Las cifras del hambre en un mundo desigual

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Algo va mal en el mundo cuando, por vez primera desde hace diez años, el hambre extrema crece hasta alcanzar a 815 millones de personas, de los cuales 155 millones de niños, menores de cinco años, padecen desnutrición crónica y otros 52 millones sufren desnutrición aguda que pone en riesgo sus vidas. Las cifras, que fueron presentadas oficialmente hace pocos días por la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y Alimentación (FAO), cuando son tan abultadas e imprecisas, acaban por perder el alma y despojar de humanidad a quien realmente se encuentra detrás de ellas. Sin embargo, estas magnitudes son tan abrumadoras que no pueden llevarnos a la indiferencia, como habitualmente sucede.

Todo ello, además, cuando las Naciones Unidas y el conjunto de la comunidad internacional se propusieron en el año 2000 acabar para 2015 con el hambre en el mundo a través de los llamados Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), firmados solemnemente por 185 jefes de gobierno, pero que ante su fracaso han sido nuevamente renovados mediante los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), que han alargado hasta el año 2030 este compromiso, suscrito ahora por los líderes de 193 países de todo el mundo. De manera que, lejos de avanzar en la reducción y eliminación del hambre en el mundo, estos acuerdos internacionales del máximo nivel y compromiso parece que no están evitando que el hambre y la pobreza retrocedan. Y sucede cuando los niveles de riqueza, acumulación y desigualdad mundiales alcanzan umbrales nunca vistos.

Ahora bien, trabajar con cifras y estadísticas de esta naturaleza ofrece siempre dificultades analíticas, metodológicas y de credibilidad. Son muchos los problemas existentes a la hora de obtener un conocimiento preciso de alcance mundial de cuestiones tan complejas como la pobreza, el hambre o la enfermedad. Sorprende que se den cifras globales tan precisas de alcance internacional cuando somos incapaces, por ejemplo, de saber los pobres que hay en las calles de Calcuta, las personas que duermen a la intemperie en nuestras ciudades o las familias que necesitan de la ayuda alimentaria para sobrevivir. Desde hace años, diversas agencias multilaterales vienen llamando la atención sobre el problema de la falta de datos básicos en materia de desarrollo para un buen número de países pobres, que tienen series estadísticas incompletas sobre indicadores sociales que afectan a unos 60 países en desarrollo. De hecho, el Instituto de ​Estudios sobre Política Alimentaria, organismo que elabora el llamado Índice de Hambre en el Mundo (GHI por sus siglas en inglés), ha señalado que en trece países no se ha podido calcular el GHI por falta de datos, pero al menos diez de ellos son motivo de preocupación y podrían estar en una situación “extremadamente alarmante”. Esos diez países, de los que se tienen datos parciales proporcionados por organizaciones no gubernamentales, son Burundi, Congo, Comoras, Eritrea, Libia, Papúa-Nueva Guinea, Somalia, Sudán del Sur, Sudán y Siria, precisamente allí donde se viven hambrunas más extremas.

Sin embargo, a pesar de la dificultad de obtener cifras precisas sobre estas materias y comprenderlas adecuadamente, la magnitud alcanzada por la privación, la desnutrición, el hambre y la pobreza extrema reclama conocer y comprender adecuadamente sus causas y efectos para articular las respuestas más adecuadas. Y aquí es donde los diagnósticos no coinciden. Según algunos, el problema es la escasez de alimentos y las dificultades de acceso a los mismos. Para las Naciones Unidas, las razones se encuentran en el ascenso de conflictos devastadores en numerosos países que han aumentado de forma dramática, volviéndose cada vez más complejos e irresolubles, y afectando especialmente a la población civil. Otros, por el contrario, lo achacan a los efectos de un cambio climático, el aumento del precio de los alimentos, convertir a los alimentos en un objeto de especulación financiera en los mercados de valores y fondos de inversión mundiales o el avance de un nuevo neocolonialismo agrario que convierte las tierras y la producción de alimentos en un factor de especulación más.

Pero no podemos olvidar que vivimos en un mundo en el que la desigualdad toma cuerpo en cuestiones tan importantes como la alimentación, donde crece el hambre extrema de la misma forma que crece la obesidad enferma, siendo el reflejo del fracaso de un modelo agroalimentario que por encima de la salud y la vida, o no permite que la gente coma en numerosas partes del mundo o las alimenta de manera insana en otras, dificultando que los agricultores puedan vivir dignamente de su trabajo. Este modelo de agronegocio genera una enorme sobreproducción que obliga periódicamente en numerosos países a destruir alimentos, comida y cosechas. Según las Naciones Unidas, el mundo produce alimentos para unos doce mil millones de personas al año en un planeta que tiene unos siete mil millones, mientras cientos de millones de personas pasan hambre.

​Seguramente todas estas razones deban tenerse en cuenta de una vez por todas para evitar que las tragedias humanas se conviertan en pesadillas con las que acabemos conviviendo cómodamente.

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