
En medio de tantas transformaciones como las que vivimos, el sector de las ONG no es ajeno a la irrupción del avance de la Inteligencia Artificial (IA) que se está impulsando sobre la cooperación al desarrollo y las políticas de solidaridad con algunos perfiles preocupantes a los que no se presta atención.
No estamos, únicamente, ante una cuestión tecnológica a través de una herramienta que promete transformar el sector y llevar a las organizaciones sociales a un cambio revolucionario, como algunos apuntan, sino ante debates de un profundo calado sobre el sentido, los objetivos y las motivaciones que mueven a estos colectivos a intervenir en sectores y colectivos que merecen su atención, desde profundas motivaciones éticas.
Hay quienes sostienen que el poder de los algoritmos puede ser el elemento que favorezca el desarrollo de las personas y del planeta en estos momentos a través de una IA solidaria, capaz de dar un nuevo impulso a la cooperación oficial española. Incluso se llega a solicitar que se fomente la creación de una “Marca España Digital” que abra nuevas vías de colaboración empresarial y una mejora en el desempeño de la cooperación española, pasando por alto la controvertida trayectoria de nuestra política de cooperación, sus debilidades históricas y los retos estructurales que tiene pendientes desde hace décadas.
Naturalmente que la IA, como otros muchos avances tecnológicos, impulsa mejoras técnicas de una enorme importancia con una repercusión indudable que abre innovaciones apasionantes, algunas de las cuales ya estamos manejando para optimizar procesos. Pero se nos trata de mostrar la IA en el mundo de las ONG y de la solidaridad como una solución fantástica, alejada de debates políticos e ideológicos, que proporciona una aparente tecnificación higiénica en el trabajo de estas organizaciones y en el sector de la solidaridad.
Sin embargo, se omite cómo se está diseñando esta Inteligencia Artificial Generativa, los valores, intereses, sesgos y los profundos impactos sociales, económicos y ecológicos que hay detrás de ella, al reproducir algunos de los desequilibrios y desigualdades que las ONG pretenden combatir: pobreza, racialidad, desigualdad, discriminaciones de género, brecha digital, invisibilidad de minorías, exclusión, acumulación y concentración de poder. La IA no es ni neutra ni aséptica ya que se crea con intereses económicos deliberados de la mano de poderosísimas empresas tecnológicas que diseñan un autoaprendizaje dirigido bajo unos determinados criterios, que no son precisamente imparciales.
Pero, sobre todo, la IA no puede pasar por alto que son las decisiones humanas basadas en el imprescindible cálculo político y los recursos económicos necesarios los que permiten avances sensibles en materia de satisfacción de necesidades básicas, lucha contra la pobreza, desarrollo e impulso en el bienestar.
Cuando la pobreza, las hambrunas, la crisis ecosocial, el calentamiento global y la miseria en el mundo avanzan como no se conocía desde hace décadas, afirmar que la IA es la novedad para dar respuesta a estos problemas es, sencillamente, tratar de engañar sobre su verdadero origen y sus causas. Hasta el punto de que sin una conciencia crítica, podemos acabar por maquillar o incluso reforzar muchos de los problemas sobre los que intervienen las ONG, al pretenderse que una herramienta instrumental elimine la conciencia crítica imprescindible en el trabajo social y del desarrollo. Es por ello por lo que la Inteligencia Artificial no puede reemplazar, en ningún caso, el necesario juicio político ni la imprescindible conciencia crítica que requieren los procesos de transformación social que impulsan las ONG. Su uso debe ser ético, regulado y subordinado a principios de equidad, justicia y respeto a los derechos humanos básicos.
Disponer de herramientas de aprendizaje automático profundo mediante sistemas algorítmicos que tratan de replicar el pensamiento humano en el procesamiento de datos complejos supone un salto colosal que da un poder extraordinario a quienes dispongan de ellas. Al mismo tiempo, conseguir que esa inteligencia artificial sea generativa y pueda crear contenido propio a partir de datos existentes, utilizando para ello modelos avanzados basados en las redes neuronales, abre un territorio desconocido en el que, junto a increíbles progresos, aparecen también importantes riesgos, algunos de los cuales ya están tomando forma y nos advierten de la urgente necesidad de regular aspectos básicos de esta IA.
La enorme brecha social y de desigualdad que la IA plantea y las grandes tecnológicas que dominan estas tecnologías encarnan son solo la punta del iceberg en el que se asientan otros peligros tangibles a los que ya hay que hacer frente. La huella física y medioambiental de los grandes centros computacionales a través del uso de enormes cantidades de energía y agua, así como sus emisiones de carbono, el entrenamiento algorítmico aplicando sesgos discriminatorios, la ruptura de la privacidad y la vulneración de derechos, el uso militar en conflictos bélicos junto a su falta de control y opacidad son algunos de esos riesgos que ya tenemos entre manos y que necesitamos gestionar con urgencia. Por ello, se necesita lo mejor de nuestra inteligencia para evitar lo peor de la tecnología en unos momentos en que desde gobiernos autoritarios quieren impulsar la IA al servicio de sus intereses posdemocráticos y eliminar las políticas de solidaridad en el mundo.