Comprender el avance de la extrema derecha en Alemania

La amplia victoria del partido de extrema derecha Alternative für Deutschland  (AfD, Alternativa para Alemania) en Sajonia-Anhalt, pequeño estado del Este, obteniendo el 43,8% de los votos, ha generado un auténtico terremoto político en toda Europa por la previsible llegada a un gobierno regional de uno de los partidos más extremistas del continente. Recordemos que el Ministerio de Defensa alemán ha pedido considerar seriamente la ilegalización de esta fuerza política al poner en peligro el orden democrático constitucional, manteniendo una defensa absoluta del nazismo y de la figura de Adolf Hitler.

De hecho, entre los treinta y nueve diputados elegidos en estas elecciones por AfD hay una amplia representación de neonazis con antecedentes policiales, antiguos agentes de la Stasi, falsificadores condenados, productores de cine porno y admiradores de Putin a sueldo, con únicamente dos mujeres. Basta ver el programa electoral con el que concurrieron a las elecciones para comprobar la verdadera naturaleza de su pensamiento político, con anuncios como separar en los colegios a los discapacitados, eliminar la educación obligatoria, relativizar el Holocausto, promover milicias ciudadanas en las calles, expulsar masivamente inmigrantes,  eliminar estilos de vida no reproductivos, restablecer las relaciones diplomáticas con Rusia y suprimir campañas contra la discriminación. El líder de Vox, Santiago Abascal, mostró de inmediato su satisfacción por la victoria conseguida por AfD, afirmando que es lo que quiere para España.

Ahora bien, el éxito de AfD en Sajonia-Anhalt hay que ponerlo en perspectiva frente a quienes hablan ya de su triunfo en todo el país. Este estado federado es uno de los más pobres de los dieciséis que tiene Alemania, aportando únicamente el 1,8% de su PIB,  contando con 2,1 millones de residentes frente a los 83,4 millones de toda la población alemana, con una de las presencias más bajas de población extranjera, con el 8 %, junto a la tercera mayor tasa de paro.  Bien es cierto que este estado fue el primero en dar el poder al partido nazi en 1932, por lo que hay también un recuerdo histórico inquietante.

Con una Alemania del Este donde predomina un sentimiento de abandono y frustración tras la reunificación, AfD ofrece aparentes respuestas sencillas y narrativas comprensibles, junto a un sentimiento emocional de pertenencia para numerosas personas olvidadas por diferentes gobiernos, abandonados a la cólera, el miedo al presente y la angustia sobre un futuro incierto que los partidos tradicionales ignoran desde hace tiempo.

El ascenso de AfD en Alemania tiene mucho que ver con la crisis que atraviesa el país, bajo los efectos directos de la guerra en Ucrania, en medio de una crisis industrial sin precedentes, con unas políticas migratorias que están en el punto de mira de la sociedad y unas instituciones europeas paralizadas que se alejan estrepitosamente de las preocupaciones de la gente corriente. Mientras tanto, el canciller alemán, Friedrich Merz, ha propuesto alargar la jornada laboral hasta las 48 horas y la jubilación hasta los 70 años, con recortes en sanidad y educación, ampliando el gasto militar hasta el 5% del PIB, junto a un impresionante programa de rearme. Parece como si quisiera enfadar a la población para engordar a la ultraderecha.

Pero ahora le tocará gobernar a AfD, abandonando los eslóganes fáciles y el Tik-Tok gracioso, asumiendo que la realidad es mucho más complicada y que no sirven los chivos expiatorios. Es en el gobierno donde la extrema derecha afronta sus límites, como estamos viendo en Finlandia, teniendo que llegar a alianzas, tomar decisiones y afrontar infinidad de problemas ajenos completamente a los inmigrantes.

Mientras, los partidos en oposición a las fuerzas de extrema derecha pretenden movilizar al electorado haciendo de cortafuegos, pero renunciando a un programa y a unas políticas que den respuesta a las necesidades y problemas de la mayoría de los trabajadores. Olvidan la necesidad de fortalecer las democracias, consolidar derechos e impulsar libertades desde la justicia social y la convivencia, regulando contrapoderes que tratan de situarse por encima de las instituciones democráticas.

Para ello tendrían que priorizar cuestiones fundamentales como el acceso a la vivienda, la mejora de los servicios públicos, los impactos del cambio climático, el freno a la desigualdad social y económica, así como fortalecer la unidad europea frente a los que quieren romperla. Es decir, demostrar que hay prioridades políticas más urgentes para la gente que el discurso cansino de la delincuencia y la inmigración de la derecha extrema, entusiasmando a los votantes con iniciativas convincentes frente al abandono social que alimenta la ira.

Pero también es imprescindible que se trabaje en nuevos desafíos que tenemos ya entre manos, como los cambios estratégicos mundiales, los riesgos de una IA desregulada, la reindustrialización, la crisis ecosocial, la agresividad de las grandes potencias, los desequilibrios migratorios, la bajada de la natalidad y el envejecimiento de la población, la descarbonización y la transición energética, por señalar algunos. Para nada de esto la extrema derecha global plantea propuestas efectivas o, como vemos con Trump y sus admiradores, solo se preocupan por el enriquecimiento personal mientras eliminan derechos básicos.

Uno de los mayores problemas del ascenso de la extrema derecha es que avanza en una década fundamental para la humanidad sobre discursos, políticas y preocupaciones fracasadas que causaron un enorme sufrimiento para la humanidad del que no se arrepienten.

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