
A finales de junio se celebraba en Londres la “Semana de Acción Climática”, a la que asistieron delegados de todos los países del mundo en la prestigiosa London School of Economics, en un edificio centenario de paredes de piedra gruesas, con chimeneas y grandes ventanales, sin ventilación ni refrigeración. Entre los actos programados se encontraba un “Panel sobre calor extremo y sus efectos” que los organizadores tuvieron que cancelar por los riesgos para la salud generados por las elevadas temperaturas que se registraban en el salón habilitado para ello ese día. Una auténtica metáfora de lo que estamos viviendo.
Y es que por encima de la política, de las barbaridades de Trump en la Casa Blanca, de las diferentes guerras que se suceden y hasta del Mundial de Futbol hay un tema coincidente que está en boca de todos en Europa, abriendo informativos y acaparando noticias: el calor sofocante y extremo que azota al continente europeo, a sus países y ciudades. No se trata, ni mucho menos, de una ola más de calor de las que se suceden en estos tiempos de descontrol climático, ni tampoco del preludio de un áspero verano que, como los científicos nos han explicado, puede convertirse en uno de los más intensos jamás registrados por la conjunción de un “súper” Niño más el avance de un cambio climático desbocado.
Hemos entrado en un nuevo período climático que confirma los peores escenarios del calentamiento global como consecuencia de la superación del umbral de 1,5º de temperatura media del planeta respecto a los niveles preindustriales, provocado por las emisiones masivas de gases de efecto invernadero. Este ha sido el factor desencadenante de la modificación de los patrones atmosféricos, oceánicos y terrestres básicos que modelan las condiciones climáticas mundiales.
Junto a la mortalidad directa causada por las elevadas temperaturas derivadas de estas olas de calor extremo cuyas cifras iniciales comienzan a conocerse, contabilizándose ya por miles las personas fallecidas en el continente europeo, asistimos a una cadena de sucesos novedosos que están sacudiendo la vida y las economías de numerosas ciudades que no han vivido situaciones similares y no están preparadas para ello.
Tranvías que tienen que dejar de operar en Alemania porque los raíles se salen del asfalto, puentes de hierro que son refrigerados con agua en Holanda porque no están preparados para las dilataciones generadas por las temperaturas extremas, centrales nucleares que dejan de funcionar en Francia porque las elevadas temperaturas del agua impiden su refrigeración, suspensión de cerca de un centenar de trenes diarios en Bélgica por el riesgo de caídas de la catenaria. Sin olvidar unas viviendas que en Europa han sido construidas para hacer frente al frío y conservar el calor, pero que ante las altas temperaturas se convierten en auténticas saunas, sin siquiera persianas, llevando a muchas personas a pasar las noches tropicales vividas en los parques de las grandes ciudades, como está sucediendo en París y Londres.
Podríamos pensar que ante la gravedad de los cambios climáticos que estamos atravesando existiría unanimidad en desplegar políticas inmediatas que hagan frente a esta auténtica transformación en nuestras vidas, en la economía y hasta en el suministro de alimentos y bienes básicos, pero en diferentes países, así como en gobiernos regionales y locales de nuestro país anidan fuerzas ultraderechistas que propagan discursos y políticas negacionistas, retardistas, mentirosas y de apoyo a las grandes industrias de los combustibles fósiles que, como de manera unánime viene advirtiendo la comunidad científica internacional, son causantes en gran medida de este sistema climático alterado que tenemos.
Ahí tenemos al gobierno más irresponsable de la historia bajo la presidencia de Donald Trump, en los Estados Unidos, tan alabado por la ultraderecha de Vox y sectores de la derecha extrema en el PP, que no deja de impulsar medidas contra la ciencia, contra las personas y el planeta que tardaremos en restaurar. Junto al impulso de las explotaciones de pozos petrolíferos incluso en parques naturales y zonas protegidas, se suma el despido de miles de científicos responsables del seguimiento sobre el clima en la Tierra y el cierre de centros de investigación, incluyendo la eliminación de bases de datos históricas sobre el clima mundial y hasta el apagado de satélites artificiales que monitorizaban en tiempo real variables meteorológicas fundamentales. Por si fuera poco, el propio Trump ha impulsado la publicación de falsos estudios en los que con datos ficticios se niegan las alteraciones climáticas o el aumento de las temperaturas globales, y hasta ha llegado a anunciar el desmantelamiento del sistema de boyas profundas de amarre, instaladas en diferentes océanos, para monitorizar los cambios en corrientes oceánicas fundamentales para el clima mundial.
Las tonterías y mentiras ideológicas, tan del gusto de la extrema derecha furibunda opositora al “Pacto verde contra el cambio climático” que rechazan el PP y Vox, ponen en peligro vidas y sientan las bases para grandes daños a la naturaleza y a las personas. Por eso es tan importante impulsar desde hoy mismo más y mejores políticas que hagan frente a una crisis climática que ya está entre nosotros y que exige de inteligencia, rigor científico y responsabilidad ante un tórrido presente que no espera.