Entre el miedo y la incertidumbre

Hace pocos días, un compañero de la universidad me confesaba que no sabía si jubilarse porque veía muchas incertidumbres sobre el futuro. Y daba en el clavo, porque a la hora de tomar decisiones, de gestionar nuestra vida, la incertidumbre ante el mañana, el miedo a lo que pueda suceder y el temor a lo imprevisto son emociones fundamentales que explican, en buena medida, nuestras decisiones y comportamientos, pero también nuestros miedos y zozobras, que no son pocos. Y es que un porcentaje muy alto de la población mundial vive soportando riesgos inminentes cada vez mayores, ante los cuales no hay respuestas.

Efectivamente, la ansiedad y la angustia ante las dificultades para gestionar lo que pueda suceder por la falta de certezas sobre el futuro llenan las consultas de psicólogos, en mayor medida en tiempos como los actuales, en los que solo tenemos como seguridad un presente repleto de preocupaciones. Así el mañana, el futuro, nos aparece como algo borroso, repleto de variables cada vez más incomprensibles, que se escapan de nuestro alcance y a veces hasta de nuestra comprensión, pero que se multiplican de manera exponencial.

Llevamos cerca de dos años sometidos a la evolución de una pandemia global de la que todavía no se conoce bien el origen ni se vislumbra su final. Pero a ella se han sumado los interrogantes sobre la eficacia de la vacunación, la aparición de nuevas cepas, la actitud de unos negacionistas que con su insensatez llenan las UCI en hospitales de muchos países, la extenuación de un sistema sanitario y de unos profesionales que están al límite de sus posibilidades, la irresponsabilidad de algunos políticos que siguen jugando de manera partidista con las cifras y el sufrimiento de la gente. Y en medio de todo ello, nos encontramos una economía global que no acaba de reestablecerse, el aumento de la pobreza y precariedad generado por la pandemia, un mercado de trabajo dañado, un buen número de países en los que la inmunización no avanza o experimenta pasos hacia atrás, una cadena global de suministros con graves problemas, deficiencias en las cadenas logísticas y de transporte, falta de materias primas esenciales, encarecimiento de productos básicos, escalada de precios en bienes de consumo, serios problemas en el suministro de energía con una subida de precios imparable, dificultades para el diálogo y acuerdo entre las fuerzas políticas allá donde mires. Y para colmo, un volcán que no para de lanzar lava y provocar destrucción.

A la vista del panorama que vivimos, es fácil comprender las dificultades de muchos para gestionar adecuadamente la ecuación entre la esperanza ante un futuro mejor y el miedo que genera tanta incertidumbre, algo sumamente importante. Hasta el punto de que, si la esperanza es mayor que el miedo, el futuro se afronta con optimismo y hasta con ilusión, pero si por el contrario gana el miedo en esa ecuación, el mañana nos intimida y nos causa angustia. No es casual, por ello, que se abran paso frases que reflejan, bien a las claras, el miedo a un mañana que desconocemos, como la que afirma: “Más vale malo conocido, que bueno por conocer”. Puro realismo vital.

En tiempos como los actuales, repletos de noticias intranquilizadoras, acumulando sobresaltos continuados que nos hacen difícil mantener la esperanza, el miedo se contagia a una velocidad mayor que el coronavirus, impulsado también por quienes lo utilizan en provecho propio, que no son pocos. Y ahí es donde se multiplican los profetas del miedo, profesionales de vivir de los temores que alimentan sobre personas repletas de incertidumbres, especialistas en anunciar catástrofes futuras, en propagar profecías de caos y terror.

En unos sitios son los negacionistas con teorías delirantes sobre la maldad de las vacunas y su propósito de controlar la humanidad a través de microchips inyectados en las dosis; en otros son líderes políticos que anuncian la quiebra de España y una hecatombe económica mientras sonríen a mandíbula batiente en las fotos que acompañan estas enloquecidas declaraciones; sin olvidar aquellos que protagonizan caravanas del odio por los barrios pobres de muchas ciudades en las que van pregonando su discurso xenófobo y violento contra la gente que sale adelante como puede en esos lugares humildes. ¿Cómo no va a haber miedo e incertidumbre sobre el futuro cuando tantos profesionales a sueldo de la política viven de predicar pesadillas un día tras otro?

Y ahí es donde algunos encuentran el espacio para obtener rentabilidad, ya sea económica a base de vender miedo a que te roben y a que un okupa llegue a tu casa y te la quite o el miedo a los otros, a los diferentes, ya sean inmigrantes o pobres. Y es que el miedo es un mal combustible para impulsar la comprensión de cambios sociales, como los que, por ejemplo, vivimos en nuestros barrios y ciudades. Por eso, la extrema derecha encuentra un maravilloso caldo de cultivo ante muchas de esas transformaciones que atravesamos en nuestras vidas y que, con frecuencia, no acertamos a comprender, en forma de migraciones en el mundo o de precarización de nuestras vidas.

Sin duda, uno de los desafíos de nuestros tiempos, especialmente por quienes más responsabilidades han asumido, es cambiar la distribución desigual entre el miedo y la esperanza en nuestras sociedades porque con ello también estaremos mejorando la vida de la gente.

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