Inmigración y multiculturalidad

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Los fenómenos migratorios ocupan por mérito propio un espacio relevante en nuestras sociedades globales y en todos los Estados, tanto del Norte como del Sur. Mientras pensábamos que la globalización se definía en base a la primacía económica, financiera, comercial y productiva, una nueva categoría de cuestiones, fundamentalmente humanas, han cobrado una nueva dimensión, siendo los movimientos de personas, tanto por su magnitud y repercusión como por la multiplicidad de sus ángulos de influencia, uno de los aspectos más relevantes, tanto para los países emisores de inmigrantes como para los países receptores. Pero especialmente para nuestras ciudades, que se están alimentando permanentemente de la llegada continua e ininterrumpida de extraños, de diferentes, de nuevas culturas y personas a través de la inmigración.

Posiblemente no haya un fenómeno humano que determine al mismo tiempo y de forma tan relevante tantos planos en la práctica totalidad de los países de la Tierra; hablamos por tanto de un fenómeno global por excelencia, causa y consecuencia como pocos del proceso de globalización mismo. Y España inicia el siglo XXI con una sociedad manifiestamente distinta, donde la inmigración es una realidad que exige su conocimiento en línea con la relevancia social y económica que tiene.

La inmigración que ha empapado nuestras ciudades de nuevas texturas, es un medio natural a partir del cual enriquecer nuestra convivencia, algo que podemos ver con claridad en el conjunto del Estado.

Algunas tesis sobre multiculturalidad, inmigración y los cambios sociales 

1-    La multiculturalidad se reinventa cada día a través de la convivencia misma. No es por tanto un proceso estático, sino extraordinariamente dinámico, que las migraciones contemporáneas y la globalización hacen que sea imparable y han generalizado a lo largo y ancho del planeta, aunque con perfiles e intensidades distintas en los distintos espacios geográficos.

Las culturas deben ser entendidas como procesos en constante recomposición, generando dinámicas heterogéneas con resultados diferentes en función de los momentos históricos considerados, si bien en la actualidad producen esencialmente diversidad.

Esta diversidad es un factor esencial de la especie humana, pero para prosperar se necesita conocer el espacio común, el mínimo común denominador que hace posible entenderse y pensar en el futuro común que se construye. La sociedad intercultural es por tanto un espacio de conflicto cotidiano, donde pueden coexistir distintas costumbres y hábitos, siempre y cuando se respeten los valores democráticos y nuestro Estado de derecho, como un mínimo común denominador incuestionable.

2-    La sociedad de mercado en la que vivimos hace que el dinero sea la llave para facilitar la penetración e integración de nuevos elementos culturales (por extraños que puedan ser), su implantación e incluso que sean socialmente bien aceptados o rechazados, y no el que procedan de culturas próximas, de países cercanos o de prácticas ajenas a las nuestras.

La globalización se está haciendo fundamentalmente a partir de elementos económicos y financieros, lo que se traduce en que el capital económico y financiero se haya convertido en la principal fuente normativa de este proceso. Todo ello hace que las personas se estén reduciendo a una dimensión fundamentalmente económica, donde el consumo y su poder adquisitivo funciona como un factor de integración de primer orden también entre los inmigrantes, por encima de cualquier otro.

La posición en la estructura social de los inmigrantes viene determinada así por su situación económica, hasta el punto que sus cambios en la escala social o la aceptación de sus conductas, por ilícitas que estas puedan ser, están estrechamente relacionados con su solvencia económica y su poder adquisitivo.

3-    La multiculturalidad no es una práctica tranquila, sino el resultado de un proceso de intercambios, luchas y negociaciones identitarias extraordinariamente complejas, y en ocasiones llenas de agitación, pero que necesitan de la construcción de una normalidad, es decir, del reconocimiento del otro como actor social y cultural en condiciones de igualdad a partir del respeto de valores universales.

Tenemos demasiados ejemplos de ciudades que vienen despreciando su propia cultura, ya sea en su Patrimonio Arquitectónico, su patrimonio ecológico o medioambiental, o su patrimonio histórico. De esta forma, el mayor peligro para la preservación de nuestra exigua cultura no son ni mucho menos los inmigrantes, como a veces se dice, sino nosotros mismos, precisamente quienes más responsabilidades tenemos en preservar este patrimonio vendido al mejor postor, ya sean inmobiliarias, constructoras, bancos o grupos económicos. Sin embargo, hacemos de los inmigrantes chivos expiatorios idóneos para culparles de todos nuestros males y para responsabilizarles de las insuficiencias que hay a nuestro alrededor.

4-    Los inmigrantes no tienen como tal “conciencia de clase”, entendida como una nueva superestructura social, y ello es una de las claves del fracaso del asociacionismo inmigrante que se sustituye por poderosas redes de solidaridad, más eficaces que muchas asociaciones.

Precisamente, una de las claves de éxito en los itinerarios personales de los inmigrantes está en relación con la construcción de redes de solidaridad personal fuertes que son capaces de construir, y que suplen muchas deficiencias institucionales y discriminaciones existentes. Estas redes de solidaridad posibilitan una convivencia más sólida, mientras que su ausencia facilita situaciones graves de desestructuración personal, y sin embargo constituyen un ejemplo de grupos informales existentes en nuestras ciudades y que a todo el mundo pasan desapercibidos.

5-    Sin embargo, tan dañinos son para comprender adecuadamente el hecho migratorio los falsos paternalismos como el realce de trasnochados indigenismos que se empeñan en ofrecer una visión angelical y desvirtuada de la inmigración.

En la inmigración hay también personas y grupos que quieren obtener privilegios de su condición de inmigrantes, o que pretenden mantener arcaicas preferencias y disfrutar a la vez de mayores ventajas comparativas.  Uno de esos ejemplos podemos encontrarlo en la situación de la minoría gitana de Europa del Este, probablemente uno de los mayores desafíos para la convivencia que tienen que resolver las sociedades occidentales, donde los hombres tratan de mantener situaciones insostenibles de un patriarcado absolutamente discriminatorio a expensas de mujeres y niños, vulnerando derechos absolutamente elementales en sus propias familias, testimonio elocuente de un choque de culturas difícilmente sostenible en las sociedades contemporáneas y poco justificable.

6-    Por ello, la respuesta en nuestras ciudades a la inmigración, al multiculturalismo, no puede ser la complacencia a través de la construcción de nichos étnicos o madrigueras culturales, como se están dando ya en algunos países y en algunas ciudades.

La creación de zonas segregadas por nacionalidades no puede conducir a nada positivo y enriquecedor, sino a la creación de espacios de marginación, exclusión e incomprensión y a la generación de tensiones sociales.

7-    Por ello, me parece esencial que dejemos de encerrar al inmigrante en su diferencia, en su origen o su país de procedencia, como si ello tuviera un carácter primordial por encima de la experiencia social que construye día a día.

La inmigración no es un estigma de por vida, como algunos parecen sostener, sino una condición derivada de una decisión personal motivada generalmente por causas forzosas de tipo económico y político. La apuesta debe ser que el inmigrante deje de ser tal y pueda convertirse en ciudadano, vecino, persona en todas sus dimensiones, aunque bien es cierto que estos son los espacios que le son con frecuencia vetados, y que actualmente las leyes impiden su libre desarrollo.

8-    Pero para ello va a hacer falta que muchos responsables públicos dejen de actuar con la irresponsabilidad que lo hacen y no dificulten la vida plenamente normalizada de los inmigrantes.

        Así las cosas, la diversidad que aporta la multiculturalidad no se legisla, sino que se practica en la medida en que es fundamentalmente un rasgo social fruto de la convivencia. Y estamos demostrando que la inmigración es un factor asumible en términos de normalidad social, a pesar de los problemas, disfunciones e insuficiencias evidentes que también existen en muchas de nuestras ciudades. Hemos señalado algunos elementos relevantes para favorecer y comprender los fenómenos de convivencia y la multiculturalidad. Pero ni mucho menos se agotan en estos puntos.

        Ante todo ello tenemos la obligación de adoptar una actitud social y política favorable hacia la multiculturalidad, la convivencia respetuosa, la formación de sociedades plurales que enriquecen cultural y económicamente nuestras ciudades, huyendo así de visiones que generen fragmentaciones. Así, deberemos actuar desde una cohabitación respetuosa basada en la aceptación de normas sociales comunes y principios éticos universales socialmente válidos y alejados de cualquier tentación de asimilación, donde las simples políticas caritativas o asistenciales, policiales y de control de fronteras, puedan dar paso a otras mucho más amplias y ambiciosas, donde las ciudades y municipios tienen mucho que decir. Para ello es importante comprender y facilitar los movimientos de ida y vuelta a sus países de origen, que son mucho más importantes de lo que se creen. Al mismo tiempo resulta urgente romper los círculos viciosos de la exclusión, de la marginalidad y de la precariedad social y económica relacionados con la integración sociolaboral de los inmigrantes en nuestro país, y que cobran especial relevancia en momentos de crisis.

        En mi opinión, nuestro futuro, la calidad de nuestra convivencia y el fortalecimiento de nuestro sistema democrático va a depender de que seamos capaces de hacerlo, y es mucho lo que nos jugamos en ello. Y a pesar de todo, por difícil que sea, tenemos que intentarlo día a día, desde nuestras ciudades, desde nuestro trabajo, en nuestra convivencia cotidiana, sabiendo que el camino a recorrer no es sencillo.

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