Generosidad

Si con algo hemos cimentado nuestra convivencia democrática tras la muerte del dictador Francisco Franco, ha sido con toneladas de generosidad. Pocas sociedades en el mundo han dado tantas muestras de generosidad para avanzar en la búsqueda de su futuro, desde una Transición nada sencilla, tratando de construir y consolidar una democracia imperfecta en la que una y otra vez se nos pedía o imponía esa benevolencia.

Así se construyó una Transición en la que no se pidieron cuentas a los herederos del franquismo, sin que se depuraran responsabilidades sobre jueces, militares ni aparatos policiales que habían participado activamente como brazos ejecutores de una dictadura violenta, sangrienta y represiva. También se permitió que las oligarquías que se enriquecieron a la sombra del dictador mantuvieran sus imperios económicos hasta nuestros días, sin que nadie les haya pedido explicaciones. De la misma forma, consentimos que la Iglesia católica, uno de los brazos del nacionalcatolicismo, continuara predicando su añoranza por la dictadura de la que se benefició. Hasta llegamos a permitir que ministros del dictador, que apoyaron condenas de muerte y represiones muy duras que acabaron con personas muertas, se convirtieran en líderes democráticos y presidentes de empresas públicas, dejando que torturadores reconocidos hayan fallecido en su cama haciendo la vista gorda sobre las documentadas denuncias de muchas de sus víctimas, o que se hayan mantenido durante cerca de medio siglo los restos del dictador en un gigantesco mausoleo custodiado por monjes y financiado con nuestros recursos públicos. Por generosidad no será, desde luego.

En otros muchos momentos delicados de nuestra reciente historia también hemos tenido que dar muestras de comprensión y grandeza, como sucedió con diferentes gobiernos cuando se trató de dialogar para acabar con el terrorismo, con los militares golpistas del 23-F, incluso con una Casa Real trufada de irregularidades y un Rey emérito que a lo largo de su reinado ha utilizado la jefatura del Estado de espaldas a la limpieza, la honestidad y la ética con las que debía actuar. Fuerzas y líderes políticos de distintos colores han pedido a la sociedad que comprendiéramos la necesidad de actuar con generosidad ante decisiones de muy difícil digestión, evitando así enfrentamientos y permitiendo que nuestra convivencia democrática avanzara. Lo hizo el PP cuando gobernaba y lo ha hecho el PSOE cuando ha tenido responsabilidades de gobierno.

De manera que el indulto parcial concedido por el Ejecutivo de Pedro Sánchez a los líderes independentistas encarcelados representa una más de las muchas medidas de generosidad que diferentes gobiernos han adoptado, con dos importantes particularidades. La medida rompe la situación de bloqueo en que permanece encallado el conflicto político catalán y abre un escenario distinto y novedoso, aplaudido por sectores sociales, económicos y políticos muy distintos. Pero al mismo tiempo, la decisión, tan valiente como no exenta de riesgos, se adopta en medio de una fuerte campaña de la extrema derecha y la derecha extrema, representadas por Vox y el PP, que desde hace años han convertido a Cataluña en el espantajo con el que movilizar al electorado más rancio y convertir a los catalanes en enemigos de los valores españolistas más patrios. Cuando se deja de hacer política y se utilizan las vísceras, como hace la extrema derecha con Cataluña y antes hizo con el País Vasco, sin ofrecer alternativa de ningún tipo, los problemas acaban por estallar, como ha hecho el Partido Popular con Cataluña a lo largo de muchos años.

Un importante político de este país afirmó: “Merece la pena hacer el esfuerzo de la generosidad si con ello conseguimos la paz”, y para que no hubiera dudas, explicó pocos meses después: “Por la paz nos abriremos a la esperanza, al perdón y a la generosidad”. Quien defendía esto, como presidente del Gobierno, no fue Rodríguez Zapatero, ni Pedro Sánchez ni Felipe González, sino el mismísimo José María Aznar, en el año 1998, cuando ETA asesinaba y trataba de impulsar un proceso de negociación política con lo que denominó públicamente como “movimiento vasco de liberación”. Pero ahora que Sánchez trata de retomar la vía política para desbloquear un conflicto político en Cataluña, todo vale para alimentar campañas de insultos y derribos, aunque el Parlamento haya votado en contra de las iniciativas presentadas por Vox y el PP (que ya no se sabe donde empieza uno y acaba el otro) para anular los indultos.

Desde diferentes países del mundo se ha aplaudido la decisión del indulto adoptada por este Gobierno, incluso en medios conservadores tan poco complacientes con las reivindicaciones independentistas como el Financial Times británico, The New York Times estadounidense, La Stampa italiana o Le Monde francés. Este último medio llegaba a valorarlos esta misma semana como “la decisión más difícil, la más valiente y la más necesaria”, al tiempo que calificaba de “nauseabundo” el debate generado por el PP y Vox. La derecha francesa, aliada histórica del Partido Popular en Europa, criticando sin miramientos el estiércol político arrojado por un PP enloquecido, bajo el maridaje de un partido neofascista como Vox.

La política exige de reconocimiento, capacidad de negociación y posibilidades de acuerdo, justo lo que nunca ha hecho la derecha en Cataluña, llevándonos a donde estamos. Apostar por el diálogo político para resolver conflictos es lo que la sociedad reclama, más que nunca en estos momentos, después de tantos sacrificios como hemos tenido que hacer.

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