La descomposición de la UE a ritmo de pandemia

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Muchos pensábamos que la década fallida de políticas de austeridad expansivas había arrojado enseñanzas imprescindibles para todos, pero nos equivocamos. En cuanto la Unión Europea ha podido, vuelve, una vez más, a demostrar que es la administradora de los intereses y capitales del norte de Europa frente a los países del sur, convertidos enlastres para su proyecto político hegemónico. Lejos de entender que la actuación irresponsable de la Troika (formada por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional) durante los años de la Gran Recesión fue desastrosa, que su desdén hacia el sufrimiento de las sociedades del sur y su incapacidad paramostrar la más mínima empatía social y política han sido el caldo de cultivo para el ascenso del fascismo en el viejo continente y la extensión de grupos xenófobos ultranacionalistas, vuelven a la carga con renovada soberbia.

Ahora es el coronavirus la excusa para querer imponernos su proyecto “biopolítico” con el que decidir el futuro de los países del sur de Europa, muy dañados por la pandemia y sus efectos, debilitados en sus cimientos económicos y sociales. No son los virus los únicos agentes patógenos que buscan enfermar nuestros debilitadoscuerpos, también son las políticas que exigen los gobiernos de Alemania y Países Bajos.

De manera que estos países del norte de Europa proclaman, sin reparo alguno, suproyecto de sociedad superior en medio de la pandemia, en la que defienden prescindir de todos aquellos abuelos que estén gravemente contagiados y generen un elevado coste en su atención sanitaria, al poner en riesgo su proyecto supremo de protestantismo neoliberal. Incluso se consideran, también, con autoridad para decir a otras sociedades cómo deben vivir, qué sacrificios deben hacer y hasta si tienen que poner en riesgo las vidas de sus ciudadanos para asumir el camino recto del austericidio presupuestario que nos vuelven a exigir en la UE. Incuso llegan a culparnos de sufrir una epidemia, negándose a aprobar un mecanismo de solidaridad europeo como los eurobonos.

Este proyecto de selección social, defendido de tapadillo durante la década de crisis desde 2008 con las políticas aplicadas por la Troika, ha sido desempolvadonuevamente en cuanto los contagiados y fallecidos han empezado a extenderse por Italia y España, como si tuviéramos que pagar por alguna culpa. Europa edificada sobre un neocolonialismo eugenésico que castiga a países como España. El principio del fin de Europa. El neoliberalismo llevado a sus últimas consecuencias, que premia a aquellos países que siguen con rectitud sus ciegos dictados, incluso ante la pandemia más dañina que ha vivido la humanidad en los últimos cien años.

Los refugiados e inmigrantes forzosos tampoco han sido personas merecedoras de la ayuda de la UE y ahora tampoco lo somos los países afectados, en mayor medida,por el coronavirus a los que, según ellos, se nos castiga por derrochadores, por no dejar a los abuelitos morir en las casas como tributo para que la economía pueda seguir avanzando, como han defendido públicamente gobernantes de Alemania y Países Bajos.Años llevamos cuidando a sus jubilados, a los que hemos dado atención sanitaria y hospitalidad, pero nosotros nunca se lo reprochamos.

El próximo paso será conseguir, junto a la inmunización virológica, la inmunización política, para que en el futuro los países enfermos del sur no contagiemos a la Europa del norte ninguna peligrosa patología: la alegría, la fiesta, la celebración, la vida en la calle, el gusto por el buen comer y el buen vivir, la proximidad y afectividad social, esa manera indisciplinada de disfrutar, como elementos que ponen en peligro la austeridad, la contención y el rigor de los países protestantes del norte.

España ha sido siempre un mal ejemplo para esas naciones europeas que encarnan el rigor del neoliberalismo. Uno de los países con mayor esperanza de vida, con uno de los más eficaces sistemas sanitarios del mundo y con menor coste en relación a sus coberturas, con el mejor sistema universal de trasplantes, capaz de reconocer la atención sanitaria a los inmigrantes, donde los profesionales sanitarios gozan de un importante prestigio social, supone un obstáculo para los proyectos privatizadores de las grandes multinacionales financieras y corporaciones mundiales de seguros del norte de Europa, que sueñan desde hace años por hincar el diente a nuestro sistema nacional de salud y llevarse un buen trozo del pastel. Y todo ello, además, cuando nuestra sanidad y nuestros servicios públicos han sufrido la locura de los recortes y la austeridad que con fiereza nos obligaron a aplicar desde las instituciones europeas, las mismas que ahora se niegan a ofrecer ayudas ante la devastación creada por la pandemia.

El coronavirus representa, para algunos líderes europeos, la ocasión parapulverizar uno de los proyectos de salud pública más eficaces del mundo, que viene a cuestionar los proyectos de privatización sanitaria que defienden. Sin embargo, la negativa insolidaria y humillante de Alemania y Países Bajos, siquiera a valorar la posibilidad de activar los eurobonos ante una tragedia de las dimensiones que sufrimospaíses como Italia y España, supone la cuenta atrás para la voladura de un proyecto europeo en el que tanto creímos y que tanto ha hecho por defraudarnos.

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