4 de marzo de este año se debatió el “Día internacional de la coexistencia pacífica”, con una declaración habitual repleta de buenas intenciones y plagada de retórica. Sin embargo, por primera vez en la historia, el representante de los Estados Unidos, Edward Heartney, se opuso radicalmente a esta simple declaración de buenas intenciones que contó con el voto a favor de 162 países, mientras que únicamente tres, (Estados Unidos, Israel y Argentina), votaron en contra. Días después, Estados Unidos se opuso a crear un “Día internacional para la esperanza” y otro “Día internacional para el bienestar judicial”, rechazando resoluciones que reclaman cuestiones tan básicas como el derecho a la educación de todos los niños.

A todo ello hay que sumar la retirada de EE. UU. de instituciones multilaterales clave como la Organización Mundial de la Salud, de los acuerdos climáticos de la Cumbre de París, del Consejo de Derechos Humanos, de la Agencia de Ayuda a los Refugiados Palestinos, de la Organización para la Educación, la Ciencia y la Cultura, además de negarse a pagar las cuotas obligatorias comprometidas con la organización que ascienden a miles de millones de dólares.

Por si fuera poco, la invasión rusa de Ucrania, la impunidad con la que Israel viene actuando desde hace tiempo en Gaza y Cisjordania junto al genocidio que está cometiendo contra la población palestina, el bombardeo y la destrucción de infraestructuras sanitarias y educativas básicas de esta organización por Israel, así como el asesinato de cientos de técnicos de las Naciones Unidas, sin olvidar las amenazas contra las vidas de los magistrados del Tribunal Internacional de Justicia que instruye la causa por genocidio contra las autoridades israelíes, han hundido a esta importante institución multilateral en una de sus más profundas crisis que afecta, no ya a una credibilidad arrasada, sino a su propia existencia.

Y sin embargo, defender e impulsar el sistema de Naciones Unidas, al que pertenecen 193 países, es actualmente más importante que nunca, a pesar de que dirigentes mundiales como Donald Trump se alegraran de su desaparición. Con todas las imperfecciones y críticas que podamos señalar, y son muchas, Naciones Unidas es el único foro internacional que existe en el que el diálogo diplomático entre países trata de hacer avanzar, con grandes dificultades, una sociedad internacional que identifique los retos globales más urgentes, como la degradación ambiental y el cambio climático, la paz y la seguridad, las nuevas amenazas para la salud y su prevención, la regulación de la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías, la lucha contra la pobreza y la reducción de las desigualdades, además de luchar por la dignidad humana, entre otras muchas. Todo ello desde criterios de cooperación internacional, solidaridad global y respeto, justamente lo que faltó en momentos en los que la humanidad se despeñó por devastadoras guerras.

Uno de los mejores secretarios generales en la historia de Naciones Unidas, Dag Hammarskjöld, afirmó poco antes de ser asesinado cuando trataba de negociar la paz en la guerra de Katanga: “Deberíamos morir con decencia para que la decencia pueda sobrevivir”. Y es que trabajar por la supervivencia de la maltrecha Naciones Unidas es, también, una cuestión de decencia.

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