Sin complejos

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Coincidiendo con la llegada de Donald Trump a la Presidencia de Estados Unidos, se puso de moda la palabra “posverdad” para hablar de los acontecimientos explicados a la opinión pública que no están construidos por hechos objetivos, en definitiva, que no son ciertos. Y así llegaron al poder un grupo de dirigentes políticos en distintos países, todos ellos de ideologías neofascistas o de extrema derecha, caracterizados por una utilización indecente de mentiras, insultos y sandeces que de manera continua han desfigurado la realidad para tratar de defender sus agresivos postulados. Parecía que al llamar posverdad a auténticas falsedades, estas se suavizaban y perdían con ello su deliberada voluntad de engaño.

Dos años después, la extrema derecha emergente y rampante dice hablar “sin complejos”, ser una derecha “sin complejos”, tener candidatos “sin complejos” o contar con un programa electoral “sin complejos”, como si esa pérdida de complejos, de la que presumen el Partido Popular y VOX, fuera un gran avance político. Resulta, cuando menos llamativo, ese reconocimiento formal que se hace de haber estado acomplejado con anterioridad, se entiende que en la etapa de Mariano Rajoy como presidente del Gobierno, a quien desde algunos sectores ultraderechistas se le denominaba, con evidente voluntad de ofensa, como “maricomplejines”. Su sucesor, Pablo Casado, en el viaje que está haciendo hacia la ulttraderecha, parece así dar por válidos los insultos e invectivas que se lanzaban contra su antecesor en el Partido Popular.

Sin embargo, esa falta de complejos que reivindican la extrema derecha de VOX y el PP, no tiene que ver con el reconocimiento de emociones inconscientemente reprimidas y adquiridas con anterioridad que perturbaban su actuación, sino más bien con la reivindicación de posiciones, valores y principios rancios y casposos, que conectan en muchos casos con gobiernos neofascistas de Europa y con un nacionalcatolicismo que reivindican abiertamente y sin vergüenza alguna. Por ello, al igual que hacen otros gobiernos similares, han convertido a periodistas y medios de comunicación en el centro de sus diatribas; por ello, atacan violentamente a inmigrantes, feministas y minorías sociales; por ello también rechazan la razón, el conocimiento científico y la verdad basada en evidencias empíricas. Y así, un día tras otro, sin que tengan empacho en difundir mentiras o en ocultar verdades para tratar de justificar con ello sus políticas reaccionarias y ultramontanas. A esto es a lo que llaman no tener complejos.

Es así que tenemos la responsabilidad de mostrar hechos veraces, de ofrecer datos exactos, de explicar una y otra vez todos aquellos acontecimientos que demuestran de manera inequívoca que buena parte de las propuestas regresivas que se pregonan desde estas fuerzas ultraderechistas son dañinas para la sociedad y contrarias a las experiencias contrastadas que existen en otros países. Es mucho lo que está en juego, cuestiones tan valiosas como impedir que la convivencia se dañe y el sistema democrático se degrade todavía más.

El listado de mentiras “sin complejos” que se han trasladado a la sociedad hasta la fecha es muy amplio, como algunos medios de comunicación han desmontado con contundencia. Desde luego que todo ese odio que demuestran un día tras otro contra los inmigrantes pobres ocupa puestos destacados, no solo por la dimensión de las falsedades que difunden y el odio que espolvorean contra estas personas, sino también por el daño que hacen a la sociedad y a la convivencia, dejando un poso de rechazo y rencor.

Así, cuando dicen que hay que cerrar las fronteras, expulsar a los sin papeles e impedir que entren en España inmigrantes, además de mentir e ignorar la legislación básica de extranjería, los procedimientos de entrada de los extranjeros y su situación legal y administrativa, demuestran desconocer deliberadamente la situación demográfica, laboral, fiscal y social de nuestro país. Pero lo que es más grave, además, ocultan que destacados países occidentales están avanzando hacia una política de inmigración más o menos ordenada para evitar su colapso demográfico y económico.

Países tan dispares como Portugal, Japón, Alemania y Canadá, todos ellos economías avanzadas, están promoviendo un conjunto de medidas activas para atraer, captar y regularizar inmigrantes. Así, Portugal, nuestros vecinos, avanza en un proceso de regularización de la bolsa de inmigrantes sin papeles llegados al país antes de 2015, que se calculan en 100.000 personas, con la única condición de que estén trabajando en el país, pudiendo así combatir su problema demográfico y suministrar trabajadores a una economía en crecimiento. Japón, por su parte, pretende atraer, en una decisión inédita, a 300.000 trabajadores extranjeros como respuesta al acelerado envejecimiento de la población y a la falta de mano de obra en sectores clave. Canadá tiene un programa para recibir un millón de inmigrantes entre 2018 y 2020, trabajando de manera muy estrecha con las provincias y territorios, que fijan los requisitos y programas de acogida, especialmente Ontario, Quebec y Columbia. También Alemania impulsa un programa para captar un millón de inmigrantes para empleos vacantes e impulsar así entre medio y un punto su crecimiento económico. Mientras tanto, aquí, en España, la falta de complejos de la extrema derecha reaccionaria propone sumirnos en el atraso y el aislamiento.

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