
En la magnífica película de Nicholas Ray “Johnny Guitar”, el protagonista, encarnado por Sterling Hayden, pide a Vienna, su amor, interpretada magistralmente por Joan Crawford en una escena que ha pasado a la historia del cine, que le mienta y le diga que le quiere. Vienna afirma que le quiere y continúa repitiendo todas las frases mentirosas que pronuncia Johnny. Cinismo y amargura, engaño consentido. De la misma forma, cada vez con más frecuencia escuchamos lo que queremos oír sin detenernos en saber si es cierto ni aceptar que nadie pueda defender algo que nos saque de nuestras convicciones, aunque sean falsedades descomunales.
Y es que la mentira, el bulo, la impostura cotizan al alza en esta era de odios, negacionismos y conspiraciones que, con el nuevo mandato de Donald Trump en la Casa Blanca, se están convirtiendo en la argamasa de su gobierno. Lo pudimos comprobar en ese mitin surrealista que dio tras su toma de posesión, jaleado allí por los asistentes y por los seguidores que se reunieron en el estadio Capital One Arena, de Washington. En un discurso habitualmente tan solemne como histórico, medios como la CNN encontraron más de veinte afirmaciones falsas, junto a innumerables amenazas, desplantes, descalificaciones e insultos. Pero para Trump forman parte del andamiaje sobre el que se sustentan sus políticas, las señas de identidad de esa extrema derecha global que encuentra, en el primer presidente condenado por 34 delitos graves, su líder patriarcal.
La verdad cotiza a la baja y está más devaluada que un peso argentino. En política, el compromiso con la verdad se está convirtiendo en una rareza al ser despreciado por cada vez más votantes y ciudadanos, a los que no les interesan los engaños empleados para desacreditar a rivales y enemigos. Nada importa si nos muestran un mundo inexistente e imposible o si nos señalan con una cruz a los chivos expiatorios de nuestros descontentos, alimentándonos una cosmovisión construida a base de enemigos, odios, miedos y violencias de todo tipo. Hasta nuestro noqueado presidente de la Generalitat, Carlos Mazón, ha reconocido esta semana que él de mentiras sabe mucho, algo de lo que podemos dar buena cuenta, desde luego.
Es algo que ya explicaba Maquiavelo en el siglo XVI en “El Príncipe”, al señalar que los engaños de los gobernantes no solo eran legítimos para mantenerse en el poder, sino también fáciles de realizar a personas centradas en sus necesidades momentáneas, hasta el punto de que quien engaña siempre encontrará a quien se deja engañar. Y así crece en el mundo la semilla del egoísmo, la intolerancia y el odio que esta nueva extrema derecha global extiende como la pólvora.
El problema es que el uso sistemático de la mentira en la política, como vienen haciendo de manera continuada las fuerzas ultraderechistas posdemocráticas, tiene otra finalidad añadida mucho más peligrosa, como es que la gente acabe por no creer en nada al no ser capaces de distinguir entre la verdad y la mentira. Es lo que señaló la filósofa Hannah Arendt, en su trabajo sobre “La mentira en política”, al señalar que el uso sistemático de la mentira no tiene como objetivo que la gente crea en ellas, sino garantizar que nadie crea en nada. Lo podemos ver en estos momentos a un lado y otro del mundo, en cualquier nivel y país, desde el genocidio en Gaza y la guerra en Ucrania hasta en la dana de Valencia. El desprecio por la verdad facilita la destrucción de la política y el auge de autoritarismos de todo tipo, acompañados ahora por ese tecnofeudalismo de cibermagnates que, además de acumular una riqueza insolente, tratan de controlar el nuevo orden digital comunicacional y, además, dominar el poder político para ponerlo a su servicio.
Con más actualidad que nunca, la misma Arendt retrataba en sus trabajos los peligros que, como vemos con el nuevo mandato de Trump y toda esa multinacional del odio que se extiende por el mundo, adquiere particular vigencia, al afirmar: “Un pueblo que no puede distinguir entre la verdad y la mentira, no puede distinguir entre el bien y el mal. Y un pueblo así, privado del poder de pensar y juzgar, está, sin saberlo, completamente sometido al imperio de la mentira.” Es verdad que la autora lo escribió pensando en los nazis, pero ahora cobra más fuerza, cuando algunos de los que actúan de esta manera afirman que Hitler era comunista para justificar sus barbaridades.
Lo llamativo es que, entre mentiras y mentiras, no ocultan su crueldad, ni disimulan su intolerancia, ni tratan de camuflar ese gigantesco egoísmo con el que actúan. Y si no que se lo digan a la obispa episcopaliana Mariann Edgar Budde, quien ofició una ceremonia religiosa por la investidura de Trump en la Catedral Nacional de Washington en cuya homilía pidió misericordia hacia los inmigrantes, los niños y la comunidad LGTBI. Algo tan sencillo como la “compasión”, que todo creyente debe practicar y comprender, pero que a Donald Trump, quien no deja de manosear a Dios y a la religión, le ha ofendido extraordinariamente, hasta el punto de exigir públicamente disculpas a esta prelada. Pocas dudas hay de que una persona como Trump, que presume de poder disparar a quien quiera en la Quinta Avenida de Nueva York sin perder votos, como ha llegado a afirmar, usa la religión como una pieza más del gigantesco delirio que ha construido y alimenta.
No solo misericordia vamos a necesitar para sobrevivir en esta era de la impostura que atravesamos.