Lecciones en Afganistán

Con la dificultad que tiene valorar los acontecimientos históricos cuando se están produciendo, no hay ninguna duda de que estamos asistiendo a una derrota de los países occidentales en Afganistán, por muy esperada que fuera, y a una tragedia humana de consecuencias todavía incalculables sobre buena parte de la población afgana, especialmente para sus mujeres y niñas.

No se trata únicamente de las vergonzosas y humillantes imágenes de la retirada a las que estamos asistiendo y el abandono a su suerte de buena parte de la población afgana, que permanecerán como símbolos icónicos de las dos décadas fracasadas de invasión militar estadounidense y de la OTAN en el país. Hablamos del desastre geoestratético y sus inciertos efectos que va a causar tras otras guerras desastrosas anteriores sobre Irak, Siria y Libia, cuyas consecuencias llevamos años sufriendo.

Muchos de los mismos muyahidines que ahora han declarado el emirato islámico de Afganistán fueron apoyados por los Estados Unidos en la década de los ochenta, cuando combatían contra el ejército de la Unión Soviética, al que la administración norteamericana denominaba como “imperio del mal”, en palabras de Ronald Reagan. Para ello, recibieron apoyo, dinero, ayuda militar y armamento, como los famosos misiles Stinger, que sirvieron para derribar primero a los helicópteros soviéticos y después amenazar a las aeronaves de las fuerzas occidentales. Pero todos esos combatientes extremistas de la fe comprometidos con la yihad, que durante años fueron útiles a los estadounidenses hasta expulsar al ejército de la URSS de Afganistán, en 1988, extendieron la guerra por el país para acabar con pastunes, hazaras, tayikos y sunitas que se oponían a la imposición de la purificación religiosa y la creación del emirato que impulsaban los talibanes, mientras daban cobijo a muchos de los grupos musulmanes extremistas del mundo, que encontraron en el país una magnífica base de operaciones para extender el terrorismo global.

Allí fueron acogidos por los talibanes el jordano Abu Musab al Zarqaui, militante salafista y líder de Al-Qaeda en Irak, el propio Osama Bin Laden, fundador de Al-Qaeda, enviado por los servicios secretos saudíes para apoyar la lucha de los muyahidines en Afganistán, o el argelino Mokhtar Belmokhtar, dirigente de Al-Qaeda en el Magreb Islámico. Todos ellos se convirtieron, años después, en responsables o impulsores de algunas de las mayores acciones terroristas contra los países occidentales por todo el mundo.

Es difícil encontrar errores tan graves como los cometidos por los Estados Unidos en Afganistán desde hace tanto tiempo y con un impacto tan devastador. Primero, con su apoyo a los talibanes contra la Unión Soviética en los ochenta, sembrando el germen para convertir el país en base de operaciones del terrorismo global. Posteriormente, con la intervención militar y el mantenimiento de la guerra en el país durante veinte años. Y, ahora, tras la firma con los talibanes por la anterior administración de Donald Trump de los acuerdos secretos de Doha, con aroma de rendición, suscritos en febrero de 2020 por su secretario de Estado, Mike Pompeo, con el Mullah Abdul Ghani Baradar, líder de los talibanes, que ha dejado todo el país y a sus habitantes en manos de este grupo extremista musulmán en cuestión de días.

Es así que muchos se preguntan qué liderazgo en el mundo puede pretender una potencia, como Estados Unidos, capaz de montar este gigantesco pandemónium después de 20 años de guerra en Afganistán, generando tal caos e incertidumbre que ha obligado a los países aliados de la OTAN, a los que pidió que le acompañaran en su aventura militar, a desarrollar con urgencia planes de evacuación desesperados para sus tropas y personal en un país entregado a manos de combatientes armados yihadistas. Aunque claro, esta retirada caótica no es sino el colofón del gigantesco desastre que los norteamericanos han alimentado en el país de la mano de sus indiscriminados bombardeos, su apoyo a unas élites corruptas y la entrega del país a sus contratistas y empresarios.

En el año 2019, responsables del Banco Mundial y de la Casa Blanca vivieron un momento de tensión cuando desde la administración norteamericana se exigió que no se publicara una importante investigación realizada por el BM. En ella, Jørgen Juel Andersen, profesor de la Norwegian Business School; Niels Johannesen, profesor de la universidad de Copenhagen, y Bob Rijkers, economista del Banco Mundial, demostraron cómo Afganistán, el país que más ayuda al desarrollo recibía del mundo, se había convertido también en el más corrupto e ineficiente. Hasta el punto de que los envíos de ayuda desde los Estados Unidos al país coincidían con el ingreso de importantes cantidades en cuentas opacas radicadas en paraísos fiscales a nombre de sus dirigentes.

Mientras tanto, su población, machacada por años de guerras e invasiones, no ha dejado de ver empeorar sus condiciones de vida, contemplando como sus gobernantes títeres, elegidos por la administración norteamericana, vivían con lujos y esplendores propios de los emires en un país cuya mayor riqueza procede del cultivo del opio, generando hasta el 30% de sus ingresos, según las Naciones Unidas.

Ojalá los países occidentales hayamos aprendido algunas de las numerosas lecciones que ofrece nuestro fracaso en Afganistán, empezando por dejar de imponer gobiernos a golpe de ejércitos y guerras. Pero ahora es el momento de la solidaridad con sus gentes ante lo que viene.

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