
Son muchos años ya explicando, de distintas maneras y en diferentes espacios, la necesidad de desplegar respuestas ante el avance de la pobreza, la exclusión y la desigualdad en la ciudad de Alicante. En infinidad de artículos de prensa, debates y seminarios, investigaciones y publicaciones académicas he venido analizando desde hace tiempo lo que los datos y las evidencias empíricas se empeñan en confirmar de manera inequívoca. La ciudad de Alicante presenta profundos espacios de desigualdad que toman cuerpo en sus barrios, a través del aumento de procesos de empobrecimiento y vulnerabilidad que dañan la cohesión social y abren disparidades urbanas cada vez más acusadas.
Es un proceso que genera desde hace años graves desigualdades entre sus habitantes en términos de renta, ingresos, empleo, estudios, vivienda y oportunidades en función del barrio en el que se resida. Todo ello se ha visto impulsado por la aparición de nuevas formas de pobreza y exclusión con especial incidencia sobre algunos colectivos, por el avance imparable de la crisis de vivienda y la especulación inmobiliaria, por la extensión de la turistificación descontrolada y el impacto de sucesivas crisis encadenadas que se llevan viviendo desde la explosión de la gran recesión financiera de 2008, junto a la ausencia de programas de intervención efectivos sobre los barrios y colectivos más afectados.
Este retrato real de Alicante, que los datos y estudios subrayan, viene siendo ignorado desde el gobierno municipal del PP dirigido por Luis Barcala, cuando no despachados con disgusto e incomodidad. Pero los informes siguen insistiendo en la gravedad de este problema en la ciudad.
La reciente difusión de los últimos datos contenidos en el “Catálogo de barrios vulnerables 2021” de las grandes ciudades españolas, publicado por el Ministerio de Vivienda y Agenda Urbana en colaboración con la Universidad Politécnica de Madrid, no solo confirma estas dinámicas en Alicante, sino que llama la atención por su aumento y profundización. Alicante se sitúa en el grupo de las ciudades más desiguales, ensanchándose la brecha social y urbana a través de un proceso de segregación macroterritorial. Esto significa que no hablamos de pequeñas bolsas de pobreza salpicando la ciudad, sino de una división geométrica que delimita con precisión las zonas desfavorecidas de las zonas prósperas.
Según este estudio, de los 45 barrios de Alicante, 19 de ellos estarían en situación de vulnerabilidad, afectando a 152.488 personas, de las cuales, 49.922 sufrirían situaciones de vulnerabilidad extremas. Para comprender la importancia de estos datos, el 45 % de la población de Alicante viviría en alguno de los 19 barrios de la ciudad en situación de vulnerabilidad y, de ellos, el 15 % de los vecinos estarían en situaciones críticas.
El patrón espacial de vulnerabilidad nos muestra una ciudad partida en dos, con una línea imaginaria a la altura de la Gran Vía que separa dos realidades económicas, sociológicas y urbanísticas cada vez más opuestas. Por un lado, el eje norte o septentrional, conteniendo los barrios con menores niveles de renta, las mayores tasas de desempleo, los más bajos indicadores de estudios, las viviendas más precarias, así como los barrios con escasos equipamientos y mayores deficiencias. Por otro, el eje suroeste o litoral con mayores niveles de renta y estudios, bajas tasas de desempleo, viviendas de mayores calidades y barrios con amplias zonas verdes, numerosos equipamientos y alta concentración de servicios.
El problema es que analizando la evolución de las últimas tres décadas en Alicante comprobamos fenómenos muy preocupantes. Así, a las zonas tradicionales de pobreza cronificada en la zona norte se han añadido otras nuevas que han extendido y agrandado la brecha de la desigualdad, llegando a barrios que no se encontraban en esta situación. Hablamos de secciones censales en los barrios de Carolinas Altas, Pla del Bon Repós, así como junto a los ejes de la avenida de Novelda y de Alcoy. Al mismo tiempo, los datos reflejan el fuerte impacto de las sucesivas crisis en las últimas décadas sobre la población más vulnerable, afectando a un creciente número de hogares en la clase media-baja. Además, los barrios tradicionalmente vulnerables son los que están concentrando a población inmigrante en mayor medida, transformando la estructura demográfica al tiempo que añaden nuevos factores de pobreza y exclusión.
La aparición de problemas novedosos ha aumentado estas fracturas, actuando como nuevos factores de segregación social y espacial. Hablamos de la crisis de la vivienda y las dificultades de alojamiento, del monocultivo económico del turismo y del sector servicios que fractura económica y laboralmente a la población, junto a una creciente disparidad residencial y ambiental entre los barrios peor preparados al cambio climático con edificios menos eficientes, frente a las nuevas zonas con edificios bien equipados energética y climáticamente, zonas verdes con arbolado y urbanizaciones con buenos equipamientos. Es por ello que la distancia entre estos barrios y sus habitantes se ensancha ante la ausencia de programas efectivos de regeneración urbana e intervención social de envergadura que vayan más allá de cambiar farolas y pintar fachadas.
Alicante, lejos de corregir sus desigualdades históricas entre los barrios, avanza hacia modelos urbanísticos, inmobiliarios y económicos que están ensanchando, todavía más, la enorme fractura social, mientras desde el Ayuntamiento se da la espalda a esta realidad.