Una ciudad a la espera

La salud y las epidemias han estado unidas a las ciudades, impulsando más cambios y transformaciones de las que pensamos. El higienismo, la creación de espacios saludables, evitar la propagación de enfermedades infecciosas, utilizar materiales limpios, junto a favorecer la ventilación y el saneamiento han sido ideas que han avanzado en el diseño y la construcción de nuestras ciudades contemporáneas, imponiéndose en mayor o menor medida en todas ellas. Hasta el punto, que el urbanismo ha tomado muchas de las ideas que desde los profesionales sanitarios se han formulado hace tiempo para conseguir que nuestras ciudades sean, también, lugares en los que hacer una vida más sana.

            Así, en diferentes lugares del mundo hay en estos momentos diferentes iniciativas para repensar nuestras urbes, en coincidencia con la pandemia de covid-19, que están generando experimentos urbanísticos de una cierta envergadura, obligando a reflexionar en profundidad sobre el papel y el significado de las ciudades contemporáneas del postcoronavirus, un debate que presenta, sin duda, numerosas aristas. La densidad urbanística, la movilidad, el acceso a servicios esenciales, la sostenibilidad y la buena vida o la reducción de las desigualdades son algunos de los complejos dilemas sobre los que se han abierto reflexiones de una enorme profundidad, que afectan a todas las ciudades.

            Hay quien sostiene que estamos ante una buena oportunidad para reducir la densidad urbana mediante intervenciones que creen espacios autosuficientes en distancias cortas que permitan dar satisfacción a todas las necesidades ciudadanas, como “la ciudad de los 15 minutos”, mientras que otros urbanistas defienden la concentración de servicios esenciales para el mayor volumen de población posible. Al mismo tiempo, la movilidad y el transporte se han visto seriamente afectadas, tanto por motivos sanitarios como económicos, abriéndose paso con fuerza el uso de la bicicleta y de los patinetes eléctricos que han venido para quedarse. De la misma forma, la demanda de ciudades más ecológicas que avancen hacia la descarbonización y reduzcan con fuerza el uso de medios contaminantes, para implantar más zonas verdes y paseables para los ciudadanos también se ha abierto paso, como cambios irreversibles en barrios de distintos continentes.

            Mientras que en Milán se ha anunciado la apertura de 35 nuevos kilómetros de carriles bici especiales dentro de la ciudad, Lyon Lille o Montpellier están impulsando transformaciones de un gran calado para fomentar el uso de bicicletas y cambiar la movilidad de la mano del plan de 20 millones de euros aprobado por el gobierno francés.

            Pero es en París donde se están impulsando transformaciones históricas que entre otros hitos están cerrando al tráfico importantes arterias históricas del centro para crear espacios nuevos para ciclistas y peatones, que rápidamente han sido tomadas por los vecinos. Hasta 150 kilómetros de calles parisinas han sido transformadas al cerrarlas al tráfico, una auténtica revolución que se ha anunciado como definitiva, contribuyendo a generar cambios entre los espacios de residencia, de ocio y de trabajo. Son las personas las que están marcando el uso de la ciudad, rompiendo las barreras tradicionales que existían, en las que el coche marcaba las decisiones sobre las urbes.

            También en Suecia, diferentes ciudades están experimentando con éxito cambios en la trama urbana para priorizar a los peatones, en las llamadas “ciudades de un minuto” o “Street Moves”, transformando plazas de aparcamiento en zonas de esparcimiento para convertirlas en zonas saludables, sostenibles, dinámicas y de encuentro para los vecinos.

            Pero Alicante sigue como un barco a la deriva, sin aprovechar este momento tan valioso para impulsar cambios imprescindibles, sin siquiera solucionar lo fundamental. Cualquiera que visite el Mercado Central comprobará que las escaleras mecánicas continúan averiadas desde tiempos inmemoriales, al igual que están apagadas las luces del memorial por las victimas del bombardeo o dejaron de funcionar los chorros de agua de la plaza del Ayuntamiento. También se pueden visitar edificios cerrados y sin uso, como el mamotreto de la pecera en la Plaza nueva, que solo sirve para poner una televisión, o el observatorio medioambiental en la Vía Parque. Incluso junto a la estación de autobuses los viajeros que lleguen a la ciudad pueden ver un barrio fantasma que se desmorona, el de Heliodoro Madrona, sobre el que hay múltiples anuncios, pero ninguna actuación. Algo parecido sucede con las ruinas arqueológicas del BIC del Parque de las Naciones, en la Albufereta, convertido desde hace años en un estercolero a pesar de la importancia de las ruinas arqueológicas que alberga, por no hablar de la pasarela de la playa en este mismo barrio, una vía de conexión y acceso fundamental que lleva ya dos años desde que se desmanteló y sin visos de que vaya a estar en el inicio de la próxima temporada estival.

            En Alicante hemos dejado pasar tantas oportunidades que ya no pedimos ninguna transformación histórica, sino únicamente que no se la deje caer a pedazos y se atienda, básicamente, lo fundamental. Ese es el horizonte vital que muchos vecinos tenemos interiorizado.

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