
Cuanto más se conoce sobre la cruenta guerra que Estados Unidos e Israel han desencadenado contra Irán, más cuestionables son las razones que se escuchan para justificarla y más cínicos se muestran los defensores de tanta muerte y devastación sobre la maltratada región de Oriente Medio, una vez más. Como en tantas otras tragedias vividas, desde las guerras de Irak y Siria, al genocidio en Gaza o la invasión de Libia, asistimos a las mismas mentiras, idénticas atrocidades, el mismo ritual de destrucción que trata de justificar algo inaceptable.
Ya lo anunció el general estadounidense Wesley Clark en 2007 cuando afirmó: “Vamos a deshacernos de siete países en los próximos cinco años”, siendo el último de ellos Irán. Con más retraso del anunciado, el plan se ha cumplido al milímetro, dejando cuatro millones de muertos y cuarenta millones de desplazados, a la espera del desenlace de la guerra en Irán.
Una manera de resumir lo que está sucediendo en esta república islámica sería comprender que misiles estadounidenses de 4 millones de dólares, lanzados desde aviones que cuestan 350 millones cada uno, cuya hora de vuelo supera los 85.000 dólares, matan a personas que viven con menos de 11 dólares al día. Así son las guerras que se vienen sucediendo desde hace años. No se trata únicamente de que Estados Unidos e Israel impongan sus caprichos por la fuerza a base de bombas, ignorando el derecho internacional y a unas Naciones Unidas maltrechas. Además, son capaces de secuestrar y asesinar a los líderes mundiales de dos países tan distintos como Venezuela e Irán en cuestión de semanas. Resulta revelador que con ambos gobiernos se estuvieran llevando a cabo negociaciones prometedoras que la administración de Trump cortó de raíz y que los dos países tengan inmensas reservas de petróleo.
Si alguien ha incumplido de manera sistemática sus acuerdos y compromisos una y otra vez ha sido Estados Unidos. En el año 2015, Irán y Estados Unidos durante el mandato de Obama, con la participación de Rusia, Francia, Reino Unido, China, Alemania y la UE, firmaron un complejísimo “Plan de Acción Integral Conjunto” (JCPOA por sus siglas en inglés) conocido comúnmente como el “Acuerdo nuclear con Irán”, por el que este país aceptaba renunciar a su programa de armamento nuclear, sometiéndose a inspecciones periódicas del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) a cambio de eliminar las sanciones económicas contra Irán. Pero Israel nunca aceptó este acuerdo y no dejó de trabajar para reventarlo, hasta que con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca consiguió la retirada estadounidense del pacto, aprobando a continuación un paquete de duras sanciones contra Irán. Al mismo tiempo, Israel mantuvo un continuo hostigamiento hacia la cúpula militar y religiosa del país con repetidos atentados, bombardeos y la eliminación selectiva de sus dirigentes, sin dejar de agredir al régimen iraní.
La respuesta de Irán fue emprender un rearme que incluyó la reanudación del enriquecimiento de uranio ante lo que se veía como una amenaza existencial. A su vez, el empeoramiento de las condiciones de vida por las sanciones de los EE UU y el endurecimiento salvaje del férreo mandato de la teocracia chií represiva, provocaron numerosas protestas que recibieron una bárbara respuesta. Este escenario, sumado al hostigamiento de la inteligencia occidental, llevó al régimen a una situación extrema que le obligaba a reeditar un nuevo acuerdo nuclear, cuyas negociaciones avanzaban por buen camino en las últimas semanas. Pero la presión de Israel por destruir y acabar con su tradicional enemigo y avanzar en su proyecto bíblico del “gran Israel” en la región, ha llevado a Trump a esta aventura tan peligrosa a la que han bautizado con el rimbombante nombre de “Operación Furia Épica”.
Su significado es muy claro: una auténtica huida hacia adelante de un imperio en decadencia que ha renunciado a liderar mediante el consenso para defender su cuestionado poder a través de amenazas comerciales, coerción y fuerza militar, al margen de cualquier respeto al derecho internacional más elemental. Por el camino, trata de hacerse con el control de hidrocarburos y recursos estratégicos, dejando que el Estado genocida de Israel siga exterminando pueblos y arrasando países, tratando de obstaculizar el dominio chino en la globalización, al tiempo que sigue pulverizando todo el sistema multilateral y de Naciones Unidas construido con tantos esfuerzos como limitaciones tras la Segunda Guerra Mundial.
En los Juicios de Núremberg, de 1945 a 1946, la guerra de agresión ilegal fue definida como el “crimen internacional supremo” por el tribunal internacional, tipificando estas agresiones como “crímenes contra la paz”, sirviendo para establecer responsabilidades penales contra los jerarcas nazis. Nada distinto a lo que han iniciado Estados Unidos e Israel contra Irán.
Y entre tanta locura, el gobierno de Pedro Sánchez ha defendido con firmeza la paz, el derecho internacional y el rechazo a la guerra, junto al respeto hacia nuestro país. La soberanía de un Estado o se ejerce o se pierde junto a la dignidad; algo que parece ignorar, una vez más, el Partido Popular al defender el apoyo ciego a esta nueva locura de Donald Trump. Y presumen de patriotismo.