Criptomonedas y desigualdad

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En muy poco tiempo, el blockchain, las criptomonedas y criptodivisas, entre las que sobresale el bitcóin, se han metido de lleno en nuestra sociedad, ocupando debates e informaciones de todo tipo, a pesar de no saberse a ciencia cierta qué son y desconocer en gran medida sus efectos.

De hecho, con frecuencia, se habla de la cotización del bitcóin como si del euro se tratara, conociéndose comercios de distinta naturaleza que dicen admitir el pago en bitcóin, aunque no parece que sepan bien lo que harán cuando les entreguen un código QR impreso en un papel a cambio de la compra. Por las calles de nuestras ciudades empezamos a ver tiendas que ofrecen unos equipos bien feos para minar criptomonedas, de la misma forma que se ofrecen taladros para extraer oro en los supermercados cercanos a las montañas de Alaska. Incluso una gran cadena de alimentación anuncia la posibilidad de conocer la trazabilidad de sus alimentos mediante “tecnología blockchain”, como si ello fuera la mayor garantía de salud, calidad y frescura de lo que comemos. En países del Este de Europa se están sustituyendo numerosas granjas de aves por granjas de minería de criptomonedas, aprovechando el bajo precio de una electricidad que, en muchos de ellos, sigue subvencionada por el Estado, mientras surgen numerosos estudios que llaman la atención sobre el descomunal consumo de energía eléctrica que necesitan estas nuevas labores de minería, hasta el punto que en ciudades como Nueva York se están desmantelando instalaciones mineras ilegales de criptomonedas para evitar que se puedan producir apagones. Todo ello, mientras proliferan los anuncios para invertir en estas monedas virtuales, prometiendo rentabilidades ilimitadas. Sin embargo, la realidad parece ser otra muy distinta.

Son muchos los expertos e instituciones que están llamando la atención sobre la gigantesca burbuja especulativa que se ha construido en torno a estas criptomonedas virtuales que se mueven en un submundo de opacidad, alta tecnología, secretismo y volatilidad extrema. A la imparable caída del Bitcóin, que acumula un desplome superior al 75% en el último año, se suma el hundimiento de otras muchas monedas digitales como el Ethereum, Ripple, EOS, Litecoin y XRP, con reducciones que en algunos casos oscilan entre el 90 y el 99% de su valor, desvelándose que otras muchas han sido simples estafas promovidas por “criptosinvergüenzas” que se amparaban en el anonimato que ofrecen las tecnologías informáticas de cadenas de bloques. Algo que a nadie puede extrañar, ya que una parte fundamental de las transacciones económicas delictivas que se realizan en la actualidad, incluso de actividades criminales, como secuestros, extorsiones, venta de armas o delitos por encargo que se ofrecen desde la Deep Web, el Internet profundo y oculto dedicado a ello, se pagan por adelantado mediante bitcoines irrastreables para la Policía.

Sorprende, por ello, el anuncio de un nuevo mundo más libre, democrático y feliz de la mano de estas monedas virtuales desarrolladas mediante una tecnología digital encriptada de encadenamiento de bloques, accesible a muy pocos, sin control ni supervisión de ningún tipo, como si de la llegada de una sociedad libertaria se tratara. Por el contrario, la concentración de criptomonedas en muy pocas manos (anónimas, eso sí), el acceso a una tecnología cara y sofisticada que exige dedicar plataformas de minado de manera continuada y de forma ininterrumpida durante las 24 horas del día para trabajar en estas criptomonedas y la irrupción de sociedades internacionales opacas especializadas en la criptominería conforman un mundo inquietante y oscuro, apetecible para todo tipo de delincuentes. De tal forma que, según estimaciones del profesor de la Universidad de Nueva York Nouriel Roubini, hasta el 99% de todas las transacciones de criptomonedas son blanco sistemático de hackers de todo pelaje, que han encontrado en estas criptodivisas un suculento e imperseguible negocio, ya que a diferencia del dinero real, cuando este dinero virtual es hackeado, se pierde para siempre, sin posibilidad alguna de recuperación.

Por si fuera poco, el 40% de todos los bitcoines del mundo están en manos de poco más de un millar de personas, al tiempo que un pequeño grupo de empresas, concentradas en países poco democráticos como Rusia, China o Georgia, controlan tres cuartas partes de la actividad de criptominería en el mundo, constituídas en forma de cárteles anónimos, como se ha destacado desde la Universidad de Harvard en un reciente informe. No es por ello descabellado que analistas internacionales e inversores, tan conocedores del mundo de las finanzas como el magnate Warren Buffett, sostengan que las criptomonedas tendrán un mal final.

Tampoco parece que esa tecnología que se anuncia como universalmente fiable, basada en el encadenamiento de bloques de datos en las operaciones realizadas por Internet, sea ni tan fiable ni tan revolucionaria. El blockchain es muy lento en su formulación y requiere para ello de ingentes cantidades de electricidad, hasta el punto de ser energéticamente ineficiente. Pero no parece que una tecnología restringida, en manos de grupos anónimos y en países inciertos, sea la más adecuada para que sea depositaria de nuestro dinero. De manera que lejos de ofrecer certezas, el avance de las criptomonedas plantea demasiados interrogantes, abriendo de cuajo numerosos espacios de desigualdad en el mundo que se suman a los ya existentes.

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