La bestia que devora al PP

Hay que reconocer el esfuerzo del Partido Popular por sumarse, de manera tan singular, a los actos de conmemoración del centenario del nacimiento del director de cine Luis García Berlanga, montando una de las películas más delirantes que se hayan visto nunca en la política de España. Su famosa La escopeta nacional se quedó en un juego de niños en comparación con el proceso de autodestrucción creativa emprendido por los diferentes clanes y familias del PP, que no han reparado en esfuerzos para demostrarnos lo mucho que les importan los sillones y sueldos, en medio de una gigantesca pandemia.

Algunos políticos populares, incluso, han descubierto ahora que lo más importante son sus ciudades y territorios, mientras no paran de soltar lastre para alejarse de esos dirigentes, a los que adulaban y alababan hasta hace poco como si fueran santos canonizados, pero de los que ahora reniegan como si de la peste se tratara. No es casual que, en las redes sociales, una de las palabras de moda en estos días haya sido Judas, junto a otras como traición, perfidia, deslealtad, ingratitud, intriga, apuñalamiento o complot.

Se dice que no hay nada como una crisis para comprobar la verdadera naturaleza de las personas y, en el caso de una crisis política, averiguar la consistencia de los valores que atesoran quienes están en ella. Si es así, tendremos que concluir que entre dirigentes y cuadros del PP hay demasiadas personas que han corrido a maniobrar para subirse al nuevo pabellón de conveniencia que les asegure cargo y puesto. Incluso algún destacado personaje, como Ángel Carromero, se ha dado inmediatamente de baja de este partido, cuando lleva tantos años viviendo de esas mamandurrias que tan bien conoce su amiga y expresidenta madrileña, Esperanza Aguirre. Qué debilidad en las ideas para saltar del barco cuando se deja de percibir el sustancioso sueldo público que se lleva décadas cobrando. Posiblemente, alrededor de la cúpula del PP se haya reunido demasiada mediocridad, a la vista del espectáculo al que asistimos.

Llevamos días incrédulos, pendientes de las informaciones que se suceden en torno a un PP convertido en un gigantesco reality, contemplando en tiempo real cómo sus dirigentes se lanzan excrementos, se clavan navajazos y maquinan todo tipo de conspiraciones, sin que parezcan existir límites en esta especie de apocalipsis caníbal de la derecha hispana.

Hasta una manifestación con pancartas y banderas al viento se ha celebrado delante de esa sede maldita en la calle Génova para pedir la dimisión de un compañero del partido que ocupa la Presidencia, y que ha tenido la osadía de cuestionar el cobro de comisiones por el hermanísimo de la presidentísima, Isabel Díaz Ayuso. Guerra de pijos y señoritos madrileños, españoles de bien movilizados a favor de esa libertad que pregonaba su presidenta. “Que nos roben los nuestros”, gritaban, “por 58.000 euros tan bien cobrados”, ponía en algunas pancartas, “mientras no gobiernen los rojos”, afirmaban, con eslóganes tan bochornosos como pueriles, que demuestran hasta qué punto la política madrileña se ha convertido en una gigantesca fosa séptica.

No es casual que Madrid sea un circo al servicio de los caprichos de su derecha más rancia, porque es el monstruo que ellos mismos llevan alimentando desde hace décadas, haciendo de la provocación, de la generación de conflictos y la corrupción una seña de identidad, sin dejar de crear enfrentamientos contra el resto de los territorios. Y tampoco es nada inocente que haya sido las sospechas de corrupción el Talón de Aquiles del PP, una vez más y precisamente en Madrid, convertida en “zona cero” de la podredumbre política, con tantos dirigentes del PP en esa comunidad imputados en distintos casos de corrupción que parecen aspirar a llenar la plaza de toros de Las Ventas.

Y es que corrupción y Madrid se han convertido para el PP en algo tan indisociable como acueducto y Segovia o Sagrada Familia y Barcelona, protagonizando los populares una huida hacia adelante en la que, lejos de desprenderse de tanta inmundicia, no han dejado de justificar, alimentar y utilizar todas esas redes corruptas con naturalidad, como si formaran parte de su proyecto político de región. Pero ese nacionalismo madrileño cañí, con aires de nuevos ricos sobre el resto de España, construido en torno a eslóganes disparatados y medidas provocadoras que la derecha lleva promoviendo desde hace décadas, les acaba de explotar en las manos, y la metralla ha impactado sobre todo el proyecto político del Partido Popular, condicionando su futuro.

Tanto es así que Madrid es, en estos momentos, un gigantesco problema para España y para la correcta articulación territorial de todo el Estado, generando un hartazgo generalizado que es, incluso, compartido en privado por muchos de los dirigentes del PP, responsables de engordar a la bestia a base de inventarse falsos problemas, generar continuos enfrentamientos y avanzar hacia un peligroso autoritarismo cantonalista castizo cuyas consecuencias estamos viendo.

Cualquiera que sea el líder que se ponga al frente del PP en las próximas semanas tendrá que afrontar este grave problema si no quiere que, en el futuro, la bestia vuelva a devorarle, como ha hecho con Pablo Casado.

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