Un verano como los de antes

Cuando empieza el verano nos invade una sensación extraña, como si entráramos en unas fechas en las que tenemos la obligación de aguantar y sobrellevar todo lo que venga como mejor podamos. Resistir es lo que toca ahora, cuando en los veranos de antes que tenemos fijados en nuestro recuerdo todo era disfrutar y descubrir, como esas fotografías que van perdiendo el color pero no queremos tirar porque son pellizcos de felicidad.

Desde muchos meses antes de que comiencen las vacaciones estamos pendientes de las noticias sobre un tiempo trastornado que no deja de arrojar olas de calor que sufrimos en nuestras propias carnes, y que durante las fechas estivales se convierten en una sucesión de marcas que superan todos los registros de temperatura anteriores.  Bombardeados con noticias de guerras y amenazas de todo tipo, sometidos a los insultos y a los discursos de odio que algunos políticos escupen un día tras otro, sin apartarnos de unos móviles que parecen un órgano más de nuestros cuerpos, los veranos que en estos momentos nos tocan vivir son extraños.

Ahora, comprobamos cómo muchos barrios y ciudades ya no son nuestros porque han sido vendidos a los turistas, donde todo está al límite: las playas y chiringuitos que parecen invadidos por hordas antes del apocalipsis, los monumentos y espacios naturales más hermosos en muchos de los cuales se limita la entrada, o los hoteles y restaurantes en los que cuesta hacerse un hueco a pesar de sus precios enloquecidos. Incluso esas calles y plazas en las que tomábamos la fresca hasta las tantas acompañados por la música de los grillos saboreando un helado o alguna bebida bien fría han sido ocupadas por terrazas y veladores, botellones insufribles y juergas para turistas trasnochadores.

Nuestros veranos de antes eran de visita al pueblo de los padres o estancias en el apartamento de la playa, con viajes interminables en coches con las ventanillas abiertas por el calor que eran preparados con antelación, con unas madres que llenaban tarteras de comida y fruta para el avituallamiento en las paradas, como metas volantes de una larga carrera.

Visitas a los familiares al llegar para saber cómo estaban y explicarles cómo íbamos en el colegio, con mujeres enlutadas de las que olvidamos cuándo se pusieron de negro, de abuelos consumidos por los años de duro trabajo que siempre te daban algo a escondidas, un dulce o unas monedas, como si de un pequeño tesoro se tratara. Nuestro día era la página de una nueva aventura por vivir, escribiendo en nuestras piernas las huellas de nuestras correrías, como condecoraciones de cada batalla. Vivíamos en la calle, salvo para dormir, comer y echarnos unas siestas interminables que pronto descubrimos que eran para resguardarnos del sol inclemente, de las que escapábamos en cuanto podíamos hasta la hora de esas meriendas-cenas de bocadillos enormes que eran la antesala de noches inagotables. Los días sin clases parecían más largos y nunca encontrábamos la hora de ir a dormir, llegando a casa con la ropa sucia y los zapatos llenos de polvo, al igual que los exploradores.

Era en los veranos cuando aprendíamos a montar en bicicleta a base de caernos una y otra vez, el momento en que completábamos esos álbumes Maga de cromos apasionantes que nos transportaban a mundos desconocidos, el tiempo de lecturas excitantes con aventuras que pasaron a formar parte de nuestras vidas y de tebeos repletos de valientes guerreros que luchaban contra malvados para rescatarnos de peligros inimaginables.

No sabíamos lo que eran los móviles ni las redes sociales, pero con un palo, un charco, una goma, unas chapas, unas canicas o un agujero en la arena éramos capaces de vivir juegos repletos de risas, gritos y entusiasmo en los que el tiempo se detenía. El sol nos quemaba la piel y lo soportábamos con resignación, sabiendo que era el precio necesario para hacer nuestra vida en la calle. Solo conocíamos la Nivea, que nos embadurnaban al igual que se unta de manteca el asado, y el aceite de coco, con ese olor tan característico que empapaba el aire de las playas concurridas con aroma tropical.

Las calles eran nuestro particular parque de atracciones, las playas un mundo que nos impregnaba la piel de arena y sal con ese olor a un mar que nos estremecía por su inmensidad, mientras que los ríos y arroyos se convertían en el mejor lugar para buscar una sombra y saborear una tortilla de patatas con filetes empanados.

Éramos una generación que sin nada era capaz de vivir de todo, convirtiendo los veranos en nuestro particular paraíso. Vivíamos en un presente continuo en el que no nos dolía el mañana, porque disfrutábamos de cada cosa como si nos fuera la vida entera. Capaces de adaptarnos a todo lo que nos pusiera el verano por delante, durmiendo en casas pequeñas con las puertas siempre abiertas, con camas que compartíamos con cualquiera que llegara y las necesitara.

Disfrutamos de los veranos como los niños que éramos en pueblos y ciudades distintos, sin darnos cuenta de la libertad y la fortuna que atesorábamos y que, seguramente, nos ha hecho como somos. De la nada éramos capaces de disfrutar de todo lo que nos han ido arrebatando poco a poco.

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