El desconcierto de las ONG ante la descomposición internacional

Desde que las ONG fueron reconocidas formalmente en el artículo 71 de la Carta de San Francisco de 1945, documento fundacional de las Naciones Unidas, hasta la actualidad, el mundo sobre el que estas organizaciones intervienen ha cambiado de manera extraordinaria hasta el punto de que ni las ONG a las que mencionaba este acuerdo internacional son las mismas, ni tampoco la sociedad global en las que estas organizaciones han ido desarrollando un trabajo que las ha convertido, por mérito propio, en vehículos preferidos para movilizar la acción colectiva en causas tan amplias como contrapuestas.

Ahora bien, el mundo que emerge tras décadas de una dañina globalización neoliberal presenta rasgos inquietantes de la mano de un ascenso de regímenes autoritarios que están fracturando el multilateralismo, socavando las bases democráticas y de libertades, de espaldas a los gigantescos desafíos ecosociales que tienen la humanidad y el planeta, cambiando por completo el espacio en el que han venido interviniendo las ONG.

El avance de la economía digital y la extensión de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, junto al ascenso del autoritarismo de corte neocolonial en el mundo, han planteado un nuevo escenario que coloca a las ONG ante grandes dilemas, como consecuencia de un novedoso marco disruptivo que no se vivía desde que estas organizaciones surgieron.

La cosmovisión autoritaria e imperialista de estos gobiernos, de la mano del neoliberalismo con profundos rasgos filofascistas que impulsan, ha roto las frágiles bases democráticas en las que se desenvolvían las ONG, dislocando un desorden mundial muy precario en el que se sustentaba la humanidad. Para estos gobiernos autoritarios no hay límites políticos ni éticos, ni tampoco acuerdos jurídicos vinculantes o instituciones internacionales a las que respetar, queriendo reformular un nuevo sistema internacional en el que marcan sus reglas en función de sus apetencias, a través de un feudalismo digital sobre la base de un liberalismo reaccionario sin normas, donde la democracia, el derecho internacional, el consenso global o los acuerdos multilaterales son obstáculos por eliminar. Todo ello abre un gigantesco desafío existencial para la humanidad que está poniendo en peligro las bases mismas de la convivencia pacífica y la estabilidad del planeta.

Se entenderá, por tanto, los profundos cambios que se están produciendo sobre el espacio operacional en el que intervienen las ONG, pero también sobre su propia existencia, ya que en muchos casos estas organizaciones y las causas que defienden son vistas con desprecio por estos gobiernos autoritarios, al ser considerados como enemigos a eliminar, algo que aquí repiten sin miramientos los responsables políticos de la extrema derecha de Vox en las instituciones en las que tienen presencia, y que no es desmentido ni rechazado por sus socios del Partido Popular.

Investigadores, científicos, académicos, universidades, instituciones, organizaciones sociales, todos parecen encontrarse sobrepasados por una realidad corrosiva que ni siquiera, quienes toman las decisiones más trascendentales, aciertan a explicar porque en muchas ocasiones, carecen de cualquier lógica racional. Son procesos de un enorme calado que también afectan a las ONG, que se ven arrastradas por este poderoso tsunami en el que a duras penas son capaces de mantenerse a flote, tratando de sobrevivir en este nuevo escenario tan salvaje, en medio del desconcierto.

Pero no basta con sobrevivir en medio de la barbarie. Si las ONG renuncian a la utopía, a su capacidad de transformación, contestación y movilización social, están abandonando su esencia y lo que la sociedad espera de ellas, para convertirse en simples administradores del miedo ante el colapso y la incertidumbre. Las ONG no pueden participar en gestionar la doctrina del shock pidiéndonos que vivamos en un estado de excepción permanente, acomodándonos a la incertidumbre causada por el capitalismo de colapso.

El poder de las ONG no está en las subvenciones que reciben ni en el dinero que gestionan, sino en su capacidad para reivindicar la utopía y vencer al pesimismo reivindicando la esperanza, manteniendo el sueño de una mejor sociedad y trasladando ilusión frente a la barbarie. Y esto es muy importante ya que hay ONG que han convertido la disponibilidad de recursos en el fin de su trabajo, prescindiendo de otras formas de intervención social e institucional no monetizadas.

Frente a esta deriva, las ONG deben tomar de conciencia sobre las causas estructurales del sufrimiento que buscan aliviar, una condición indispensable para que las ONG puedan interpretar adecuadamente las gigantescas transformaciones que vivimos: el desmantelamiento del multilateralismo, la erosión de derechos, la captura del espacio público por intereses privados, y la emergencia de una violencia global que amenaza con redefinir el poder en el siglo XXI.

Se trata de reconectarse con los movimientos sociales, con las personas que sufren, con las luchas globales por el clima, la igualdad, los derechos de los pueblos y la paz. Es tomar partido por una sociedad democrática, justa y plural en un momento histórico en el que una supuesta neutralidad se convierte, con frecuencia, en complicidad.

Solo así, con una mirada crítica, un profundo compromiso ético y una voluntad de transformación real, las ONG podrán seguir siendo lo que la sociedad espera: instrumentos de cambio, pensamiento crítico y acción colectiva en medio de la barbarie y frente al desencanto.

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