La sociedad democrática y el cambio climático

Entre las numerosas amenazas que tenemos entre manos, el cambio climático es una de las más importantes, afectándonos de manera decisiva al causar transformaciones que impactan de lleno sobre nuestro presente y condicionan nuestro futuro. Su gravedad se entiende por las profundas alteraciones que se están produciendo en las temperaturas y los patrones climáticos de todo el planeta a una velocidad e intensidad sin precedentes en la historia de la humanidad, debido a la utilización intensiva de combustibles fósiles, junto a la emisión masiva y continuada de gases de efecto invernadero a la atmósfera, dando lugar a un calentamiento global que todos percibimos.

No es casual que numerosos dirigentes mundiales estén llamando la atención sobre la gravedad de este fenómeno, como hizo el presidente brasileño Lula da Silva en la inauguración de la pasada 30º Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, en noviembre del pasado año, al afirmar que “el cambio climático no es una amenaza para el futuro, sino una tragedia del presente”, o algunas de las muchas advertencias que viene haciendo el propio secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, sobre la crisis climática, llegando a señalar que “la humanidad ha abierto las puertas del infierno”, pidiendo a los líderes mundiales acciones climáticas ambiciosas y creíbles.

Posiblemente no exista un problema mundial que suscite tanta unanimidad entre la comunidad científica internacional por su gravedad e impacto, acreditado a través de un gigantesco volumen de datos, investigaciones y estudios publicados. En ellos, diferentes investigadores alertan de las graves consecuencias que este cambio climático está teniendo para la estabilidad del sistema terrestre y el mantenimiento de las condiciones que permiten la vida, con un enorme potencial desestabilizador en términos sociales, humanos, económicos y políticos.

Al mismo tiempo, se están difundiendo análisis que llaman la atención sobre los desafíos democráticos que plantea este cambio climático en nuestras sociedades y que no debemos pasar por alto por su alto potencial desestabilizador. Hasta el punto de señalar que las respuestas políticas al cambio climático determinarán, en buena medida, el futuro de la convivencia democrática en la comunidad internacional, obligando a redefinir las responsabilidades de los Estados frente a los gigantescos retos globales que se avecinan.

Las medidas urgentes que reclama la comunidad científica internacional para hacer frente a los efectos tangibles del cambio climático, en línea con los acuerdos de las cumbres mundiales en la materia, avanzan con muchas dificultades y a una velocidad equivocada. Hasta el punto de que numerosos gobiernos, a distintos niveles y en diferentes países, reciben críticas significativas por amplios sectores de la población, e incluso a importantes rechazos hacia algunas de las decisiones acordadas para avanzar en la descarbonización, en las estrategias de mitigación y en las medidas de adaptación.

A ello se suma, también, el negacionismo sobre la existencia de cambio climático alguno, acompañado de la generación de bulos y la difusión de mentiras que en la sociedad actual se extienden como la pólvora a través de las redes sociales, alcanzando un inmerecido protagonismo. Ahí tenemos, como ejemplo, las teorías enfermizas sobre las estelas de condensación de los aviones, a los furiosos defensores de que la Tierra es plana como una mesa o a los retorcidos conspiradores que sostienen que el agua de lluvia es robada por un grupo de magnates para acumularla en cuevas subterráneas y acabar así con gran parte de la población mundial, por poner algunos ejemplos de estos desvaríos.

Lo peor es cuando grupos de extrema derecha de todo pelaje se apuntan a hacerse eco y difundir estas barbaridades disparatadas como estrategia para generar malestar y desestabilizar a instituciones y gobiernos en todo el mundo, contribuyendo con ello a desacreditar los esfuerzos científicos mundiales para afrontar el cambio climático y sus efectos. Es lo que necesitan estos grupos negacionistas que, en medio de este mundo agitado y convulso, encuentran el caldo de cultivo para tener su minuto de gloria y difundir sus venenosas teorías. Y así se alimenta un rechazo creciente hacia las políticas frente al cambio climático y hacia los científicos que trabajan en este campo.

Pero tampoco podemos ignorar que la crisis climática y un buen número de medidas que se vienen desplegando para hacerla frente están generando un malestar creciente entre clases medias y trabajadoras, al sentirse excluidas de los procesos de decisión, teniendo que aprobar medidas que impactan de lleno en su vida y en su trabajo. La descarbonización, la movilidad, la transformación de las ciudades y las limitaciones a los vehículos privados, por ejemplo, son actuaciones que impactan de lleno en muchas personas, viendo cómo se deterioran sus condiciones de vida, sin un horizonte claro de mejora.

Es importante que nuestros sistemas democráticos sepan gestionar estos malestares sociales, dando la oportunidad a las personas preocupadas de compartir sus temores, conocer sus implicaciones e intervenir en las decisiones que se tomen. En definitiva, no sentirse excluidos de los procesos de decisión, algo que vale para otros muchos problemas ciudadanos.

La esperanza es, también, una forma de transformación social, frente a esa “futurofobia” o “ecoansiedad” que recogen algunos estudios ante el avance desbocado del cambio climático. Porque, además, la esperanza no está reñida con la comprensión y visibilización de los malestares, algo necesario para para construir futuros esperanzadores.

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