Madrid como problema

En los últimos tiempos, hay una sensación generalizada de hartazgo con Madrid que se extiende por todas las comunidades y regiones, siendo compartida por personas de muy distinta condición. Los dirigentes de la derecha madrileña se han empeñado en actuar al margen y de espaldas a eso que la misma derecha castiza denomina España, como unidad indisoluble en lo universal, pero que a la hora de la verdad han acabado por convertir en un circo al servicio de los caprichos de los líderes de la derecha madrileña.

Hace pocos años se decía un día tras otro que el problema de España eran Cataluña y el sistema autonómico. Incluso desde la derecha se proclamaba la necesidad de limitar al máximo el Estado de las autonomías y revertir al Gobierno central buena parte de sus competencias. Sin embargo, con la llegada de Isabel Díaz Ayuso a la Comunidad de Madrid, el PP ha encontrado un lugar desde el que hacer oposición sin miramientos al Gobierno de izquierdas presidido por Pedro Sánchez, impulsando una política ultraderechista feroz junto con Vox para reivindicar muchos de los postulados delirantes de Donald Trump a base de oponerse, rechazar, bloquear, exigir, boicotear, torpedear, impedir, obstaculizar y criticar todo aquello que se decide desde el Gobierno central y por el resto de las comunidades.

La presidenta madrileña Isabel Díaz Ayuso, cuya falta de formación y preparación es clamorosa, se ha propuesto comparecer todos los días ante los medios de comunicación para difundir sus mensajes delirantes y con frecuencia incoherentes, fabricados por su asesor aznariano, habiendo convertido el disparate, la ridiculez y la provocación en instrumentos políticos. De hecho, el mismo día en que rompía su gobierno de coalición con su socio de Ciudadanos, convocando elecciones anticipadas, desde el Gobierno madrileño anunciaban que no respetarían los acuerdos adoptados por el resto de las comunidades de limitaciones por el coronavirus ante el puente de San José y la Semana Santa, en un alarde de irresponsabilidad en el territorio con peores datos de la pandemia actualmente. ¿Qué se hubiera dicho si Cataluña hubiera anunciado que no respetaba un acuerdo unánime de cierre perimetral de todas las comunidades para limitar los contagios?

Socialismo o libertad, leía con impostado énfasis la presidenta Ayuso al convocar elecciones anticipadas cuando atravesamos la peor pandemia que ha vivido la humanidad en el último siglo, asistiendo a una crisis sanitaria, económica y social sin precedentes y mientras miles de familias lloran a sus víctimas, a sus familiares enfermos o ante la incertidumbre. Y tanto Pablo Casado como Teodoro García Egea hacen suyas estas palabras de Ayuso, como peleles que bailan a rebufo de sus dañinos desvaríos.

¿Conocen ustedes a alguna familia que se levante cada mañana pensando que tiene que elegir entre socialismo o libertad? ¿Los parados, los contagiados en los hospitales, los hosteleros y comerciantes que no pueden abrir sus negocios y no saben si podrán aguantar más, las familias que no saben si tendrán para comer o pagar los gastos de sus hijos tienen que optar por este dilema anunciado como opción a vida o muerte por los dirigentes del PP? Produce vergüenza incluso leer una estupidez semejante en la España del siglo XXI azotada por la pandemia del covid-19.

Cuando un político, como ahora Ayuso o antes Trump, se inventa falsos problemas para mantenerse en el poder y alimentar enfrentamientos, avanza hacia un peligroso autoritarismo de consecuencias incalculables. Y si no que se lo digan a los estadounidenses, que han descubierto que los grupos extremistas alimentados por el trumpismo durante su mandato se han convertido en la principal amenaza para el país.

Olvidan el PP y Ayuso que frente a ese delirante dilema no hay libertad posible sin que las personas puedan disponer de unos mínimos vitales, sin servicios públicos esenciales particularmente importantes cuando vienen malos tiempos, sin cuidar la salud y curar las enfermedades, sin atención a los desamparados, sin ayudas a quienes peor lo están pasando, sin empatía hacia el sufrimiento, ya sean sanitarios que llevan meses en los hospitales atendiendo a víctimas del coronavirus y salvando vidas o a la gente que se levanta cada mañana para ponerse ante una cola para recibir un paquete de alimentos en los barrios de Madrid, todos ellos ignorados por la presidenta madrileña y su partido.

Mientras que el gasto sanitario en Madrid representa un escaso 3,6% de su presupuesto, la media en toda España se eleva hasta el 5,5%. Madrid cuenta con 2,4 médicos y 3,7 enfermeras por cada 1.000 habitantes mientras que la media en España es superior, de 3,8 médicos y 5,1 enfermeras. El gasto en sanidad por persona y año en Madrid es de 1.274 euros, uno de los más bajos de España, mientras que el gasto medio por cada español se eleva hasta los 1.416 euros. En estas y otras muchas cuestiones es donde está la verdadera libertad, de la mano de datos objetivos que demuestran que los gobiernos del Partido Popular en Madrid, de Ayuso y sus antecesores, están dañando servicios públicos esenciales como la sanidad y la educación públicas, el cuidado de las personas, los servicios sociales básicos, la atención a los más desfavorecidos o la construcción de viviendas sociales, por ejemplo.

Por si no tuviéramos ya suficientes, Madrid se ha convertido en un gigantesco problema para España.

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