
En muy poco tiempo, la humanidad se ha adentrado en un tenebroso abismo en el que estamos perdiendo a toda velocidad los valores y referencias morales básicas y de respeto que de manera extraordinariamente precaria sostenían nuestra convivencia. Y no se trata, únicamente, del desacomplejado grupo de salvajes, liderado por Donald Trump, instalado en la Casa Blanca, que se han propuesto desatar los instintos violentos más feroces de la sociedad mediante la violencia armada y las amenazas, para imponer su proyecto imperial.
Se trata, también, de la propagación de ese ideario venenoso de autoritarismo reaccionario que se extiende por el mundo basado en acciones y políticas inhumanas contra los más débiles y vulnerables frente a la defensa abierta de los intereses de los más poderosos, presumiendo de utilizar la fuerza, de criminalizar, estigmatizar y deshumanizar a los que se consideran como inferiores, residuos sociales que no pueden interponerse en el proyecto autoritario que impulsan estos dirigentes posdemocráticos.
Lo vimos a finales del pasado año en Badalona, con el desalojo de 400 inmigrantes que malvivían desde hace años en las ruinas de un instituto abandonado a las afueras y que fueron arrojadas a la calle por la policía mientras su alcalde, Xavier García Albiol, del Partido Popular, presumía de ello sin dejar de lanzarles insultos y descalificaciones. Mientras, muchos de los desalojados, trabajadores extranjeros con papeles pero sin alojamiento o inmigrantes vulnerables que trabajan en la economía informal, tenían que resguardarse como podían bajo un puente para protegerse malamente del frío del invierno. Y este alcalde lo hacía con el encendido apoyo de la cúpula del PP y de su presidente Núñez Feijóo, incumpliendo abiertamente el mandato judicial que le obligaba a dar respuesta social a estas personas, al tiempo que presumía de contar en Badalona con el árbol de Navidad más grande de España, con cuarenta y tres metros de altura y quince de diámetro.
Crueldad contra los más débiles, bulos y falsedades, desprecio al estado de derecho, inhumanidad, junto al uso de la fuerza para imponer un ideario político carente de escrúpulos morales que la derecha extrema y la extrema derecha extienden por todo el mundo como gasolina en una hoguera. La novedad es que el Partido Popular y sus dirigentes, a lo largo y ancho de todo el país, se han subido al carro de este pogromo, quitándose las caretas y defendiendo abiertamente la desintegración del sentido de humanidad.
La decadencia y desintegración del mundo occidental y de sus valores está en marcha, tomando cuerpo de muchas maneras: cuando agentes de la policía contra los inmigrantes en los Estados Unidos disparan a bocajarro a la cabeza de una activista por los derechos humanos impidiendo que se acercaran después las ambulancias o cuando un alcalde del PP en Badalona presume de poner en la calle en pleno invierno a cuatrocientas personas que carecen de un lugar en el que dormir y asearse; con una dirigente de la ultraderecha política en el PP no se cansa de insultar y llamar entre risas públicamente “hijo de fruta” al presidente del Gobierno o cuando líderes de la extrema derecha de Vox proponen enviar barcos de la armada a alta mar para hundir a las pateras con inmigrantes desesperados que llevan días jugándose la vida en el mar.
El resultado de todo ello lo tenemos delante de nosotros en forma de envilecimiento de la convivencia democrática, voladura de las reglas legales e institucionales básicas, extensión del odio y de la violencia que se justifican para imponer por la fuerza los fines que estos dirigentes promueven. Es el mismo patrón que se repite allí donde estos políticos reaccionarios gobiernan o aspiran a gobernar con perfiles neofascistas cada vez más aterradores, algo que está calando en una parte de la población al igual que lo hizo el nazismo en la sociedad alemana en el período de entreguerras.
Para estos dirigentes, el racismo es una fórmula eficaz para activar otros fanatismos, como ha demostrado la historia y ahora algunos se empeñan en impulsar. Y si no que se lo digan a ese grupo de personas, partidarios del alcalde del PP en Badalona, que se concentró para oponerse a que organizaciones sociales dieran alojamiento temporal en una parroquia, alimentos e higiene al grupo de personas que dormía bajo un puente tras el desalojo durante una ola de frío. El racismo institucional se ha transformado en racismo social de la mano de todos estos políticos irresponsables que llevan años cultivando un día tras otro la semilla del odio.
Tras la Segunda Guerra Mundial se imaginó un mundo al que se trató de dar una apariencia de legalidad, de democracia y de justicia con unas reglas multilaterales básicas que, al menos, fingían la existencia de un precario orden mundial regido por un supuesto respeto. Todo ello ha saltado por los aires en el peor momento de la historia reciente, mientras la UE sigue actuando con un servilismo vergonzoso, apelando a un derecho internacional que hace tiempo Estados Unidos y otros países han decidido dinamitar.
Es tanto lo que hay en juego que no se comprende que la Unión Europea acepte su creciente irrelevancia, con una progresiva pérdida de respeto internacional, aumentando todavía más su debilidad en estos momentos cruciales en los que se descomponen las bases de la humanidad. Próxima parada, Groenlandia.