El desafío de los refugiados

Junto a la destrucción, las muertes y la barbarie, toda guerra desata un éxodo de refugiados y desplazados que tratan de salvar su vida y escapar del horror. Lo hemos visto con anterioridad, en muchos otros lugares del mundo, y lo vemos ahora de una manera inequívoca en Europa, con uno de los mayores y más rápidos éxodos vividos desde la Segunda Guerra Mundial, que ha superado en muy pocos días la anterior gran llegada de refugiados que sacudió Europa con motivo de la intensificación de la guerra en Siria, en 2015.

En esta ocasión, la respuesta de Europa a la llegada masiva de refugiados que huyen de Ucrania ha sido rápida y adecuada, a la altura del gigantesco drama humanitario desencadenado por la guerra. Pero no siempre ha sido así, hasta el punto de que la política migratoria y de asilo ha venido siendo uno de los puntos que mayor erosión y enfrentamientos ha generado entre los países europeos y en el propio proyecto de la UE en los últimos años, hasta muy pocos días antes de estallar esta nueva crisis de refugiados ucranianos.

Efectivamente, la pésima gestión que la UE y sus países miembros han hecho a lo largo de los últimos años de su política migratoria y de asilo, el ascenso de las ideas de rechazo a los inmigrantes y refugiados en el conjunto de Europa, los continuos desafíos autoritarios contra las políticas de la Unión que especialmente desde Hungría y Polonia se han venido protagonizando, junto a la mala experiencia aportada por el carísimo acuerdo con Turquía para la gestión de los flujos de refugiados en sus fronteras han abierto importantes brechas en una política comunitaria clave en los tiempos actuales.

Recordemos que, desde la llegada de los talibanes al gobierno afgano, en agosto del pasado año, hasta enero de este mismo año, pocas semanas antes de estallar la guerra contra Ucrania promovida por el gobierno ruso, Polonia, Hungría, Eslovenia y Letonia se negaron a tramitar las solicitudes de asilo de afganos y kurdos que llegaban a sus fronteras impidiéndoles, incluso, el acceso a su territorio y negándoles atención básica, para lo que llegaron a desplegar al ejército para vigilar y reprimir a estos refugiados. Todo ello, a pesar de los sucesivos pronunciamientos del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que llegó a exigir a los gobiernos de Polonia y Hungría la atención humanitaria básica a estos refugiados, lo que fue incumplido reiteradamente por estos gobiernos.

Paradojas de la vida, han bastado unas pocas semanas para poner a estos mismos países ante la prueba de fuego de tener que asumir, en primera instancia, el mayor éxodo de refugiados procedentes de la guerra en Ucrania de los últimos tiempos, con unas cifras en continuo crecimiento que demuestran la irracionalidad de haber negado pocas semanas antes la atención a unas decenas de familias afganas.

Más de 2,3 millones de personas han huido de Ucrania en poco más de dos semanas, de las cuales 109.000 son nacionales de terceros países, a los que hay que sumar otros 859.000 desplazados internos, según las cifras que maneja Acnur (Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados). Solo Polonia ha acogido en primera instancia 1,4 millones de refugiados, a los que se suman Hungría y Eslovaquia, con 214.000 y 153.000 respectivamente, además de Rumanía, a donde han llegado otros 84.000, junto a Moldavia, con otros 82.000 más. A ellos se añade una cifra indeterminada de refugiados que ha viajado a otros muchos países europeos como España, acogidos por familiares, amigos o por los dispositivos de ayuda que se han desplegado.

En esta ocasión, los desplazados no han tenido que atravesar bosques y ríos, escapando de las alambradas y los policías desplegados, como vimos con horror con cientos de miles de sirios que huían de la guerra. Europa ha comprendido la importancia histórica de asumir la responsabilidad que tiene, evitando repetir los errores cometidos desde la mal llamada crisis de los refugiados de 2015, que hemos vivido también en la frontera Sur hasta fechas bien recientes. Ahora, los países más afectados son los que han venido negándose sistemáticamente a desplegar en Europa una política común de asilo y refugio, lo que nos da una enorme lección histórica sobre la irresponsabilidad política de los gobiernos y fuerzas de la extrema derecha.

La respuesta de la UE activando, de manera inmediata, la Directiva 2001/55 relativa a la concesión de protección temporal en caso de afluencia masiva de personas desplazadas, demuestra que existían mecanismos legales y humanitarios suficientes para la atención a los refugiados llegados al territorio europeo. Esta directiva, aprobada con motivo de la guerra de los Balcanes y nunca antes utilizada, aplica mecanismos legales, documentales, de protección y atención adecuados para los refugiados, bajo el criterio señalado en su artículo 25 de acoger “con espíritu de solidaridad comunitaria”.

La realidad demuestra la importancia que tiene para el proyecto de la UE dar una adecuada respuesta a la protección internacional de los refugiados en situaciones tan trágicas como las que se viven en Ucrania, y que desgraciadamente se multiplican. Aunque siempre, eso sí, es mejor actuar sobre las causas, deteniendo guerras y evitando conflictos abandonados a su suerte.

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