El valor de nuestra solidaridad

Nadie está preparado para una guerra de destrucción, muerte y barbarie como la que ha desencadenado Vladimir Putin en Ucrania. Pero mucho menos, en medio de una devastadora pandemia que cumple dos años y cuyas dañinas consecuencias persisten, dentro de una Europa que todavía mantiene muy presentes los efectos de la gigantesca destrucción causada durante la Segunda Guerra Mundial y promovida por una potencia nuclear con aires imperialistas que afirma abiertamente querer derrocar a gobierno de un país al que califica de drogadictos, como hizo Putin al justificar esta salvajada.

Ahora queda esperar que se alcance con rapidez un acuerdo de paz, aunque sea precario e inestable, pero que permita detener la destrucción perpetrada por la maquinaria militar rusa e impida lo que estamos viendo con un enorme dolor, una vez más. En una guerra es la población civil la que sufre siempre, en mayor medida, el efecto de las decisiones de dirigentes políticos y militares.

Junto a la lógica indignación y el enorme dolor que todos compartimos ante el inimaginable sufrimiento y destrucción al que estamos asistiendo, se ha desatado, una vez más, una corriente de solidaridad en la ciudadanía que, con rapidez, se ha movilizado para tratar de colaborar, de alguna manera, con la población atacada y con los cientos de miles de refugiados que están huyendo por las fronteras. Esa misma solidaridad que, como Eduardo Galeano señaló, es la ternura que tienen los pueblos para enviar cariño y ayuda a quien peor lo está pasando.

La sociedad española ha destacado siempre por su enorme generosidad ante catástrofes, guerras y tragedias como las que se han sucedido en los últimos años. Así sucedió en el año 1994 ante la matanza de los Grandes Lagos en Ruanda, con el devastador huracán Mitch que asoló América Central en 1998, con el Tsunami del sudeste asiático en 2005, durante la guerra en los Balcanes o por el terremoto de Haití en el año 2010. En todos estos casos, la ayuda de la sociedad española se situó entre las más importantes del mundo, con un importante trabajo de ONG y organizaciones humanitarias que han alimentado un valioso conocimiento sobre la mejor manera de proporcionar una adecuada ayuda humanitaria en situaciones de guerras, catástrofes y conflictos.

Y es que, dentro de la cooperación y ayuda al desarrollo, la ayuda humanitaria es una de las áreas que más ha avanzado y se ha especializado, dotándose de convenciones, acuerdos, principios, recomendaciones, estrategias y consensos nacidos de la experiencia de estos últimos años para hacer mucho más eficaces y precisas las corrientes de solidaridad ofrecidas a la población afectada por tragedias de distinta naturaleza, como sucede ahora con la población de Ucrania.

Multitud de organismos internacionales, agencias de desarrollo y ONG especializadas han trabajado con intensidad para crear una agenda humanitaria que permita canalizar y facilitar, de la manera más eficaz, ayuda en entornos extremadamente complejos, como son los que se dan en casos de guerras y desplazamientos masivos de población civil, en estrecha asociación con las poblaciones afectadas. Hasta el punto de que se ha construido un conjunto de principios y buenas prácticas en la donación humanitaria de una gran importancia, aprobados en Estocolmo en junio de 2003, ratificados por el Comité de Ayuda al Desarrollo (CAD) de la OCDE en el año 2006 y recogidos posteriormente en el Consenso Europeo sobre la Ayuda Humanitaria de la UE del año 2008.

De esta forma, ante las numerosas iniciativas particulares que están surgiendo para ayudar a la población afectada por la guerra en Ucrania y desplazada por el conflicto, muchas de ellas con más voluntad que acierto, incluyendo algunas muy cuestionables, bueno es que desde las administraciones se asuma la responsabilidad de encauzar adecuadamente estas lógicas corrientes de solidaridad. Son las mismas políticas de cooperación y ayuda que llevan años siendo rechazadas, ridiculizadas y recortadas por la extrema derecha y que ahora son imprescindibles para tantas personas.

Desde la Generalitat Valenciana se ha asumido una línea de trabajo adecuada, con la máxima implicación institucional, a través del Comité Permanente de Acción Humanitaria, la Coordinadora Valenciana de ONGD y organizaciones humanitarias especializadas como Farmamundi, activando un fondo de emergencia de dos millones de euros.

Y es que son las organizaciones y organismos humanitarios especializados los que deben canalizar adecuadamente esta ayuda, garantizando conocimiento y respeto hacia la población afectada y sus necesidades, con capacidad de intervención sobre el terreno, disponibilidad de medios especializados adecuados, atención a las necesidades prioritarias salvaguardando la dignidad de los grupos vulnerables, capaces de hacer una adecuada evaluación de daños y análisis de necesidades. Para ello se necesita disponer de trayectoria, de medios humanos y técnicos junto a un correcto conocimiento de la ayuda que se va a proporcionar, algo que, en este caso, solo pueden asegurar un número reducido de organizaciones humanitarias.

De manera que, si cualquier ciudadano desea ayudar a la población afectada por la guerra en Ucrania o que está huyendo en busca de refugio, lo mejor es consultar la información que está facilitando la Coordinadora Valenciana de ONGD sobre las organizaciones humanitarias especializadas que trabajan allí. La misma Coordinadora, por cierto, a la que el Ayuntamiento de Alicante ha retirado la pequeña ayuda que recibía para realizar un trabajo imprescindible, como en estos momentos contemplamos.

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